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tren shetpe-nukus

830KM 24 HORAS

El rato que esperamos al tren, muchos nos preguntan en ruso de donde somos y a dónde vamos, alguno chapurrea inglés. No hay internet con lo que no hay manera de entenderse con el traductor. A las 15:25 llega nuestro tren, estamos en el vagón 12. El revisor mira nuestras bicis y dice que dónde queremos meterlas. Hace el gesto de dinero, pero nos quedan 3€. Una por una las subimos como podemos y toca ir llevando todas las alforjas al vagón y ver dónde guardaremos las bicis. El revisor me apremia, el tren va a arrancar y en un espacio mínimo entre dos vagones consigo desnudar la bici mientras Shei hace varios viajes para ir dejando cosas. Por el pasillo que hay entre los camarotes y las ventanas llevamos las bicis a otro acceso y una de pie y otra normal dejan paso a la gente. Momento de estrés. Ahora toca negociar con el hombre. En ruso me hace ver que esas bicis son equipaje extra y hay que pagar. Me pide más, pero le doy los 3€ que me quedan y son suficientes. No debería haberle pagado nada, pero queremos descansar. Es el primero de dos trenes hasta Nukus, única manera de llegar a Uzbekistán.

Salimos a las 15:45 y tenemos siete horas de tren. Compartimos camarote con otras dos personas. El hombre está sentado en la cama de Shei, lleva ya varias horas de viaje y estar echado es agotador. Él viaja hasta Atyrau. El pasillo es un ir y venir de niños de los otros camarotes. Lo cierto es que me esperaba algo más precario y los baños están limpios, tienen papel, hay contenedor para dejar la basura, ya que en todos los habitáculos hay gente comiendo. Incluso un termo de agua caliente que nos vendrá de perlas para los noodles. Comemos las sardinas en lata con un poco de pan, un té con galletas y ponemos las sábanas y dormimos un buen rato. Yo una hora y Shei mientras escribo sigue durmiendo, el día nos ha quitado mucha energía.

El sonido del tren es romántico, relajante, es un mantra que te acuna mientras miras por la ventanilla. El paisaje al otro lado es puro desierto. Tierra y arena, la vida es difícil aquí. Evitar el viaje en bici hasta Beyneu ha sido un acierto. El hombre que duerme encima de Shei baja varias veces y se siente en mi cama a los pies. Yo leo, escribo, paseo, Shei sigue durmiendo. No queda mucho para llegar y ponemos agua caliente en los dos cubos de cartón con noodles que será nuestra cena. Al otro lado de la ventanilla el sol se mete y tiñe de naranjas el horizonte. La luz entra y me deja una foto para el recuerdo, el reflejo de Shei y ella mirando por el cristal, una frente a la otra contemplando una experiencia única.

Estamos agotados, nos ponemos una alarma a las 22:15 por si nos quedamos dormidos para preparar los bolsos e ir anticipando la bajada del tren. A pesar del trajín por el pasillo, de las luces, nos quedamos dormidos. El revisor me golpea el pie con la mano, está pendiente de nosotros. Al final resulta ser un hombre muy amable. Recogemos todo, nos despedimos de nuestros compañeros y vamos sacando maletas al espacio entre vagones. Traemos las bicis y dejamos poco hueco para que pase la gente. El tren llega a Beyneu, es muy de noche, pero la estación bulle. Muchos pasajeros bajan como nosotros, un desfile de bultos, fardos y maletas. Lo hacemos rápido porque pensamos que el tren se va pronto. La gente nos rodea, pregunta, curiosea. Montamos las bicis y en ese momento el tren que estaba en la vía de en frente se marcha, despeja la vista y estamos justo en la estación. No hay pasos, y cruzamos las vías como podemos con las bicis cargadas. El andén es un sinfín de puestos de comida, muchas personas comprando y mujeres vendiendo en una ventana de tiempo limitada entre viajes. Tienda tras tienda que vende lo mismos, tenemos hambre, pero nadie cobra con tarjeta. No nos queda más dinero en metálico. Encontramos un lugar donde sentarnos, sillas metálicas en una zona oscura. Varias personas están ya echadas al lado de sus bultos. Comienza a refrescar. No duramos mucho, hay muchos mosquitos y no corre el aire. Regresamos al andén. Casi todos los puestos y tiendas han cerrado, pero la luz de las farolas es fuerte y está todo muy iluminado. Hay varios grupos de familias sobre sus bultos, pequeños campamentos que como nosotros esperan el tren de las 4:24, son las 0:00, la noche será larga.

Sacamos las esterillas, los chubasqueros y nos tiramos en el suelo. En otro lugar no pegaríamos ojo por las bicis, aquí sientes que están seguras, nadie las mira. Poco a poco van llegando más grupos y conseguimos dar cabezadas para descansar algo, parece que el tiempo no avanza, pero al fin llega el tren a las 2:45, no entendemos porqué tan pronto, pero mejor, más tiempo para dormir. Nuestro vagón es el último. Aprendemos la lección y desmontamos los bolsos y mientras Shei los lleva al camarote, yo pregunto donde dejar las bicis, el hombre me señala la última puerta. Está altísimo y no hay escalones, de repente Shei se asoma, le paso una bici y luego la otra. Un buen rato de como colocarlas, pero las dejo de pie y atadas si  posibilidad de que nadie ponga nada encima y rompa algo. Nos quedamos tranquilos, ahora a dormir.

El camarote es de cuatro, pero estamos nueve. Las personas extras han tenido que dejar el suyo porque los militares harán los pasaportes ahí. La frontera está cerca y antes de arrancar, te sellan la salida. Cogen nuestros pasaportes y se los llevan. Al rato vienen, han anotado los nombres de todos y van llamando uno a uno. Hace calor, y los mosquitos van llenando todo, una nube por el pasillo y dentro de cada habitáculo. Llantos de niños, caras cansadas. Cuando terminan de sellar toca revisión de maletas. Nos hacen abrir todas, revisión de mentira, pero toca pasar trance.

