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UYUNI

DOS DÍAS EN UYUNI

Caminamos por las calles caóticas de La Paz hasta la Terminal. Nos sorprende un edificio a la europea, de cristal y hierro con decenas de compañías que van a todos los lugares del país. El sonido de la estación son vendedores que deambulan por la estación repitiendo el nombre de los destinos para captar clientes. Nosotros ya lo tenemos reservado y al llegar a taquilla nos sorprende con una rebaja de 25€ en la ida y vuelta. Tenemos que hacer tiempo y cenamos unos bocadillos en uno de los puestos que se repiten al final de la estación. A las 21:00 nos montamos en un autobús de dos pisos, sillones amplios, buena temperatura, edredón, quizá la noche no se haga tan larga. Diez horas más tarde llegamos a Uyuni y la verdad es que hemos dormido más de lo esperado, así que no llegamos muy cansados.

Al salir a la calle nos espera el frío y Tito, nuestro guía con el que hemos estado hablando los últimos meses. Uyuni ha vivido de la minería y ahora del turismo. Aunque con los bloqueos llevan casi dos meses sin trabajo. Aún y todo hay cientos de turistas en las diferentes agencias que plagan las calles. Uyuni es una ciudad a 3600msnm, de calles anchas y rectas, parece una ciudad del oeste, calles polvorientas de casas bajas de adobe. Antiguas vías de ferrocarril dividen la ciudad, antes usadas para los trenes que sacaban mineral. Ahora sirven de museo y a las afueras hay un cementerio de trenes que se usa como uno de los hitos en la ruta turística.

Antes de arrancar nuestro tour desayunamos en el único puesto que está abierto a esas horas, cuatro chapas, varios bancos de madera y varias perolas enormes metálicas al fuego con café, agua, api, chocolate, en los otros fuegos fríe sin parar empanadas, pasteles de queso, buñuelos para los clientes que van pasando por las mesas como si fuera una silla caliente. En el rato que estamos pasan decenas de comensales. Después damos un paseo por las calles, el mercado se prepara para el día y van a ser ferias. Las atracciones son pequeñas y muy precarias, los puestos venden mucho juguete de plástico y juegos muy básicos para apostar. En esas cosas se nota el nivel económico y cultural de un lugar. Compramos agua y papel higiénico y vamos a la oficina de Tito. Mientras dábamos paseo, él ha buscado más clientes para completar el coche. Ha encontrado a dos italianos y un filipino, así que contento.

En el recorrido visitamos los trenes, Colchani con sus talleres de sal y donde regresaremos para dormir y nos adentramos en el salar. 10.500km2, el tamaño de Navarra con un mar de sal luminoso que obliga a ponerse gafas y echarse bien de crema. Nos enseña un lugar homenaje al Dakar de los tres años que pasó por ahí y donde comemos en un restaurante hecho con bloques de sal. De ahí vamos a jugar haciendo fotos con perspectivas. Coloca juguetes y a nosotros a lo lejos como si estuviéramos en el mismo plano. Pasamos un rato divertido y nos conocemos todos un poco más. De ahí seguimos hasta la isla Incahuasi. Hay varias dispersas por el salar, un lugar con cactus en mitad de la nada. Desde la ventanilla parece que el paisaje no se mueve, las montañas que rodean están quietas y si no es porque la sal tiene formaciones hexagonales todo el rato parecería una foto.

Subimos a lo alto de ese promontorio de vida donde habitan pájaros y algún roedor y se nota la altitud al caminar. Somos los únicos que llegamos arriba, se nota la forma física y el tiempo en altura. El resto se conforma con llegar a la mitad. De ahí vamos a la última atracción del día, ver el atardecer en una zona donde suele haber agua para realizar las fotos con el efecto espejo, pero lleva tiempo sin llover y nos conformamos con hacernos fotos en un atardecer nublado que al meterse el sol, enciende todo el cielo en llamas y resulta espectacular.

Ahí toca despedir a los otros tres y nos deja en un hotel hecho de bloques de sal. A excepción del lugar donde cenaremos, el resto está helado. Nuestro cuarto son tres camas con tres mantas y no serán suficientes para dormir a 5º. La noche se hace larga, para nosotros y el resto de turistas, una cuadrilla de 12 colombianos que se levantan agotados y con dolor de cabeza. Desayunamos con hambre y a las 9:00 nos viene a buscar Víctor para el segundo día del tour. Recogemos a un chileno y un japonés y nos vamos hacia el este, dejamos la sal y nos adentramos en una zona de montañas terrosas, de polvo y con un paisaje montañoso. Las atracciones son básicas, ver una ladera de cactus, un lugar con unas casas de pastores abandonadas y llegar al parque geotermal de Tomave. Lo bonito del día son los paisajes y que en los pastos hay vicuñas, llamas y ñandús. En algunas lagunas vemos flamencos rosas y aunque sea el día se salva en el apartado de fauna, pero son muchas horas de coche. Además el japonés, Yesku, le ha sentado mal la altura y viaja todo el rato dormido. Comemos en un restaurante de Tomave y vamos hacia el último atractivo del tour, un lugar con pozas termales. Nos imaginamos un sitio con pozas enfocadas a un paisaje espectacular, pero hay dos piscinas y el resto del edificio en obras, con viento y las piscinas en sombra. Los otros dos se bañan, pero a nosotros no nos resulta atractivo y nos sentamos a hablar con un adolescente con discapacidad intelectual, situación complicada para él.

Toca regreso a Uyuni, llegamos de noche y el frío en cuanto cae el sol es tremendo. Hacemos tiempo en la oficina para ir a la terminal. Como no hay gas, nos abrigamos con todo y nos despedimos de ellos. Toca hacer tiempo hasta las 21:30. Dos horas donde gastamos los pocos bolivianos que nos quedan en dos sándwiches de uno de los puestos de chapa que hay frente a la terminal. Luego queda aguantar el frío en la terminal hora y media hasta que llegue el autobús al andén siete. Los perros de la calle merodean por la estación en busca de algo de comida que se caiga a los pasajeros que esperan.

A las 21:30 nos metemos en otras diez horas nocturnas hacia La Paz. En los últimos cuatro días hemos estado en el lago Titicaca y Uyuni con muchas horas de bus, pero ha merecido la pena este exprés a lo asiático. Nos vamos de Bolivia y del continente americano con las pilas cargadas. Ya en La Paz desayunamos en el mismo puesto de hace dos noches y consumimos el poco dinero que queda del todo. Vamos al hotel para reorganizar las maletas, pasar vídeos, hacer tarea y ducharnos antes de ir al aeropuerto. Marcos, el mismo taxista que nos llevo hace cuatro días nos viene a buscar, las cajas y todo el equipaje cabe perfectamente y sólo queda ver la ciudad desde la ventanilla hacia el alto desde donde volaremos.

Por delante quince horas de espera, vamos antes porque Leo vuela medio día antes que nosotros y no tiene sentido ur por separado y no poder hacer nada al tener que vigilar el equipaje. Así que aprovechamos el día para escribir el artículo 14 y esta crónica. Aunque está algo más protegido del frío pasamos las horas abrigándonos poco a poco hasta que llega la hora del vuelo que nos lleve a Riga. Siguiente estación, Europa, rumbo al último proyecto, el quinto en Ucrania. 

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