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LAGO TITICACA

La noche en La Paz se hace larga por varios motivos, las ventanas no tienen persianas y entra mucha luz, dan a la calle y es ruidosa con los vehículos y la gente que regresa de fiesta, con el cuerpo pasado de rosca de la subida y con las veces que nos levantamos a mear debido a la altitud. Nos despertamos pronto porque tenemos muchas cosas que hacer antes de que llegue Leo. Desmontar las bicis y meterlas en las cajas, comprar adhesivo, cambiar dinero, reorganizar las maletas para ir en el avión. Salimos a las calles de La Paz y quizá sea de las más caóticas en las que hemos estado. A parte de que no hay una zona llana, que complica caminar sin jadear con cada paso, está la cantidad de tráfico de taxis, buses, motos que hay por todo, y eso que hay problemas de combustible. La ciudad se nos va a quedar en el debe porque queremos ir a Titicaca y Uyuni. Lo justo caminamos varias calles para hacer los recados, por el mercado de las brujas donde compramos algún detalle, las postales de rigor, cambiar dinero, lo curioso de esto es que el cambio en paralelo te da 3,6 bolivianos más por euro que el oficial, con lo que salimos ganando. Antes de regresar a casa a organizar el caos, vamos al mercado que hay cerca para comer. Ahí, en varias plantas unidas por rampas hay puestos de todo, lo curioso es que hay decenas de puestos de comida, pequeños habitáculos que dan para una mesa con varias sillas y un lugar donde cocinar, casi todos dan lo mismo y todos están llenos. Nos recuerda en cierto modo al abigarramiento de Japón. Es barato, por 3€ los dos comemos.

De vuelta al alojamiento toca el último ritual de desmontar bicis del viaje, han sido ya seis veces y esta es la séptima, quizá sea de las cosas más engorrosas del viaje, por tener que buscar cajas, desmontar y que quepa todo bien en la caja, trasladarse al aeropuerto, no es fácil encontrar un vehículo donde quepa todo y luego no tener problemas en el vuelo ni sobre costes excesivos. Cuando llega Leo estamos terminando la primera caja, así que mientras el descansa, nosotros rematamos las cajas y las maletas. Al día siguiente nos vamos al lago Titicaca y hay que preparar una pequeña mochila para los dos días. A la tarde antes de irnos a la cama compramos algo para hacernos una ensalada y los tres volvemos a caer fundidos pronto.

Al día siguiente a las 7:00 estamos en la calle en busca de un taxi que nos lleve a la terminal del alto. Pedimos a través de una aplicación y varios nos cancelan antes de llegar, por suerte pasa un taxista, le preguntamos, nos da buen precio y vamos con él. Se llama Marcos y resulta ser un hombre espectacular, el destino ha hecho que varios nos cancelen para conocerle. Subir al alto en bici es misión imposible, rampas superiores al 25% donde los coches sufren ya por la pendiente, si le sumamos la altitud, se nota sufrir los motores. Marcos nos deja en la terminal y nada más llegar ya hay un minibús casi listo para marcharse a Santiago de Huata, nos hace el favor de dejarnos comprar algo para desayunar y en cuanto nos montamos arranca.

Dos horas de camino con un paisaje seco, de campos de forraje amarillos llenos de montones para recoger. Un fondo de montañas nevadas, pueblos de casas de ladrillo visto, colas para echar gasolina, mucho minibús yendo en todas las direcciones. Nosotros somos los únicos extranjeros y para mi es buena señal. En el lago Titicaca, casi todo el mundo va a Copacabana. Nosotros vamos a Santiago porque un miembro de la ong con la que hemos estado ha vivido allí y nos ha puesto en contacto. Durante el recorrido nos quedamos pegados a la ventana viendo ese paisaje a más de 4.000 metros de altura y poco a poco vemos el lago. Es el más alto del mundo, 3.812msnm, el mayor de agua dulce de Sudamérica. 

Cuando llegamos con el minibús, es una placita pequeña, con una iglesia y ahí están esperando Juan, Valentín e Isabel, autoridades de Ticulasi, un pequeño pueblo cercano. Nuestro plan era recorrer y conocer el lago, pero no sabemos que su idea es mostrarnos la realidad de su pueblo para ver si podemos ayudarles. Hilarión, el profesor, sale a pedirnos ayuda para cerrar su escuela. Juan nos monta en su coche y vamos los seis por caminos hasta un pueblito en la montaña. Por todo el recorrido desde que salimos de La Paz, hay agricultores recogiendo patatas, forraje, con los animales, viven sobre todo de eso. Las mujeres visten con sus polleras, las chaquetas, los aguayos y gorros de diferentes tipos. En Ticulasi entramos al patio del colegio, el edificio se está cayendo por las humedades y detrás están construyendo otro de dos alturas. Necesitan dinero para cerrarlo y traen unos bancos para explicárnoslo. Les escuchamos y sin decirles que sí, creo que seremos capaces de ayudarles, pero no quiero prometerles nada. Nos enseñan el acuífero desde donde quieren subir agua a un depósito en el alto, tienen problemas. Eso ya es más costoso, pero más adelante podremos ayudarles.

