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VIAJE DOUALA A MELBOURNE

54 HORAS VIAJANDO

El 12 de enero a las 7:00 de la mañana desayunamos por última vez en África, con las hermanas, es día de despedida. Interrumpimos el café para que Delphine y los sanitarios nos den las gracias por los días que hemos compartido con ellos. Antes han rezado con cánticos y música para comenzar la semana. Margerite nos lee una carta que ha escrito en castellano y nos regalan una figuras africanas como recuerdo. En ese momento somos conscientes de todo lo que hemos hecho y de cuánto queda por hacer.

Las despedidas son difíciles y sobre todo de María Pilar una mujer de casi 90 años que se ha convertido en nuestra abuela y con la que hemos conectado desde el primer instante. Con Angela la brasileña ha ocurrido lo mismo y aunque difícil esperamos que la vida nos de la oportunidad de cruzar los caminos de nuevo.

Cargamos todas las maletas y las cajas de las bicis en el todoterreno, nos llevará uno de los conductores del hospital. Toca deshacer lo recorrido en bici, revivir el lugar donde nos atropelló el camión y dejar atrás carreteras agujereadas, caminos de polvo, motos con cinco pasajeros, basura por los arcenes, coches en contra, mercados callejeros, personas cargando cosas en la cabeza, olores y muchos matices que cualquier cosa que visitemos parecerá anodina.

A la 13:00 nos dejan en el aeropuerto, probablemente el peor en el que estado y que refleja muy bien la realidad del país. Generalmente, suelen ser pequeños oasis, edificios modernos, con aire acondicionado que contrastan con el entorno. Aquí huele a baño, hay basura, bultos acumulados por las esquinas, muebles rotos, desorden, te sientes en África. Nuestro vuelo sale en 14 horas, toca esperar y hacer tiempo con un calor y una humedad de los que nos habíamos olvidado en Dschang. Sudamos y hacemos tiempo en unas sillas incómodas de un rincón. Un vestíbulo enorme tiene todo, la entrada y la salida, las casas de cambio, puestos de venta de souvenirs, dos bares, los que embalan, agencias de viajes y la policía.

Conforme se acerca la hora tanteamos a ver a qué hora podemos facturar, 19:00, 20:00, 21:00, al final las 23:00 y con poco margen para saber como meteremos las bicis que no hemos podido facturar porque la web no funciona. Debe ser algo premeditado para sacar dinero de la compañía. Somos los primeros y el jefe tiene ganas de hacer caja y sin mediar palabra ya nos dice que nuestras cajas son grandes y no van el en vuelo, que las mandemos por mensajería. Momento de crisis absoluta, con unas gafas que se pone y se quita y muerde con cara despótica e indiferente, nos trata con desprecio. Da igual que le expliquemos que hemos viajado decenas de veces así, que cumplen la norma, el quiere dinero. Mediamos con un ruso que trabaja ahí y su teatrillo termina con abrirnos las cajas, pesarlas y sacar una excusa para cobrarnos 140€ extra. Sudores y euros después conseguimos facturar y pasar a la zona de embarque.

Siguiente escollo el visado, al entrar en el país nos sellaron el pasaporte, pero al policía le parece insuficiente, quiere que tengamos la visa en el pasaporte a pesar de que nos vamos en ese momento y ya no sirva de nada. Con lo que tenemos que ir a inmigración para que nos pongan la pegatina. Después ya casi sin tiempo subimos al avión y caemos en un profundo sueño sin despegar. Nos despertamos en pleno vuelo con la primera de las comidas, tenemos ocho horas hasta Estambul. África se queda a miles de metros bajo nuestros pies, parece un sueño y han sido cuatro meses. Echaremos muchas cosas de menos, pero la corrupción de las autoridades seguro que no.

Aterrizamos en Estambul, parece un tablero de juego y regreso a la casilla de salida donde estuvimos hace siete meses. El aeropuerto es inmenso, terminales y miles de puertas a cientos de países. Tiendas, lujo, y uno de los más caros del mundo. 20€ para una hamburguesa con patatas y a pesar de ello, las mesas están llenas. Sucumbimos porque tenemos bastante hambre y pasamos por el aro. Hace un día un plato de arroz con pollo valía 1,5€ y ahora pagas diez veces más por un trozo de pizza con refresco…

A las 17:15 el avión se mueve por la pista, nos quedan veinte horas dentro para llegar a Australia. Nos toca atrás y la puerta está abierta a un frío del que nos habíamos olvidado. Nos cubrimos con la manta mientras suben los pasajeros y se acomodan en un avión enorme que cubre todas las plazas. Por delante muchas pelis, y varias comidas de avión que nosotros disfrutamos. Años de viajes en bici y comer cualquier precario hace que disfrutes lo que venga. Avanzamos en husos horarios que no se ven y el reloj corre más que el avión. El cuerpo no sabe que día vive, es de noche, pero tu metabolismo es de día. El avión es una máquina en el tiempo y el espacio y ya se regulará cuando aterricemos.

Cuando llevamos ocho horas de vuelo el avión hace parada técnica en Singapore, tenemos que bajar con todas las maletas para que limpien y reposten, estar una  hora y media y volver a embarcar por donde hemos salido. Todo nuevo en el sillón y esta vez una chica en el lado del pasillo que supondrá una barrera para salir cuando queramos, está todo el rato dormida y gruñe cada vez que queremos salir. Toca, mirar pelis, dormir y salir menos veces de las que nos gustaría. Aunque el vuelo son veinte horas, pasan más rápido de lo esperado. Son casi las nueve de la noche y aún es de día, dejamos zonas ecuatoriales donde a las seis de la tarde está ya oscuro y influye mucho en tus biorritmos.

