425km de desierto hasta bujara
La habitación del hotel tiene tres camas, hacemos hueco para meter las bicis y el equipaje y apañamos el espacio. No tiene baño, es compartido con otras tres habitaciones de tres camas en las que sólo hay hombres que por lo visto tienen una lesión en el brazo que les impide limpiar la mierda que dejan o en casos más graves tirar de la cadena, es la llamada mierdopatía perezosa. Dejando de lado la higiene de los baños, el desayuno compensa con creces, es el mejor del viaje con diferencia, gran oferta salada, dulce, de frutas y embutidos, donde además nos llevamos unos sándwiches para la cara Jiva.
Después del desayuno tomamos un yandex a donde salen los trolies. La aplicación localiza un taxi en menos de diez segundos y en menos de cinco minutos te ha recogido. Por menos de un euro te deja en el sitio que eliges. No sabemos exactamente de donde salen y tampoco que tipo de vehículo es. Vamos preguntando a la gente local, todos señalan en la misma dirección hasta que por fin uno nos señala un autobús verde que va a Jiva. Por medio euro hacemos 30km los dos. La gente espera fuera hasta que sale el bus, hace calor y dentro es un horno. Ya estamos sudados de arriba abajo y dentro la cosa no irá a menos. Un viaje de media hora por las paradas donde el paisaje es una recta con cultivos y frutales.
Jiva es una de las ciudades más bonitas de Uzbekistán, con 2500 años de historia, en la que destaca su ciudad medieval amurallada, la mejor conservada de Asia y que es patrimonio de la Unesco. Su pasado negro es el comercio de esclavos, sobre todo africanos que hubo hasta 1865. Visitar la ciudad, en comparación con los precios de comer y dormir es cara para los turistas 17€ en los que va incluido la visita a todos los museos. La realidad es que habrá muchas cosas extras para pagar dentro y se pone casi en el doble.
Cruzamos una muralla de adobe gruesísima, que tiene torres cada decenas de metros. En algunos puntos hasta 12 metros. El muro no es de rocas o ladrillos, es tierra lucida con lo que el aspecto no es tan imponente, es armónico, y visitar la ciudad es más amable que en otros lugares amurallados donde la guerra y el carácter defensivo es más evidente. Dentro de la ciudad vive gente, hay muchos hoteles, restaurantes, tiendas de souvenirs, mercados callejeros que le dan un toque de color. La suerte que tenemos es que por el calor de agosto es temporada baja y casi estamos solos. Tenemos la sensación de pasear por unas calles que hace cientos de años estarían parecidas, quizá el pavimento peor y el jaleo del mercadeo en la ruta de la seda haría de la ciudad un lugar masificado de refugio en el camino hacia Irán o las Indias. Llegamos a una plaza donde se ven los minaretes y la torre principal, de teselas azules que le dan un toque exótico. La visita se centra en ver varios museos sobre temas como la numismática, la ciencia, la agricultura, política, guerra, medicina y muchos están expuestos en antiguas madrasas. Las habitaciones de los alumnos sirven a modo de salas donde se exponen los cuadros y los objetos. Además hay palacios al igual que en otros lugares del mundo, la ostentación, salas y salas por laberintos y marcan diferencia es lo que te aleja. Hay una mezquita, la de Juma, destaca por tener una sala con 218 columnas y es una ed las excusas para visitar Jiva, pero al entrar no te dicen que está en obras y no ves la sala, es un fiasco.
Caminamos por las calles con un sol de 35º con lo que las sombras son el corredor por donde van todas las personas. Puestos de bebidas y otros muchos de ropas, telas, gorros uzbekos que dan calor de verlos. Comemos sentados en un escalón al lado del mercado y una de las mujeres nos ofrece té y otra melón. Da la sensación de que no están acostumbrados a ver turistas comiendo fuera de los restaurantes. Seguimos el itinerario del mapa que nos han dado y en uno de los museos, las fotos de comienzos de siglo XX muestran los mercados con miles de personas con esos gorros, en un alboroto de carros y fardos. Envidio el reportero que fue testigo de una cultura virgen, sin la globalización actual que unifica las ropas, que hace que en todos los sitios hablen del Madrid y del Barça, que haya coches por todo. Llegar a Uzbekistán en 1930 donde nadie habla inglés, con el desarrollo local intacto. Época dorada de los antropólogos. Hoy en día, hay diferencias, pero en cierto modo todo está desnaturalizado, sobre todo en los lugares turísticos donde poco queda de la realidad y la imagen es artificio.