Lo bonito es que después de la reunión, las mujeres sacan de sus aguayos patatas cocidas, oca, chuño y pescado frito que han comprado esa mañana. Nos sentamos en el suelo y comemos con la mano. Compartimos un momento muy bonito, su realidad. Hago foto a las autoridades con sus varas de mando, el puesto se va relevando y ahora les toca a dos mujeres y dos hombres. Después de eso, Juan nos lleva hasta Chuquiñapi, un lugar de turismo local que se llena los fines de semana, una playa de piedras con muelles desde donde salen barcas, pedalos y se hacen excursiones al lago. Ahora estamos solos, meto los pies y el agua está helada. El sol calienta, pero estaremos a 10º. Tras un rato sentados mirando el lago y como una mujer lava su ropa con sus hijas pequeñas jugando con las piedras nos lleva a la isla Tajo Cahi, un pequeño peñón unido por una lengua de tierra y subimos para ver las vistas al lago y a los montes nevados más cercanos, todos por encima de 6.000msnm.

Después de eso Juan nos lleva a Santiago y nos despedimos con la intención de que me mande los dosieres explicando el proyecto. Nosotros damos un paseo hasta Pucuro Grande, un  pueblito que tiene vistas al lago y vemos el atardecer. De regreso la temperatura baja 15º de golpe al meterse el sol. Compramos algo para desayunar y cenamos en el único sitio que hay en la plaza. Todo el mundo le compra a esa chica, toda la tarde vendiendo pollo con fideos. Mientras cenamos dos hermanas agricultoras regresan de la faena y nos cuentan que acaban tan cansadas que no tienen ganas de cocinarse a las noches. Les contamos el proyecto y surge una conversación con Celia y Lorena muy bonita, agradecidas de lo que hacemos y risueñas. Nos hacemos foto y nos despedimos dándoles el Instagram. Te resulta chocante ver a unas campesinas vestidas de cholitas en un pueblo humilde de Bolivia escribiéndote por Instagram, quizá el que se ha quedado atrás soy yo.

Dormimos la noche con cuatro mantas, hace frío y aquí no tienen estufas, no hay madera para eso y menos dinero para pagar calefacción, con lo que el remedio es abrigarse mucho. Nos despertamos y nos hacemos unos huevos revueltos y café que compartimos con Martín, el dueño del hospedaje, un hombre mayor y humilde. Está encantado de desayunar con nosotros y nos cuenta cosas del lugar y de sus planes con el alojamiento. A las 9:00 nos viene a buscar un pescador amigo de Juan que nos va a dar un paseo en su barca de una hora por el lago. Nos lleva al sitio donde vimos la puesta de sol el día anterior y desde la parte de atrás de su casa salimos con su barquita entre los juncos, empujando con un palo hasta que el agua es profunda para encender el motor.

El agua está plato, no hay viento, incluso estamos con jersey, nos habíamos traído abrigo y gorro, pero no hace falta. Vemos los patos y las gaviotas pescar, él ha salido a las 3:00 de la madrugada que es cuando se pesca mejor. Tiene que ir más adentro, no hay tanto pescado como antes, pero la faena ha sido buena. Lo ha llevado al mercado del pueblo cercano más grande y nos ha venido a buscar. El rato que estamos contemplamos la inmensidad de un lago que comparte con Perú. Casi del tamaño de Navarra y desde donde vemos las montañas, pero ahora desde el lago. Es una manera relajante de despedirnos de un lugar lleno de energía. Dos días han servido más que una semana en otro lugar. Nuestra experiencia en el lago ha sido mucho más real, viendo su día a día, conversando con gente local y sin la contaminación turística de negocios, ruidos y luces. Regresamos a Santiago, nos despedimos de Martín y tenemos la suerte de que al ir a la esquina donde están los minibuses a La Paz, justo sale uno en busca de personas, nos subimos a la carrera y toca dos horas de camino hasta La Paz. Esa noche dormiremos en un autobús y despertaremos en Uyuni, pero eso es otra crónica. 

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