El aeropuerto de Melbourne es un mastodonte super moderno y miles de personas llegamos a la vez. Pasillos enormes con dispositivos para activar la evisa y poder pasar a recoger las maletas. Nuestra cinta es la 3, Sheila se queda en ella y voy al fondo, donde pone over size. Por una cinta salen cosas que se van acumulando. Todos miran, pero nadie mueve un dedo por apartarlas. Organizo, sillas de bebe, sillas de ruedas, palos de golf, tablas de surf, cajas pesadas y todo lo hago solo. Con la cinta despejada para que puedan salir el resto de cosas, miramos dibujando nuestras cajas de bici saliendo por los trozos de goma verticales que cuelgan. Siguen saliendo cajas, palos de golf, pero media hora después ni rastro de las bicis. Marcos, el del aeropuerto de Camerún tenía claro que nuestras bicis no irían en nuestro vuelo. Dinero al bolsillo y fastidio a los blanquitos.

Ponemos la reclamación y con la preocupación de que no hay rastro de las bicis en todo el sistema. Nos tememos lo peor. Toca salir, porque se ha hecho tarde y Víctor, un amigo de Shei de Pedrola, nos espera fuera. El pobre ha tenido que contactar con tiendas de bici para reservarnos ruedas, venirnos a recoger, acogernos, les debemos una gorda. De un parking enorme, ordenado, de coches de lujo, salimos en un coche eléctrico a la silueta de una ciudad nocturna. Autopistas de cinco carriles, luces, señalizaciones, limpieza, estamos en el mismo mundo y parece otro planeta, otra era en la historia.

Cuando llegamos a su casa han pasado 54 horas desde que salimos de Dschang y nuestro cuerpo está cansado, pero no en horario de dormir, son diez horas menos. Cenamos algo y nos vamos a la cama en Australia, ¡qué locura!

Los tres días siguientes los pasamos en Melbourne, tres días dan para mucho, pero cuando esperas unas bicis, tres días se esfuman como el viento. El primero hacemos tarjeta de teléfono, hablamos con la tienda de bici, con el aeropuerto, ponemos en orden nuestras cosas y tratamos de organizar lo que nos viene encima. Pasa el día volando y no hemos salido de tres manzanas. Por fin responden al teléfono desde el aeropuerto y las bicis llegarán al día siguiente a la mañana, con lo que hay información sobre ellas y toca regresar al aeropuerto. Antes de ir a la cama, los incendios que habíamos visto antes de viajar a Australia se han agravado y justo están por la zona que pasaremos, nos acostamos pensando que nuestro plan se desmorona y hay que pensar en una alternativa en un día.

Segundo día, llamamos al aeropuerto, no contestan, así que vamos hacia allí, una hora de camino. Encontramos la oficina donde están los equipajes perdidos, pero no hay rastro, en el sistema, dice que llegan esa noche. La chica nos informó mal y lo peor es que no podremos recogerlas hasta el día siguiente. Regresamos a casa y se ha ido la mañana. Toda la tarde toca reconfigurar el viaje, descartamos ir por la zona de fuegos, hay mucho humo y sobre todo, carreteras cortadas. Todas las reservas, alojamientos gratis y parques naturales que queríamos visitar se van de un plumazo. Decidimos ir a Tasmania, donde el clima es algo más suave, hay mucha naturaleza y es bonito para la bici. Pero saldrá caro, ferry, alojamientos y abastecimiento más precario. Segundo día que se marcha sin disfrutarlo.

Tercer día, a las 4:30 nos despertamos, si queremos arreglar las bicis hay que ir pronto al aeropuerto. A las 5:40 me monto en un bus al aeropuerto, hay pocas opciones y todas son caras. A las 7:30 por fin veo las bicis, parece que están bien y aunque han llegado tres días tarde, han llegado. El camerunés se salió con la suya, pero nuestra vida sigue siendo privilegiada y eso es lo que importa, somos afortunados. Corriendo voy a un bus para regresar a nuestro barrio. Shei me espera en la parada y tenemos un kilómetro de sudores para llevar las cajas a mano. Por suerte una chica le ayuda a Shei y llegamos a la tienda. El tendero es amable, pero se organiza mal y cuatro horas más tarde, sólo ha ensamblado las ruedas y poco más. Yo monto las parrillas y no queda tiempo para poner las cadenas y ajustarlas con lo que arrancamos el viaje con el objetivo de encontrar una tienda para cambiarlas.

Regresamos a casa para rematar maletas, ver de qué manera poner la parrilla delantera con un tornillo roto en el ojal que me interesa, planear las etapas de Tasmania y poco más. Tres días más tarde, no hemos salido de casa de Victor. Es curioso como a veces tres días pueden suponer una ruta donde recorrer cientos de kilómetros, conocer pueblos, culturas, historia, gastronomía y regresar como si fueran semanas o pasarse volando sin haber podido aprovechar el tiempo. Nos vamos a la cama, con todo hecho y sabiendo que al día siguiente nuestro viaje en Australia dará comienzo. Nuevo continente, nuevo país, nueva aventura. 

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