TRES DÍAS EN LA SELVA
Cuando estábamos en San Pedro de Atacama para cruzar a Argentina, la situación fronteriza nos obligaba a cruzar un día antes, el estado de la ruta 40 para ir a San Antonio de los cobres nos obligaba a ir por la 52 a Salta. De repente habíamos ganado dos días y necesitábamos tres para poder hacer una escapada a la selva tras la cooperación en Santa Cruz. Juntamos dos etapas en una antes de Posadas y ya los teníamos. Ahora sólo faltaba que todo transcurriera según el plan y llegaríamos a Monteagudo el 13 de mayo. Como podéis imaginar con esta entrada, es que todo fue según lo previsto, eso sí, con varias etapas de más de 100km y días duros donde no hubiéramos andado en bici, pero el esfuerzo merecía la pena.
Así que el 20 de mayo nos venía a recoger Hersson, un hombre de Buena Vista desde donde comienza el Parque Amboró. A las 8:30 de la mañana poníamos rumbo a la carretera que lleva a Cochabamba, donde vive Evo Morales custodiado por miles de campesinos para que no lo detengan, pero eso es otra película. De camino salvamos un perezoso que intentaba cruzar la autopista a su ritmo, según el conductor no iba a sobrevivir. Es nuestro primer perezoso y lo vemos a centímetros. Dos horas después llegamos a casa de Hernan, el guía con el que hemos negociado tres días en la selva. No es barato, pero para venirnos a buscar, dormir en el campamento, la comida y sobre todo las excursiones, no está mal, 200€ cada uno. Hersson se marcha y viene Chucho, un chico con un todoterreno para cruzar el río. Otra hora de viaje por caminos, donde hay varios pasos de río con piedras y en uno de ellos, los locales con moto, la pasan en una balsa de madera flotando. Nosotros a botes cruzamos el último escollo que nos deja a 200 metros del campamento.
Hay un pequeño río y justo antes un hotel, que construyeron sobornando al gobierno de entonces en pleno parque. Es caro y encima lleva años sin clientes, aunque hay un hombre, Virgilio que lo cuida. No quieren venderlo, pero tampoco explotarlo. Nos descalzamos, cargamos nuestra comida y llegamos a un campamento donde nos espera Carlos cocinando nuestra comida. Son unas habitaciones con literas para los guardas forestales, un baño con ducha que viene del río, una especie de comedor y un lugar a cubierto donde cocinan al fuego. Montamos la tienda de campaña donde pasaremos dos noches y en ese momento llega un grupo de extranjeros que estaba intentando cruzar el río con moto y un coche bajo. El coche se ha llenado de agua y a la moto se le ha salido la cadena. Son jehovás de cinco países diferentes que han ido a ayudar a la gente que lo necesita. En realidad a ir casa por casa a convencer a la gente para que se haga jehova, Hernan está un poco harto de ellos. Charlamos un rato hasta que tenemos lista la comida, comemos un poco y nos marchamos a dar un paseo hasta una cascada.
Desde el campamento hay decenas de caminos que tienen preparados para hacer diferentes tipos de excursiones. El camino está más o menos claro porque lo limpian los guías. Hay varias agencias que usan ese lugar como base. Por suerte estamos nosotros solos y le da más exclusividad. El lugar es pura jungla, cientos de tipos de árboles, algunos enormes, como las ceibas o los ficus, matapalos, lianas, plantas de todo tipo que se escapan a nuestro conocimiento. Hernan trata de explicarnos, pero hay demasiadas.
En hora y media caminando por el sendero llegamos a una pequeña cascada, es tarde y el agua está helada, dejamos el posible baño para el día siguiente. Lo curioso es que estamos en plena selva, pero todo está casi en silencio. No se ven monos, no se escuchan pájaros, es sobrecogedor a la inversa. Regresamos al campamento casi de noche y Hernan prepara una sopa de cacahuete con pollo muy rica. La cocina es una estantería de madera llena de polvo, una encimera de ladrillo donde cocinan al fuego sobre unas piedras donde ponen madera dentro y dos hierros donde apoyar las perolas chamuscadas de tantos usos. Hay fregadero con agua del río y toda está abierta al campamento. El techo está negro del humo y un fluorescente que funcionó cuando había placas está cubierto del hollín.
