DOS DÍAS
La primera noche en Ucrania dormimos en casa de Natalie. Estamos lejos del frente y la aparente normalidad nos distorsiona la verdad. A la noche suena dos veces la aplicación de alertas del móvil, es como una alarma antiaérea que nos desvela y nos descoloca, no sabemos donde estamos, qué suena hasta que nos damos cuenta de que es alerta de que hay bombardeos en algún lugar del país. Eso nos pone los pies en la tierra. Para situar Ucrania, es un territorio como tal desde el siglo IX, pasó a formar parte de la mancomunidad polacolituana, luego del Imperio Austrohúngaro y luego del ruso. Tras la revolución rusa consiguen su independencia, pero regresarían a su influencia, pero ahora con la Unión Soviética. La parte Oeste del país lucho especial mente con la UPA por la independencia, pero no lo consiguieron. En la 2ªGM fue una de las zonas más castigadas de Europa. Para colmo en el 86 ocurre el desastre de Chernobil, y el mayor desastre es la gestión desde Moscú que termina por dañar la confianza del todo. En el 91 con el 90% de los votos se independiza de la URSS y comienza su fase actual. La tensión entre los dos países ya comienza en 2004, pero estalla definitivamente en 2014 con la invasión de Crimea, más adelante en el 2022 vendrá la invasión del Donbas e incursiones en Kiev. Desde entonces viven en guerra.
Tenemos la oportunidad de conocer una ciudad reconocida como patrimonio de la Unesco. Influencia austrohúngara en su monumentalidad. Desde la opera hasta la plaza del mercado las calles son preciosas, de casas solemnes. Es verano, es una ciudad cultural y hay mucho turismo, sobre todo local. Antes de ir a la plaza central escuchamos una misa y nos metemos, casualmente es el funeral de varios soldados. A fuera aparecen varios militares que tocan una canción que desde 2014 se ha convertido en un réquiem por los caídos. Las casas, los edificios, las farolas, cualquier lugar es bueno para poner la bandera amarilla y azul. Hay varios excombatientes, algunos dañados, otros tocados que piden por las calles. El ayuntamiento y muchos edificios tienen sacos en sus ventanas de abajo que sirven de refugio en caso de alarma aérea. Hablamos con una chica y te cuenta con normalidad que de vez en cuando atacan con drones shahed como si ese vocabulario fuera el más normal en una chica de 18 años. A las 12:00 con los coches fúnebres saliendo de la plaza, todo el mundo se queda quieto, suena una trompeta y la gente se pone la mano en el pecho. Hasta el silencio calla para escuchar la música. La piel de gallina y de repente todo cobra vida, el cortejo sigue y de nuevo es una plaza normal.
En ese contexto paseamos por las calles, subimos a la torre del ayuntamiento para tener las mejores vistas de la ciudad. Es una ciudad grande, con mucho parque y bonitas calles. Si no estuviera tan alejada del centro de Europa y en el momento que está, sería mucho más visitada seguro. Presenciamos varias bodas en las iglesias principales. Hay armenias, católicas, ortodoxas, judías, para todas las creencias. Un día de turismo y cultural intenso. Antes de regresar a casa en la avenida de la libertad, familiares y amigos con carteles protestan por la liberación del batallón Azov, algo controvertido por sus creencias iniciales neonazis y que defendió Mariúpol como parte del ejercito al comienzo. Fueron raptados y hasta día de hoy poco se sabe de su paradero. Los coches pitan como apoyo, los jóvenes alzan los carteles y gritan libertad. Nadie quiere la guerra y casi seguro no apoyarían la ideología de los soldados, pero un familiar desaparecido es otra cosa, un familiar convertido en héroe, mártir.
Con esa instantánea regresamos a casa. Cenamos con Nataliia y quedamos con Halyna para la mañana siguiente. Esta vez no hay alarmas nocturnas y dormimos mejor. A las 10:00 después de un desayuno ucraniano contundente vamos a un orfanato para niños hasta seis años con discapacidad. Halyna es una benefactora con dinero que dedica su tiempo y dinero para cuidarlos. Muchos de ellos abandonados porque no se quieren hacer cargo de un niño con discapacidad, otros huérfanos. Se encariñan rápido, buscan abrazos, te llevan de la mano hasta el parque. Todos quieren su gramo de cariño y cuesta despedirse. Cuántos niños y niñas en el mundo sufren las guerras, el abandono, la falta de escuelas, de oportunidades…
Nos despedimos de Halyna y vamos a casa a comer con Nataliia, queremos ir al campo de marte que está junto al cementerio. Allí se habilitó un espacio que ya se ha quedado pequeño. Más de 800 tumbas, con banderas de Ucrania, de brigadas, de la upa, decoradas, bien cuidadas de soldados, sólo de Lviv, enterrados. Paseamos por una gran extensión, entre calles. Vemos a familiares regando las plantas, limpiando, pintando, encendiendo las velas. Fotos de los soldados, casi todos menores de 30 años. Madre rezando, Lesie, una de ellas, me deja hacerle una foto con su hijo, Nataliia me deja con uno de sus alumnos. Me dejan homenajearles contando su dolor.
Tras media hora de caminar entre lápidas vamos en tranvía al centro, paseamos un poco y regresamos a casa. Hay que asimilar lo vivido estos dos días. Preguntas con traductor que pierden fuerza y mensaje en una mala traducción. Ojalá habláramos el mismo idioma. La tarde la pasamos con Nataliia en su cocina, charlando y probando otro plato tradicional parecido a los dumplins chinos. Al día siguiente continuamos nuestro rumbo hacia el orfanato, nos quedan cuatro etapas para cerrar el círculo. Rematamos las tareas de ordenador, organizamos las alforjas y nos metemos más tarde de lo esperado escuchando la tormenta golpeando la ventana. Son truenos por suerte, pero deseamos que no nos llueva al día siguiente.