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SYDNEY

DOS DÍAS Y MEDIO

El 20 de febrero nos montamos en el tren de la 13:16 desde Katoomba a Sydney. Ganamos un día a nuestro plan en la ciudad más grande de Australia. Aunque la gente piensa que es la capital ya que es la que se lleva todos los focos, en realidad es Canberra, aunque si que es la ciudad más antigua. Poco más de doscientos años desde su fundación, este país no tienen mucha historia.

En el tren hacemos el típico despliegue para comer. En las mesitas batientes de los asientes sacamos pan, latas de atún, queso, verduras y entre una cosa y otra estamos más de una hora comiendo. Nos da tiempo a recoger la mesa y poco más tarde llegamos a la estación central. Son las 15:15 y queremos aprovechar la tarde para conocer algo de la ciudad. Nos han dicho que usar los ferrys es uno de los mejores planes de ver los monumentos desde otros ángulos y de paso disfrutar del paseo. Pero antes tenemos que ir a dejar las cosas a casa de Jeff, el warmshowers que nos aloja dos días. Tomamos el bus 374 desde la estación y pocas calles más allí nos bajamos. Jeff vive cerca de donde nos bajamos, alejado del centro con rascacielos, la mayoría de las casas son unifamiliares adosados uno seguido del otro, pero todos diferentes. Jeff está en casa y a pesar de no llegar en bici, nos aloja en uno de los cuartos. Lo justo dejamos las cosas y nos vamos de nuevo, hay que aprovechar el tiempo lo máximo.

Como primer paseo seguimos el consejo de Alison, tomar el ferry desde circular Qay, la zona de donde salen todos los barcos. A pie de numerosos rascacielos hay varios muelles de salida de unos ferrys verdes y amarillos con estética antigua. Nosotros queremos ir e Barangaroo y en cinco minutos sale uno desde el número 3. Corremos y llegamos a tiempo, los motores en marcha y pronto sueltan amarras. Salimoscon el barrio The Rocks a la izquierda con el puente de Sydney conectando con el otro lado de la ciudad, a la derecha está el jardín botánico y al fondo del paseo está la famosa ópera, ese edificio con forma de yelmos que se ha convertido en un símbolo nacional. Pronto todos sacamos los móviles, yo uno de ellos, el barco se escora a la derecha y todos miramos a través de la pantalla el edificio, estamos ahí, es un hecho. Uno ve desde pequeño Australia como un lugar lejanísimo, casi mitológico, que existe en la leyenda oral, como si no existiera y de repente te encuentras apoyado en la barandilla de un ferry viendo la ópera frente a ti.

La ciudad de Sidney tiene unos 5,3 millones de habitantes y 1.800km2, se extiende a los dos lados del río Parramatta que desemboca en el mar. El río es un constante ir y venir de ferrys que van en todas las direcciones, es como líneas de metro, pero sobre el agua. Son baratos y hay un máximo de gasto al día, una vez lo superas ya no te cobra más, con lo que puedes hacer todo un día de viajes a las dos orillas del río para conocer los diferentes barrios, conocer las vistas y sabes que no pasarás de los 10€ de gasto. Es una buena manera de ver la ciudad desde otro punto de vista. En nuestro caso hacemos uno que tiene un trayecto corto, una de las paradas es en el Luna Park con la famosa cara del señor Moon, de ahí nos dirigimos a nuestra parada en la parte trasera del The Rocks. Esa zona es el centro financiero más importante del país y es un conjunto de rascacielos que se ven desde todos los puntos del río. Una silueta que contrasta con los barrios de casas pequeñas de alrededor. Tras el paseo en barco caminamos hasta el puente. Una estructura metálica al más puro estilo Brooklyn. Tiene un paseo para personas y aunque estamos muy cansados de la caminata por el cañón en las blue mountains pasamos hasta el otro lado y ahora vamos al Luna park caminando. Regresamos en otro ferry hasta Circular qay y ahora sí, damos por finalizado el primer día. Vamos a casa y comemos un pide turco cerca de casa para recordar viejos tiempos.