Cenamos a la luz de las velas los cinco, Chucho es amigo de Carlos y se quedará los tres días también. Después de una semana super intensa de cooperación, nuestro cuerpo ha dicho basta y a las 21:00 nos metemos en la tienda de campaña y dejamos a los tres hablando y masticando coca machucada (mezclada con sabores). Se acuestan tarde. Nosotros dormimos plácidamente hasta las 7:00 de la mañana, pero con la pena de no escuchar casi ningún ruido selvático.
Al día siguiente, desayunamos una tortilla, algo de fruta y café. Nos preparamos para una caminata de unas dos horas hasta la cascada del abuelo. Chucho y Carlos van a su ritmo y nosotros tres vamos delante con la esperanza de ver algún animal, pero siguen escondidos. Hernan está extrañado, alguna mariposa, hormigas y rastros de armadillos o cerdos salvajes, pero poco más. El camino no es muy duro y como no ha llovido, está bien. El día anterior a venir a la selva compramos medias de futbolista para cubrirnos los pantalones para los mosquitos, algún bicho inesperado y no manchar mucho la ropa.
Dos horas con calma después llegamos a una gorja por donde se encañona un río. Un poco más arriba está la cascada. Me envalentono y me doy un baño, Shei no se anima y yo lo justo para la foto. Hernan nos propone caminar otra hora hasta unas pozas, pero entre que hace frío y que necesitamos descansar, nos apetece más quedarnos viendo como cocina Carlos. En un momento enciende un fuego, saca las perolas ennegrecidas, fríe carne, mete verduras y con agua las cuece, aparta esa cazuela, y en un momento hace un risotto de queso. En mitad de la selva nos ha hecho un menú buenísimo. En ese entorno y contexto todo sabe mejor. Hora y media más tarde regresamos al campamento y vemos a lo lejos un capuchino (mono pequeño) en una rama, esa es toda la fauna del día.
Llegamos para poder echarnos un café, una siesta y ducharnos con agua fría, en concreto ducharme, Shei sigue esquiva a los temblores. Oscurece y Hernan prepara un rancho de yuka con carne que sale super sabroso. Cenamos a la luz de las velas y dejamos a Carlos y Chucho hablando y nos vamos con Hernan de excursión nocturna.
Hora y media iluminando con la linterna como un faro en busca de algún animal. Pero el silencio sigue siendo una constante, vemos telarañas con sus arañas enormes, hormigas y termiteros en ebullición, nada más. Cruzamos un río descalzos para testear el agua y regresamos al campamento. Tomamos un té nos vamos a dormir. Hernan también pero los otros dos, diluyen una botella de alcohol que se han traído con agua y la estiran hasta las 4:00 de la mañana.
El último día damos el último paseo hasta una poza en el río con la esperanza de ver animales, pero no hemos tenido suerte, ni un misero ratón, bueno miento, a la noche se acercó un zorrino a mendigar comida y un águila se posó en el árbol esperando los huesos crudos del pollo. Nada más. Lo bueno es que sale el sol y llegamos a una serie de pozas naturales en el río en un sitio super chulo. Aunque el agua está helada, me doy un chapuzón, no puedo irme de Bolivia sin experimentar sus ríos. Regresamos al campamento, comemos pasta con pollo y despedimos tres días que nos recargan las baterías. Las excursiones no han sido muy duras y hemos sabido descansar. Ha sido una gran inversión. Aunque no hayamos visto animales, escaparnos del ruido urbano, del caos del tráfico, respirar aire fresco, sentirte en la naturaleza, es suficiente. Una hora de caminos, dos de autopista y de repente caminamos por las calles de Santa Cruz, por el centro histórico deteriorado, con sus motos, sus luces tenues, los olores, todo ha parecido un sueño.