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MELBOURNE

CUATRO DÍAS

El 23 de febrero llegamos a la estación central con los cuerpos molidos de las mil posturas en el tren nocturno. Tenemos más ganas de dormir que de visitar la ciudad. Lo primero que hacemos es ir a casa de Víctor y Eva para dejar las cosas y organizar los últimos días en Australia, meter las bicis en las cajas y hacer el equipaje. Cuando llegamos están en casa, trabajan ahí y nos reciben con un buen café. Volvemos a alterarles la vida y nos están cuidando mucho en ese aspecto. Antes de lanzarnos a visitar la ciudad, reorganizamos todas las maletas, ahora ya no son alforjas, toca preparar los bolsos para el avión. Tenemos demasiadas cosas y monopolizamos la habitación donde trabaja Eva. Durante el resto del día, limpiamos las bicis, cambiamos piezas que tenemos rotas y preparamos la visita turística a la ciudad. Si Sydney es el centro financiero, Melbourne es el centro cultural y educativo del país.

Además del turismo tengo que escribir el décimo artículo de Rumbos Olvidados. El primer día nos bajamos en la última parada de nuestra línea de metro, en Flinders, justo en la Federation Square, que puede ser como el centro de la ciudad. La estación, dice la leyenda, que era el diseño para hacerla en Bombay y algo pasó que se traspapelaron los planos y aquí se hizo la de la India y allí, la de aquí. Es cierto que tiene cierto aire inglés, pero recuerda a la India. Al salir es una calle con mucha gente, mucho tráfico, los tranvías, las bicis, hay mucha vida. Vamos primero hacia la Biblioteca. Desde fuera se ve un edificio de líneas clásicas y dentro se ha convertido en un lugar de turismo. Excepto algunas salas, los turistas pasean por todo. La sala central es un octógono con desde el que se ven cuatro plantas de estanterías. No es feo, pero no tiene esa atmósfera que uno quiere para inspirarse. No es fea, pero tampoco te conquista. Pasamos parte de la mañana ahí y antes de comer salimos hacia el Queen Victoria Market. Sales del edificio y te encuentras debajo de rascacielos que te obligan a mirar para arriba y descubres que el cielo se va a romper en cualquier momento y por las justas nos da tiempo a llegar aun techo. De repente comienza a llover muy fuerte y llegamos al mercado calados. Varios hangares abiertos y conectados con puestos de todo tipo, food trucks, pero que no se respira un aire muy local, parece más bien un escenario para el turismo. Terminamos comiendo en un restaurante de Sri Lanka y con nada nos dejamos 25€. Comer en Australia es muy caro. En cuanto deja de llover salimos a recorrer algo más de la ciudad.

Tomamos uno de los tranvías hasta Flinders Street. En esa zona son gratis. Ahí entramos en el museo de la inmigración. Australia ha sido un país que ha tratado muy mal a los aborígenes y muy racista, ya que hasta 1970 tenía la política del la Australia blanca, pero luego se ha construido y lo ha necesitado, con mucha gente de Asía y de otros continentes, religiones y razas. Hoy en día tienen un 32% de población inmigrante, se sostiene gracias a ella y lo demuestra con los muesos dedicados a hablar de su llegada, también tratando de reparar lo realizado a los aborígenes, con el capítulo oscuro de las generaciones robadas.

Desde ahí paseamos por unas calles con grafitis cerca del centro, que son como museos del arte urbano en Oliver lane y AC/DC lane. Paseamos por el Fiztroy park y vamos a ver si la Catedral de San Patrik está abierta, pero aquí cierran pronto todo, a las 17:00 ya no puedes visitar nada. Lo que sí suenan son las campanas que comienzan a sonar cuando estamos debajo y no paran treinta minutos después. De ahí regresamos a casa en nuestro primer día de visita.

Al día siguiente parece el día de la marmota y repetimos el horario de tren, bajar en Fed Square, caminar hasta la biblioteca, con la diferencia que hoy hay dos ajedreces gigantes en la puerta. Mientras tomamos el café, vemos como algunas personas se atreven a mover algún peón lanzando partidas. Pasamos dos horas en una de las salas anejas, pero la inspiración se ha vuelto a quedar en casa. Como queremos conocer la ciudad antes de comer salimos en busca de un lugar barato para comer, pocas calles más abajo está Bourke St. En un centro comercial, hay varios restaurantes asiáticos y un comedor enorme en el centro. Los precios son mucho más asumibles y las raciones grandes. Al igual que nosotros hay muchos estudiantes y trabajadores de la zona. Si el presupuesto es bajo, es un buen sitio para comer decente y barato. Nos gusta como diferentes culturas son parte del escenario gastronómico y cultural del país.