Al día siguiente nos sale el sol y tenemos varias opciones, la famosa playa de Bondi, donde van todos los surferos y que se llega en bus o Manly beach con ferry. Descartamos la primera, ya que en realidad no somos de playa y nos motiva más el paseo en ferry. Así que regresamos a Circular Qay y ahora trazamos la ruta en ferry hasta el final de río. Cuando bajamos del ferry una horda de turistas sale en masa dirección a la playa, el paseo es como una procesión de personas con todos los aperos bajo el brazo. La playa es grande y está hasta los topes, además tiene jardines con mesas a la sombra de los árboles y lo curioso es que hay muchos socorristas cada poco, un mes antes cinco personas fueron atacadas por tiburones y murió una. Caminamos hasta el fondo y por no regresar de vacío bajamos a la arena, nos sentamos un poco y observamos a los cientos de surfistas que tratan de coger olas en una zona y los bañistas que sobreviven al fuerte oleaje que rompe casi en la orilla. El agua está más caliente que en Tasmania, pero sigue siendo fría, nos bañamos por aquello de que no podemos irnos de Australia sin darnos un baño en condiciones en las playas de Sidney, otro check mental. Las olas son peligrosas y lo justo nos mojamos. Nos secamos contemplando el día a día de la playa y nos hace gracia el cortejo y exhibicionismo del ser humano. Mujeres y hombres paseando sin camiseta presumiendo de cuerpos en una demostración clara de la superficialidad humana. Llevamos meses viajando en bici con dos camisetas, oliendo mal, casi sin vernos en el espejo por África, donde la imagen queda en un quinto plano y de repente  el culto al cuerpo, la ropa, el coche, los complementos, los selfies, son un todo. Nos vamos a comprar algo de comida al supermercado, los restaurantes son prohibitivos y nos hacemos unos bocadillos de tomate, jamón y queso con algo de fruta mirando al mar, nos saben como el mejor de los platos y con un café que nos pedimos en una terraza rematamos nuestra experiencia playera.

Volvemos de nuevo por la línea del ferry. Miles de veleros, piraguas, lanchas van de un lado a otro. Esa bahía y ese río es una especie de hormiguero acuático, el tráfico diario es una locura. De ahí vamos a dar un paseo por el jardín botánico con 30.000m2 y más de 27.000 especies. Árboles enormes, todo tipo de flores y plantas, podrías estar días aprendiendo sobre la flora y no acabarías. Un bosque urbano que debería ser obligatorio. Paseamos hasta la ópera para verla desde cerca. Ciertamente es una obra de arte y desde dentro tiene que ser impresionante. Con tiempo y dinero haber comprado unas entradas habría sido buena idea. Nos conformamos con verla desde fuera y paseamos hasta el otro lado, hasta Macquaries road. Un lugar donde ver el atardecer de la ciudad. Hay vistas a los rascacielos, el puente y la ópera. Pero el cielo ha evolucionado por momentos hasta amenazar con tormenta eléctrica. El sol sale tímido entre unas nubes y nos regala alguna foto bonita entre los rascacielos y reflejándose en el agua con la ópera y el puente. Seguimos con nuestro paseo hasta el barrio chino, por donde pasa el tranvía bajo los rascacielos, lleno de luces, comercios y restaurantes a precio asequible. Nosotros comemos dos boles de arroz con cerdo y pollo que nos saben riquísimos. Ya de noche regresamos a casa y caemos rendidos.

El tercer día, le preparamos el desayuno a Jeff, huevos con aguacate y tostadas con café. Charlamos sobre sus viajes en bici. Todos te cuentan viajes de años y aventuras que para el español medio serían de película. Para lo lejos que están se mueven mucho. Su economía lo permite, pero son inquietos. Nos despedimos de Jeff y dejamos las bolsas en la estación para visitar la biblioteca, el museo de historia, que es muy escaso y poco atractivo y nos vamos a la art gallery, que esa sí que merece la pena. Dos edificios, uno moderno con obras contemporáneas y espacios innovadores y uno neoclásico con obras más tradicionales de Europa a las que estamos más acostumbrados y menos rompedoras. De cualquier manera ya sólo los edificios y ver diferentes estilos es super interesante. Desde ahí caminamos a la catedral que está a rebosar de gente y no tiene nada que envidiar a las europeas y comemos de nuevo donde cenamos el día anterior, sin complicarnos. Yendo hacia la estación, el cielo se rompe justo cuando tenemos las maletas y estamos entrando dentro del edificio. Nos quedan tres horas que las pasamos editando y escribiendo la etapa. Nos queda un tren tortura nocturno que no se pierde, pero que llega tarde de nuevo. Si cabe hemos dormido menos y llegamos a Melbourne agotados. 

 

 
 
 
 
 
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Una publicación compartida de Y OS LO CUENTO/RUMBOS OLVIDADOS (@yoslocuento)

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