El autobús está frente a la entrada oeste de la ciudad, tiene cuatro enormes puertas de madera tallada. Sale en quince minutos y aprovechamos, hay cosas que hacer en Urgench. Al bajar en el bazar central preguntamos por el mecánico de bicis. En un puesto donde cuelgan ruedas y repuestos de bici el chico nos dice que el maestro no está, le explicamos que necesitamos, un radio roto y nos lleva a un chico que está en la calle con dos bicis infantiles y varias piezas en el suelo. Con el traductor le explicamos y nos dice que vayamos a por la rueda. Yandex al hotel, yandex al bazar y en ese momento nos cambia el radio, algo rudimentario, porque lo deja algo doblado, pero por lo menos no está roto. El señor de los helados nos pregunta de donde somos, él quiere viajar y se interesa por lo que hacemos, también el vigilante, y dos estudiantes, y de repente estamos rodeados y contando nuestro viaje. Un momento bonito donde conseguimos varios seguidores, alguna donación, helados y agua.
Regresamos al hotel y pedimos por yandex pasta, para probar la experiencia. Mientras traen la comida preparamos las alforjas para el día siguiente. La noche es buena y tengo tarea de ordenador pendiente antes de irnos del hotel, antes disfrutamos del desayuno y nos preparamos algo para la cena del tren que tendremos a la tarde.
Salimos del hotel con un sol plano, que te encuentra incluso en las sombras. Antes de ir a la estación comemos dos platos locales en un restaurante sencillo atendido por un adolescente. Es el hermano del dueño y se gana un salario antes de empezar la universidad. Las fotos y el idioma no ayudan y pedimos por error hígado frito y una especie de calderete. Sheila odia el hígado con lo que yo doy cuenta de él y seguimos camino de la estación que está cerca. Los edificios construidos para las estaciones son casi todos iguales, columnas, cristales, colores azules y blancos y algo desproporcionados. Logramos evitar el scanner y tener que desmontar todo con ese aire de inocentes, que no entienden y de turistas. El tren llega en unos cuarenta minutos y ya hay mucha gente en la sala de espera que ocupa casi todo el vestíbulo. Familias enteras con maletas, fardos y bultos para viajar en el tren. Al rato la gente se pone a hacer cola y salimos fuera del edificio con unos 20º más y todos nos refugiamos en una escasa línea de sombra que el sol vertical deja como migaja, fuera de esa línea es el fuego.
Del oeste viene un tren y nos toca el vagón 19. Sheila deja que un padre suba a su hijo de dos años en la bici, le pone el casco y nos ganamos a la gente de alrededor que nos pregunta de donde somos. O eso pensamos, siempre respondemos España por si acaso y la reacción es de sorpresa. Cuando llega el tren, el padre nos ayuda a encontrar nuestro vagón y caminamos a la vez que todos los pasajeros llenos de bultos. Lo cierto es que es muy fotogénico y merece un reportaje el instante alborotado y deshornado de subir a los vagones. El revisor ya está acostumbrado a las bicis, Sheila lleva todo al compartimento mientras yo subo por la parte trasera de nuestro vagón que destinan a bultos grandes. Ordenamos el espacio y las ponemos de pie sujetadas con dos cinchas y dejamos la puerta abierta. El revisor da el visto bueno.
Sólo la acción de subir las bicis y el equipaje nos ha empapado de sudor la ropa, aunque también que el aire no funciona y el vagón es una especie de horno ayuda. Por el pasillo camina la gente sofocada, las ventanas están cerradas y algunos pasajeros se quejan del calor. Los compartimentos son pequeños hornos donde a la gente le caen gotas por la nariz, las sábanas muestran un círculo húmedo con el dibujo del cuerpo. Cualquier objeto es bueno para abanicarse. Son más de 400km y la zona desértica que pasamos tiene pocas paradas. En la primera donde aún hay poblaciones, la gente sale a respirar y sentir la brisa que corre entre vagón y vagón, pero ya no habrá más en 200km y por suerte un señor trata de arreglar el aire. Mientras tanto los pasajeros se amotinan. Sheila y yo logramos abrir alguna ventana del pasillo, el resto están cerradas, la gente se acerca a sentir la brisa y gritan de felicidad. Un abuelo con la camisa abierta y sudoroso lleva a su nieto en brazos casi desnudo y lo acerca al aire para que el rojo de sus mejillas baje. El revisor es consciente y de mala gana abre el resto de ventanas y las de los camarotes. Justo el nuestro no tiene, con lo que seguimos asándonos, pero hemos logrado que el resto respire.
Al rato logran arreglar el aire y vuelven a cerrar las ventanas. Nosotros empeoramos y no entendemos porque lo hacen, pero hay que asumirlo. Leemos, dormimos, comemos, tomamos té y las cinco horas de viaje pasan rápido. El paisaje no cambia, una inmensidad de arena llana hasta el infinito, al otro lado la muerte. Lo único que cambia son los matices conforme el sol va cayendo y nos regala una atardecer en la cola del tren hasta que llega la noche y nos aproximamos a Bujara.