Se van, el tren se mueve, abren los baños y todos descargamos, ponemos las sábanas y la mujer mayor de nuestro camarote, nos pide la cama de abajo, es mayor, le duele la pierna, Shei accede y nos vamos a la cama y caemos en un profundo sueño de una hora, hasta que el revisor nos toca la pierna, son las 6:00 y nos despertamos desubicados, asustados. Es la frontera con Uzbekistán y toca el mismo protocolo.

Entregamos los pasaportes y al rato una militar nos abre alguna maleta y formula la pregunta: “¿tenéis dron?”, si digo que no y me lo encuentran estoy en un lio, si digo que sí, también. “Sí”. A la militar le entran los sudores, nos abe como decirlo, “está prohibida la importación”, le explicamos que es de juguete, que no sube más de diez metros y es para un proyecto solidario. Tras el discurso: “Tienes que romperlo”. No nos lo podemos creer, es costoso, pero no es justo, tratamos de disuadirlos, que nos lo manden a Taskent, que no lo usaremos, que, que… “Rómpelo o te quedas en la frontera”. Frustrado los destrozo y lo tiro al suelo, estoy rabioso. Los militares no se lo esperaban, no me veían capaz. Lo miran y lo remiran: “No están permitidas las cámaras, su importación”, “¡Pero qué más quieres!, quédatelo, ya no lo quiero” Se marchan, una tensa espera, silencio, Sheila resopla, “¿Y si nos bajan del tren?”, pero el revisor aparece con los pasaportes, tenemos el cuño, el tren arranca y el peligro ha pasado. Ponemos las sábanas, la luz ya es fuerte, da igual, la tensión nos sume en el sueño.

A las dos horas Shei sigue durmiendo, para mi es otro día, un mal sueño, pero estamos en Uzbekistán y es lo que vale. El paisaje si cabe es más desolador. Cientos de kilómetros de vías rectas con un desierto imponente. En mitad de la nada debe haber una cárcel, de la que seguro escapar es peor que la condena.

En el vagón viajan otros doce italianos además de nosotros, cuando se da la oportunidad me preguntan por el dron. Me consuelan, pero lo cierto es que es agua pasada, no tiene sentido darle vueltas. Son doce horas de tren que dan para desayunar, en nuestro caso un café soluble y unas tostadas de pan con nocilla. El resto de camarotes ya son expertos y traen mucha comida, pero durante todo el viaje varias mujeres que hacen casi todo el recorrido pasan cíclicamente ofreciendo comida, bebida, tarjetas sim, cambio de dinero. Podremos acceder al resto si cambiamos algo, pero por la razón que sea, nos quiere dar diez veces menos, se equivoca con el cambio oficial y no aceptamos, vemos pasar la comida y la bebida por nuestros ojos.

Pasillo arriba, pasillo abajo, el paisaje es una línea amarilla horizontal donde se ven camiones por una carretera, algún arbusto y nada más, la vida se quedó hace muchos kilómetros. El tren para de vez en cuando, en poblaciones escasas y cada parada es mucho tiempo, normal que tarde tanto en hacer 500km. En japón sería hora y media. El traqueteo del tren nos devuelve a la cama de vez en cuando y nos anima a soñar en un viaje en tren de semanas, un transiberiano, experimentar el mundo inexplorado, al ritmo de las vías.

Por fin llegamos a Nukus, son las 16:30 de la tarde, bajamos todo nuestro equipaje y nos despedimos de la gente, mientras montamos las bicis el andén se vacía y quedamos los dos y el tren que tardará un rato en arrancar. La estación es un edificio imponente de líneas árabes, de blancos y azules donde letras enormes en ruso marcan el lugar. Frente a él una gran avenida de dos carriles, aceras grandes, casas bajas y mucha luz, siento que eso es lo que nos espera en todo el país. Lo primero que hacemos es sacar dinero, y estábamos en lo cierto, un euro son 14.000 suoms y no 1.350 como nos quería vender la sinvergüenza. Compramos la cena y nos vamos al hotel, un edificio aislado de dos plantas y con un joven tímido que habla inglés y que tartamudea con nuestras dudas. Esa tarde la aprovechamos para descansar y relajarnos.

El día de descanso en Nukus, aprovechamos a hacer lavadora, escribir lo pendiente y dar un paseo. Comemos en un restaurante cerca de casa. Es habitual ver brigadas de trabajadores limpiando las hierbas, van cubiertos con pañuelos que tapan todo menos los ojos. Pero se dibuja una sonrisa en ellos y su bienvenida. Encontramos un sitio que parece elegante y después de dos ensaladas enormes y un pollo entero nos cobran 10€, Uzbekistán es barato. En una furgoneta rebosante de gente nos montamos para ir al centro, el precio por persona es de 0,10€. Nos bajamos en el mercado, un edificio enorme con muchos puestos fuera y dentro, donde puedes comprar de todo. Mucha verdura, mucha fruta, frutos secos, todo tipo de comida, esperamos encontrarnos lo mismo en el camino y no echar de menos eso. Lo dejamos para después del museo de Igor Savintski, un filántropo que coleccionó obras de rusosy más objetos hasta 100.000 y construyó un museo con la condición de que no se moviera de ahí. Pasamos una hora viendo obras de arte de la URSS y luego nos echamos un helado y compramos en ese mercado tan visual.

De ahí a casa y rematar la bitácora y las alforjas para nuestra primera etapa uzbeka. 

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