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ETAPA 59 LARCHVALI-KUTAISI

58KM 715+

De nuevo nos toca dormir en el suelo, iremos contando las noches que nos quedan hasta Tiflis donde nos ha llegado el nuevo, con esta son seis noches de sentir la tierra y cambiar como doscientas veces de postura cada noche. La temperatura es buena y dormimos con la tienda de campaña abierta y sin tapar. Nos despertamos antes del despertador y nos ponemos en marcha a recoger todo y Nic, la alemana aparece con dos cafés recién molidos y hechos y se nota. La conversación se alarga un poco y empezamos más tarde de las 8:20. Cruzamos el puente de hierro y grava del río Tskhenistskali. Sobre el mapa parece pequeño, pero tendrá en tramos 200 metros de ancho en el que se ven trozos de piedras por donde el río va dejando surco. Cruzando el puente miramos hacia el amanecer con lo que los brillos sobre el río el perfil de las montañas, las vacas en los pastos cercanos a las orillas, parece una película del oeste.

Aunque seguiremos el curso de ese río durante parte de la etapa. La carretera se hace flexible y se acerca y aleja provocando un  perfil rompepiernas durante toda la etapa. El comienzo gracias a que es domingo es tranquilo y circulamos casi solos por una carretera que en muchos tramos debido a los desprendimientos de las laderas o a la propia carretera que se ha hundido, hay muchos tramos de grava con piedras. De primeras circulamos por un cañón estrecho que nos ahoga con dos paredes de bosque y rocas y que obliga a echar la vista para arriba para captar todo el paisaje en su plenitud.

A los 20km comienza una subida de 4km que el calor endurece y a Sheila se le hace larga. Hemos subido puertos mucho más duros, largos y con más desnivel, pero vemos que este bochorno georgiano nos está hipotensando cada vez que aparece. Llegamos arriba sudando la gota gorda después de haber saludado a todos los obreros esparcidos en todos los trozos que están reparando. Comemos algo en el alto y nos lanzamos para ir a Tskaltubo que está a 20km. El comienzo de la bajada es una especie de llaneo en altura desde el que se ve todo el valle abajo y una llanura enorme que se aproxima. Nos sentimos como los exploradores que llegan después de días caminando por la montaña y se asoman a todo un continente por explorar. En un momento dado vemos a una señora de pie en un lateral mientras su marido está debajo del coche arreglando algo. Paramos para ver si podemos ayudar. Han pinchado y no consigue encajar el hierro que sujeta la rueda de repuesto. Entre los dos lo cerramos y el hombre feliz me suelta varias palabras en georgiano que supongo que serían algo como “gracias chaval, que tenga que venir un extranjero en bici para ayudarme y no haya parado nadie de aquí a ayudar a dos ancianos, tiene bemoles”

Al comienzo de la bajada el freno trasero me hace algo raro y antes de afrontar el grueso del descenso paramos en un cruce de caminos que se abre hacia un valle y dejamos atrás los cañones y ríos. Al mirar la bici vemos como el disco se ha partido por el medio y un radio se ha roto. Kutaisi es parada de hospital obligada para las bicis. En ese momento aparece una inglesa haciendo backpacking como si fuera lo más normal. “Hola, de donde sois”, le contamos y por donde ha aparecido desaparece. No sabemos aún si era la chica de la curva y nos ha bendecido.

La bajada la hago con precaución por todas las averías que tengo y nos quedan 10km de subes y bajas que a los 45km en Tskaltubo nos obligan a parar a tomar algo fresco. Hay días que una etapa de mierda se atraganta. Nos ponemos en contacto con una tienda al comienzo de Kutaisi y aunque es domingo está abierta. Por lo visto aquí los domingos no cierra nadie. Mal por su descanso, bien por nuestras bicis. La salida de la ciudad es un gran parque con árboles de varios kilómetros que muchas capitales europeas desearían.