De nuevo el festival de maletas y preparar las bicis para bajar del tren. Cada vez lo hacemos mejor, pero por suerte ya no habrá más hasta que volemos de Taskhent a Johannesburgo. Nos hemos ganado a la gente del vagón y nos ayudan a bajar las alforjas, pero mucha gente baja a la vez y nos dificulta subir y bajar del vagón contra la corriente humana. A fuera la temperatura es perfecta, montamos las bicis de nuevo en la estación que por desgracia está a 12km de la ciudad. Nos ponemos los frontales y las luces traseras e iniciamos la recta nocturna. Estamos de suerte y está en obras, los coches circulan por el carril contrario dividido y nosotros por una vía en construcción, solos y con las luces de la ciudad al fondo. Aún y todo el tráfico es constantes y muchos vehículos usan el carril como nosotros y tenemos que andar con cuidado. Circular de noche tiene el regalo de la temperatura, pero con tanto tráfico, que no se te ve bien, es muy estresante y esperamos no hacerlo muchas más veces.
A las 22:15 de la noche llegamos al hotel y desmontamos todo. Alguien espera en recepción y nos ayuda a instalarnos, es sencillo, pero está muy bien. Duchazo y a la cama. Mañana haremos tarea de ordenador por la mañana y a la tarde visitaremos la ciudad donde cerca nación Avicena, el denominado padre de la medicina. Y pasado mañana retomamos la ruta, cuatro días de bici hasta la mítica Samarcanda.
Amanecemos en Bujara algo achicharrados, la luz del hotel se va y el aire acondicionado se queda de decoración. Lo primero que hacemos es ir a comprar algo al supermercado aledaño para desayunar. Elegimos un yogur para comerlo con frutas, para nuestro disgusto es salado, así que paladeamos el mar con tropezones tropicales. El resto de la mañana lo ocupo en redactar notas del artículo que enviaré en Samarcanda y organizar material de fotos.
A la 13:00 pedimos un yandex al centro de la ciudad. El calor es serio y por lo visto es menor que el que sufrieron hace dos semanas, así que contentos. El conjunto histórico de Bujara es diferente al de Jiva, allí destaca la ciudad amurallada que protagoniza y monopoliza la atención, aquí las madrasas están desperdigadas a lo largo de la ciudad y forman parte de ella. En mi caso, la combinación del ladrillo marrón, con los mosaicos azules y la forma rectangular de la entrada con ese arco, me genera paz. Dentro una galería que rodea con cúpulas blancas donde en la mayoría de madrasas hay puestos de venta de artículos para los turistas, ropas, alfombras, bisutería, cuadros, artesanía, cientos de puestos diseminados por la ciudad y todas las lonjas que le quitan cierta naturalidad al cuadro.
Pasamos el conjunto donde un estanque sirve de epicentro y seguimos a una plaza levantada y en obras donde decenas de obreros trabajan sin cesar. Hay mezcla de prospección arqueológica y restauración. De cualquier manera nos impide acceder a la mayoría de edificios de la gran plaza. Con lo que seguimos por otra de las galerías con sus puestos y salimos a otra gran plaza donde las dos madrasas principales, Ulugbek y Abdulaziz, acaparan la atención con sus dos pórticos para entrar, con estilos muy diferentes, pero espectaculares en ambos casos. Ver esas plazas en pleno auge, con sus escuelas coránicas hace siglos sería un lujo antropológico. Hoy sigue respirándose historia y cultura, pero las tiendas te regresan a la actualidad. Aunque se ven turistas, estamos de suerte y no hay muchos. No son muy insistentes, pero los vendedores intentan atraerte hacia su negocio.
Seguimos paseando y llegamos al conjunto de la mezquita de Kalon, con la plaza e Po i Kalan y el minarete de 47 metros del mismo nombre. En frente un edificio con una entrada en restauración con esos mosaicos azules, y el paso a la mezquita con un patio interior y el templo al fondo que congelan el tiempo. Nos sentamos para contemplar los monumentos en su totalidad, somos parte de la historia y ese espacio destinado al turismo, hace no muchos años era centro de la ruta de la seda, de imperios sucesivos, de cultura, de religión. Cerca de aquí nació Avicena, padre de la medicina moderna y gran filósofo. Un portento de los que surgen uno cada cientos de años. Con 16 años ya ejercía la medicina y en su haber hasta 450 libros de los que se conservan 240.
Seguimos hasta la gran muralla del Registón y la mezquita Bolohovuz, con columnas de madera y un tipo de decoración diferente a lo vivido. Es especial, porque en Uzbekistán no se profesa la religión en público, no hay adhan, llamada al rezo y se ven pocas mezquitas, con lo que ver a fieles salir de la oración lo echábamos de menos. Nos sentamos a contemplar el edificio y el rato de oración. El interior es sencillo, de colores blancos y pequeño. Nos acordamos de las visitadas en Estambul y confirmamos lo grandiosas que eran.
Desde ahí regresamos lentamente hasta casa, compramos la cena y latas que serán nuestra comida los próximos días y a descansar.





