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ETAPA 72 BUJARA-DUL DUL

84KM 200+

El día de visita por Bujara se alarga, entre comprar, hacer cena, rematar maleta y pasar todos los datos al ordenador se nos hacen las 0:00 de la noche y sólo dormiremos seis horas. Cuando suena el despertador, duele, pero no mucho. Iniciamos un bloque de cuatro etapas hasta Samarcanda que suponen estar muy cerca del primer proyecto, da algo de vértigo. Montamos las bicis y tenemos que despertar al recepcionista que duerme en el sofá del hall. A pesar de la luz y el ruido está plácidamente dormido. Varios zarandeos después consigo sacarlo de su sueño y le tenemos que pedir un papel de registro. En Uzbekistán es obligatorio que te lo hagan ya que al salir del aeropuerto o durante el viaje, la policía te los puede exigir para asegurarse de que has dormido al menos una de cada tres noches de forma oficial.

A las 7:30 de la mañana iniciamos la etapa, los primeros kilómetros son por una carretera en obras y nos quitamos coches. El rumbo va a ser noreste. Al comienzo con el sol de frente. La parte que circunvala la ciudad es de doble carril, con lo que vamos en paralelo y disfrutando del comienzo del día. Salimos por campos de cultivo de arroz y el brillo del sol da destellos entre las plantas. A los 12km giramos al norte y el sol nos da de lado en una carretera de un carril y el asfalto regresa a el estado que nos tiene acostumbrados Uzbekistán, agujeros, grietas, bultos y sin arcén. Hay bastante tráfico, pero respetan. Como siempre pasan dando saludos con la bocina y brazos que se asoman de las ventanillas.

No sabemos si es por la hora, la zona o por qué, pero vemos varios puestos donde despiezan una vaca y la venden sobre una mesa al borde de la carretera. Paramos en uno y nos dejan hacerle fotos y vídeos y la destreza del carnicero es asombrosa. Con un hacha da un par de golpes máximo para marcar y luego con el cuchillo va sacando lo que los clientes le piden. Una mesa, un peso, un banco para que la gente descanse mientras espera y el negocio está servido. La carne tiene una pinta deliciosa. Se nota que es fresca en contraste con algunos puestos que hemos visto en las ciudades donde la exposición al sol y la mala refrigeración le han quitado color, oscureciéndola y compactando la musculatura.

Seguimos camino y nos marcamos parar hacia los 30km. La falta de arcén nos obliga a ir uno detrás de otro y el tráfico impide mantener una conversación más allá de dos palabras. Los perfiles planos son traicioneros, ya que no dejas de pedalear en todo el día. La temperatura de momento es agradable y no sudamos demasiado. En una de las rectas pasamos por viñas y a los pies de la carretera se suceden decenas de puestos con cajas de uva y otras frutas. A la sombra una cama o una silla para pasar el día sacando el género adelante. En uno de ellos compramos un racimo, aunque un señor que pasa por ahí nos lo paga y nos desea buen viaje. Pronto llegamos a Arabon y buscamos un lugar donde echar un café, pero no lo encontramos, nos conformamos con una parada de autobuses, donde cabría el autobús de lo larga y alta que es. Sacamos pan, nocilla y fruta. A los minutos unos señores mayores se sientan, parece más que es su lugar de encuentro habitual a que vayan a tomar el bus, luego vienen niños y finalmente las pequeñas furgonetas que sirven a modo de taxi. Todos se interesan a su manera por nosotros y al taxista cuando le pregunto por su furgoneta, me termina regalando una torta de pan. Tras el festín y la parada obligada para cargar combustible arrancamos, las piernas no van finas hoy  a ninguno de los dos.

Seguimos hacia el norte por esa carretera estrecha y en algún momento dado nos despistamos, pero por suerte tiene solución, en vez de pasar por un pueblo donde queríamos comer algo, lo hacemos por otro, pero desde ese momento el viento sopla fuerte en contra y la mitad de la etapa que queda se endurece mucho. En un cruce dejamos la principal hacia Samarcanda y varios coches nos indican que es por ahí, pero cuanto menos tráfico, mejor. A falta de unos 30km para terminar paramos en un pequeño ultramarinos que tiene sombra, en ese momento estamos cerca de 40º y comenzamos a notar la fatiga por el calor. Quizá el viento tamice la tortura solar, pero lo sabemos por que nuestro agua está cerca de ser un té y la de las botellas de la parrilla abrasa. Dentro de la tienda la tendera de 19 años estudia inglés en la uni y se alegra de poder hablar con extranjeros. Charlamos un buen rato con ella y nos cuenta sus aspiraciones. Mientras tanto su madre nos prepara una bolsa con pan y carne que tenían cocinada del día anterior y el arroz que le hemos pedido no nos lo cobra. Comemos los trozos de carne que están fríos, pero sabrosos y nos despedimos de Xatishabonu. Con su vestido y kufiya, orgullosa de su religión y con el sueño de poder ir a otro país para poder trabajar con el inglés, si no será feliz como profesora. Nos cambiamos contactos y nos vamos pedaleando con un viento enfurecido y un sol abrasador.

El final de etapa es agotador y cuesta dar pedaladas, no seremos capaces de realizarla del tirón y a falta de 14km paramos en Toshrabot para beber algo fresco. La tarjeta no funciona y Sheila sale a pedirme el móvil para explicarles, al regresar las mujeres de la tienda le han puesto los helados en una bolsa y la botella de agua y se la regalan. Mientras disfrutamos sentados a la sombra del obsequio un hombre que nos ha visto antes nos regala otros dos refrescos. No sabemos si tenemos una cara de cansados brutal o es que esta gente es maravillosa, creo que hay un poco de las dos.

Al salir del pueblo entramos en un paisaje desértico inesperadamente. La franja verde se queda a nuestra derecha a unos dos kilómetros y a la izquierda una llanura de tierra yerma poco atractiva. Está claro que el agua es la línea entre la vida y la muerte. Por que sé que al final de esos 14km regresamos a esa zona fértil, si no estaría preocupado, aunque vamos bien abastecidos. Además del calor, de los caminos de tierra, se suma el viento y los kilómetros pasan eternos. En un momento dado vemos un cementerio en mitad de la nada, pero tiene un edificio que quizá sea mezquita y veo improbable que nadie se acerque hasta ahí esa tarde noche. A Sheila no le convence y prefiere que sigamos y al rato llegamos a Dul dul, los terrenos son plantaciones de arroz y las casas se suceden una tras otra y no vemos un lugar claro donde acampar. Justo al final vemos una casa en construcción y parece buen sitio, preguntamos a los dueños que les vemos en una casa dentro del camino y nos dicen que ahí no, que les sigamos. Todo en ruso y presuponemos eso por los gestos. En otro camino y dentro de su parcela hay otra casa casi acabada y nos abren un portalón que da a un lugar bajo techo perfecto para acampar, refugiados y tenemos agua para ducharnos. Nos regalan higos, nos preguntan si necesitamos algo más, nos desean buen descanso y se marchan. ¡¡Vaya día de gente generosa y amable!! Después de montar campamento, estirar, ducharnos, escribir y cenar, nos vamos a nuestra tienda y caemos rendidos.

Ruta en strava

 
 
 
 
 
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Una publicación compartida de Y OS LO CUENTO/RUMBOS OLVIDADOS (@yoslocuento)

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