Quedan 14km que siguen igual, tobogán para arriba, tobogán para abajo y se nota que llegamos a una ciudad grande. Desde el 15 de julio que no sentíamos ese tráfico y se nota en que ya hay taxis urbanos y no tanta furgoneta rebosante de personas como transporte. Enormes rectas de árboles que comienzan a amarillear y que además de sombra dan un matiz pictorico al final de etapa. Seguimos con las cientos de vacas que deambulan a sus anchas por el asfalto y donde los coches y camiones reducen poco la velocidad. Varias veces esperamos vaca al parabrisas pero en el último momento algo mágico sucede y todos siguen igual.

Entramos en Kutaisi, donde cerca hay un monasterio donde está enterrada la reina Tamara, una de las figuras más importantes de la historia de Georgia. Varias avenidas de dos carriles más tarde encontramos la tienda de bicis junto a otras tres más en la misma acera en cuestión de 100 metros. Los estudios de mercado no han hecho su labor. En la puerta nos espera Zura, que se asoma con las manos llenas de grasa, bajito, regordete, con barba y una camiseta negra donde no se aprecie mucho la suciedad. Pasamos con las bicis dentro y comenzamos a explicarle todas las cosas. Pensamos que mejor dejar las bicis ya e irnos al hotel en taxi. Tras explicarle mis averías y las de Shei y no ver ni una sola anotación dejamos a la suerte nuestras monturas y nos llevamos todo el equipaje. Mientras esperamos al taxista, Zura se desahoga como la familia de Tsana respecto a Europa y que no quieren saber nada de Rusia. Se encuentran en medio de la geopolítica y ellos sólo quieren ser felices. Al llegar el taxista Zura suelta: “está loco, pero conducir lo hace bien, llegaréis al hotel”. Efectivamente llegamos y por 3€. Ahí en una calle de barrio de casas unifamiliares un cartel descolorido en el número 48 pone Hotel Sano. No puedo evitar hacerle el chiste a Shei, “¿Si así está el sano, cómo estará el enfermo entonces?. Nos recibe un señor mayor con la camisa abierta y la panza asomando. Hace mucho calor y es normal. Con el traductor y un par de llamadas logramos entendernos y saber cuál será la habitación. Una pequeña interior sin ventana donde nos coceremos lentamente. En peores plazas hemos toreado. Acomodamos las maletas y sin ducharnos, ya son las 14:30 nos vamos en busca de un sitio donde comer.

Hace un calorón inmenso, entre el cansancio, el hambre y la tensión baja caminamos por inercia. En google maps vemos que hay uno con buenas críticas a un precio decente. Al entrar un par de mesas están vacías de gente pero con decenas de platos con comida. Al otro lado de una pared de biombos se oye jaleo de celebración. Nos acercamos a la barra, vemos el menú con precios decentes y nos sentamos a elegir. De la zona de celebración salen varios hombres con alguna copa de más y que preguntan de donde somos. “¡¡¡Spain!!!”, nos enseñan fotos, nos saludan, y entre una cosa y otra conseguimos pedir platos de carne que nos pide el cuerpo. Hay un micrófono y altavoces y uno de ellos dice algo a un señor que controla la mesa de mezclas. Al poco nos ponen despacito a tope, salimos a bailar mientras todos aplauden y los camareros nos miran con cara de no entréis en el jardín del que no sepáis salir… Antes de comer nos plantan un chupito del alcohol 200º y sin nada en el estómago, nos pega instantáneo, Sheila ya no vocaliza y por fin llega la comida. Eso no impide que de vez en cuando uno se meta entre los dos y nos enseñe fotos de los hijos, otro traiga otro chupito o pongan canciones locales y nos animen a bailar. La comida es entretenida y para lo que comemos bastante barata, todo muy rico, pero regresamos a casa con una castaña, sobre todo Sheila que tiene que parar varias veces porque las piernas no le dan.

Lo peor de todo es que tenemos que poner lavadora para aprovechar el sol, desplegar todo el campamento que tenemos mojado y ducharnos. A las 17:00 caemos en la cama de nuestro horno particular y descansamos algo. Cuando cae la tarde un poco y el calor da algo de tregua, Shei va a comprar, yo escribo y recogemos la colada. Esa noche cenamos fruta, que entre los dos chupitos de uranio enriquecido y la grasa de la carne tenemos el estómago bailando jotas. 

Ruta en strava.

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