93KM 380+
Entre dejar bicis, ir a la playa, hacer maletas, recoger bicis y organizar los días que vienen se nos hace tarde y nos vamos a la 1:00 a dormir. Descansamos bien, pero cuando suena el despertador da mucha pereza, necesitamos un día más de descanso de las gestiones de bicis y vuelos de los últimos días. Bajamos a desayunar en el hotel a las 8:00, es tarde, pero no tienen otro horario y de Aktau a final de etapa no hay ningún lugar donde parar a comer algo, comprar o repostar agua. Entre una cosa y otra se nos hacen las 9:00 de la mañana para comenzar nuestra primera etapa en Asía.
Nos hemos puesto las camisas de manga larga para protegernos del sol que ha castigado las últimas semanas los estanes. Las primeras pedaladas después de varios días sin montar en bici cuestan, por lo menos los cambios de Shei van bien. Salimos entre edificios de cuatro plantas algo deteriorados por los años, el sol y la falta de recursos. Las calles son anchas, la arena, el sol, la luz es diferente a todo lo que hemos visto en el resto del viaje. Salir de Aktau nos lleva rato y lo hacemos por una vía de un carril paralela a la costa y seguimos el curso de tubos enormes que transportan gas. El país es uno de los principales productores y no dejamos de ver empresas de las que a su vez salen líneas eléctricas en todas direcciones.
Hay bastante tráfico pero respetan mucho y pitan o saludan casi todos. El perfil es casi plano y hacemos giros de 90º que esquivan las factorías hasta una que nos lleva a la A33, una autovía de doble carril por la que iremos casi todo el día. En los arcenes y al fondo vemos camellos y dromedarios pastando en los pocos hierbajos que salen del suelo. Todo es arena y tierra, no vemos ningún árbol. Al comienzo de la autovía hay un pueblo de casas de chapa y techos azules a la izquierda, algo alejado. Todo lo que no sea la vía principal son caminos de tierra y los coches dejan una estela de polvo a su paso. En el camino cada cierto tiempo hay unas salidas perpendiculares donde el asfalto acaba a los 20 metros y muere en la tierra, no sabemos si es la proyección de algo futuro o que desde ahí se llega a algún sitio.
El horizonte es plano, un paisaje marrón en el que el cielo está nublado, hoy el pronóstico da lluvia a la tarde. La temperatura es buena y no nos desgasta mucho. Aún y todo estamos cansados de dormir mal los últimos días y las piernas no van finas. A los 35km vemos un restaurante y paramos por si está abierto. En ese momento llega el dueño. Los rasgos aquí son de ojos rasgados, cara redondeada, pelo negro y de carácter muy noble. Son amables, sonrientes y se asombran cuando les decimos que venimos de España. Todos tienen Instagram y buscan el proyecto, incluso la gente mayor. Le pedimos agua y nos rellena los botellines de una garrafa que tiene en la cocina donde dos mujeres preparan albóndigas. El agua en esta zona no es potable y en varios de los sitios de la carretera no tiene ni grifos, son lavabos con un depósito encima del grifo. El hombre sale fuera y nos dice “selfie” y nos junta a los tres y se hace una foto con nosotros.
Aquí de nuevo son musulmanes y junto a los baños hay pequeñas mezquitas donde rezar, la sala de hombres y la de mujeres. Desde el lugar donde nos da agua, el perfil desciende lentamente. Vemos una explanada enorme al fondo más baja con una pared de tierra al final. Partimos de 0msn y llegaremos a los -136msn, una depresión donde se acumula la sal y crea reflejos y destellos a los lados. Seguimos viendo camellos, y líneas de electricidad que nos acompañan, hasta cuatro paralelas. Después de la zona profunda llegamos a esa pared que veíamos al bajar y es una subida de casi 7km suave donde ascendemos 200+. La hacemos a buen ritmo, pero las piernas pesan y al llegar al alto hay una cafetería donde el cuerpo nos pide echar un café y comer algo, pero está cerrada. Aledaña otras dos salas donde varios hombres rezan y dos letrinas de las que sale un olor a excrementos fuerte. Con calor será insoportable. En ese momento reflexionamos de la cantidad de residuos que el mundo echa cada día, sólo en nuestras necesidades. Pero el sistema de tuberías y los sifones nos evitan ser conscientes de que eso va a algún sitio.
Una familia se acerca y nos regala una botella de refresco helada, nos preguntan a dónde vamos y nos desean buena suerte. Nos quedan casi 40km más favorables. El viento juega a ratos de nuestro lado. Y la lluvia anunciada hace acto de presencia con pequeñas ráfagas soportables. El día es tedioso, la vía y el paisaje no es lo mejor, pero supongo que el desierto, un nuevo país y vernos más cerca del primer proyecto nos tiene contentos. Aunque el arcén no es grande no nos sentimos inseguros y eso que pasan muchos camiones. A falta de 20km hacemos la última parada para hacernos un sándwich de embutido y en ese momento para otro hombre a descansar. Se acerca a hablar, el ofrecemos comida que rechaza, se hace un selfie y se marcha deseando buen viaje. En el rato que hemos estado parados escuchamos varios bocinazos y brazos que salen por las ventanillas saludando.
El último empujón lo hacemos rápido, en un momento dado giramos hacia el norte y seguimos por la misma vía pero ahora tiene sólo un carril. Desde ahí comienza un paisaje de extracción petrolífera que se extiende hasta donde va la vista. Torres con un balancín que sube y baja y parecen pájaros metálicos que picotean el suelo con cadencia pausada. El suelo es un queso gruller de millones de euros que consume en un siglo lo que eras han creado. Es producto mueve el mundo, calienta casas, produce plásticos, industria en estado puro.
A punto de llegar la lluvia arrecia y nos refugiamos en el porche de la empresa un rato. Uno de los trabajadores se acerca y nos habla en inglés: “aprendí hace años y me gusta hablar con los turistas”. Conseguimos un nuevo seguidor y en cuanto para la lluvia rematamos los 5km que quedan para terminar. Al entrar en el pueblo vemos una casa en construcción y en frente un colegio. No nos dejan dormir en la escuela, así que calculamos el agua que tenemos para cocinar y comenzar la siguiente etapa y decidimos meternos en una casa de una planta llena de arena y que todas las ventanas dan a una carretera con mucho tráfico y camellos pastando en la tierra. Sacamos las sillas para hacer tareas y nos quedamos dormidos, tenemos deuda de sueño. Cuando hemos repuesto baterías acabamos las tareas, nos cocinamos por primera vez en Asia un arroz con carne de lata y acampamos con el nuevo colchón. Esperamos dormir bien, pero mañana toca madrugar, tenemos un tren al que llegar para cruzar a Uzbekistán, es la única manera, la frontera está cerrada.
Ruta en strava.
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