Esa tarde la dedicamos a visitar el Museo de Historia natural, en caso normal la entrada sería carísima, pero Victor y Eva nos han dejado su tarjeta de museos y nos sale gratis. El Mueso merece la pena visitarlo por su diseño. En el centro tiene un pequeño bosque con una malla para que no salgan los pájaros. Dentro árboles de decenas de metros de altura con reptiles, ofidios y peces. En el resto hay salas de la evolución geológica, animal y de flora del planeta y en concreto de Australia, con dinosaurios y todo tipo de minerales y exposiciones de animales. Necesitaríamos días para sacarle jugo a tanta información. En otra parte del mueso es más antropológico y de arte aborigen. La visita es fugaz porque cierran pronto. Paseamos al salir por otro de los parques de la ciudad, el Carlton. Las ciudades están pensadas para contener grandes parques que supongan pulmones y lugares de esparcimiento. Algo que en España, con la obsesión por el ladrillo no se está haciendo y en un futuro lo lamentaremos. 

De ahí salimos y nos montamos en el tranvía 35, que es uno de comienzos de siglo XX, que es circular y durante una hora te muestra todo el centro. Nos relajamos viendo las calles desde el sonido del tranvía. Nos bajamos en Fed Square, esa noche proyectan una película muda de 1928 al aire libre. Hay filas de tumbonas y quedan dos horas, pero nos sentamos en primera fila y nos quedamos trabajando. Hace frío, con jersey y chubasquero estamos justos de ropa. El verano aquí es peculiar. Poco a poco se va llenando la plaza, nosotros ya tenemos la cena comprada y antes de que empiece la peli, comemos con las gaviotas, acostumbradas a estos eventos, acechando. Las luces de los edificios, el atardecer, todo es un momento para recordar. La película es la caída de la casa Usher, no es una maravilla, acompañada con una Dj que a veces mete temas electrónicos con ese eclécticismo que quizá ha sido un poco forzado, pero disfrutamos la experiencia. Al terminar la peli, estamos justo en la parada de ten y esa noche de casualidad, alguien hace algo en las vías y nuestro tren tiene que pararse, bajarnos y esperar a otro, con lo que llegamos bastante tarde a casa. Aunque Víctor y Eva están despiertos y conversamos hasta tarde.

El último día, descartamos ir a la biblioteca y directamente visitamos el museo ACMI de cine y videojuegos de Fed square, el Ian Potter que está al lado y de ahí nos vamos a comprar algo para comer en un supermercado. Nos queda sólo esa tarde y dejamos para el final, el NGV, de arte, que es un mueso de nuevo con un edificio imponente y con exposiciones gratis y algunas de pago que gracias a la tarjeta nos dan paso. Pero antes nos aprovechamos de la sala Vip y trabajo en el artículo un par de horas con café y pastas. Recorremos varias de las salas, pero el arte europeo de los siglos XV y XVI, no es muy atractivo y las pasamos un poco por encima. Hay una exposición de fotos de mujeres fotógrafas, pero queda poco tiempo y no le sacamos partido. Salimos con los mensajes de los altavoces anunciando el cierre y las hordas de visitantes saliendo por la puerta donde hay una cascada de agua. Los últimos paseos los damos por el jardín botánico. Si no has conocido el de Sidney, es otro parque increíble, pero se ve más desordenado, con menos especies y menos cuidado. Aún y todo, la tarde soleada, los lagos y ver el monumento a los caídos en las guerras, es un buen cierre a nuestro turismo y al país. Desde ahí caminamos hasta la parada de ten de Richmond viendo a la gente en los parques jugar a rugby, footie, fútbol, remo por el río Yarra. Pronto nuestro viaje dará un giro de 180º y nos daremos cuenta de la tranquilidad y alto nivel de vida que hay aquí.

El último día en Melbourne toca meter las bicis en las cajas, rematar las maletas y cena de despedida. Víctor nos deleita con una de sus famosas paellas de mar y monte. Dos horas de elaboración que nos regalan un excelente plato, sabroso, al punto y abundante, junto con amigos españoles, conversaciones de todo tipo y buen ambiente. Les echaremos de menos, han sido una familia a la que esperamos ver de nuevo. Entre una cosa y otra se hace tarde y la última noche dormimos poco ya que madrugamos para irnos al aeropuerto.

La última mañana, a las 6:30 salimos con todo el equipaje y las cajas en el coche de Víctor, Sheila y yo sentados en el asiento del copiloto de forma ilegal, son tres kilómetros a la parada de bus y confiamos no cruzarnos con policía a esas horas. A las 7:00, con algo de fresco, amaneciendo con un cielo en llamas por las nubes iluminadas nos despedimos de nuestro amigo. El autobús nos recoge a la hora y a las 9:00 estamos en el aeropuerto. Un mes y medio que ha pasado volando, casi sin tiempo para degustarlo, sin asimilar África y ya rumbo a Sudamérica, el cuarto proyecto comienza. Facturamos con facilidad, sin extorsiones, con sonrisas, pasamos aduanas y ya toca relajarse. Una vez en el avión caemos rendidos antes de despegar, el cuerpo descansa. Doce horas de vuelo a Santiago, escala de cuatro horas, dos horas más de vuelo a Puerto Montt y nuestro viaje tendrá otro idioma, otros paisajes. 

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