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ETAPA 50 HOPA-BATUMI

45km 150+

Nos estamos mal acostumbrando a dormir en cama. El pronóstico decía que iba a llover y supongo que le creemos para tener una excusa. Nos despertamos con la calma y subimos a desayunar. Lo cierto es que el desayuno en Turquía en los hoteles ha sido el mismo siempre, el resumen es: huevos duros, aceitunas, dos tipos de queso, a veces patatas fritas y embutido de pavo, tomate, pepino y diferentes mermeladas, nocillas y miel con té y café soluble en el mejor de los casos. Así que en ese aspecto ha sido el día de la marmota para el paladar que un poco se ha aburrido de repetir el mismo sabor matutino. Aun y todo no le hacemos ascos y cargamos combustible. Es curioso pero cuatro etapas suaves, desayunos de bufet y poco movimiento y hemos engordado. El cuerpo se ha acostumbrado a gastar más y a poco que paramos echamos tripotilla.

Vamos tranquilos y salimos de Hopa a las 9:00 de la mañana, será nuestra última mañana turca y nos provoca desazón. Ha sido uno de los países más amables, hospitalarios, generosos en los que hemos estado y han dejado el listón alto.

Hasta la frontera son 19km por la autovía del día anterior y con diez túneles, tres de ellos bastante largos. Desde Hopa el arcén es el aparcamiento de cientos, miles de camiones uno detrás de otro de países como Georgia, Azerbaiyán, Uzbekistán… Parece increíble que gran parte del comercio pase por una frontera tan aparentemente intrascendente como la turcogeorgiana. El inicio de etapa transcurre por un paisaje casi tropical en el lado derecho, el mar al izquierdo, pero muy pendientes de ese pasillo de camiones que hay ambos lados de la carretera. De vez en cuando ves cuadrillas de conductores sentados en el lateral de un camión conversando, bebiendo y esperas que no tengan que estar muchos días para los trámites.

Otro de los problemas que tenemos son los túneles, uno tras otro se suceden aumentando la velocidad de nuestras pedaladas por la tensión que nos genera pedalear sin arcén y con ese estruendo que se acerca lentamente por detrás y que aumenta hasta acallar tus temores. Una masa enorme te adelanta a gran velocidad y el estruendo se aleja con tu miedo a ser atropellado. Un túnel más, un túnel menos. Nos quedan cuatro túneles y también algo de moneda turca que gastamos en frutos secos antes de salir del país. Mientras compra Sheila un señor se acerca y nos ofrece tomar té con él, lamentablemente, hoy toca paso de frontera y preferimos seguir etapa por si hay mucha cola en la aduana.

El último túnel desemboca directamente en la frontera, una enorme bandera turca va asomando poco a poco y despliega es rojo intenso cuando se acomoda la vista al salir del túnel. Un hombre nos hace una foto para el registro de personas que salen del país y nos indica el camino a seguir para que nos sellen el pasaporte. Sheila ofrece los libretos y una mano asoma y los mete a la caseta. El sonido del sello resuena y nos llaman para que nos hagamos la foto. Miramos a una pequeña cámara y nos despiden con una sonrisa. “Iyi Günler (que tengáis buen día)”, tardaremos mucho en escucharlo y lo echaremos de menos.

Una estructura enorme blanca con formas redondeadas y con banderas de Georgia nos recibe pegada a la frontera turca. Un señor nos llama para que no vayamos por los vehículos, si no por donde los peatones. Parece un aeropuerto, carteles publicitarios por los pasillos, arcos para scanear, varias casetas con policías y colas de personas con maletas y fardos. Varias personas se nos cuelan y casi somos transparentes, me da que nos costará hacernos al carácter de un país de la antigua Unión soviética. Sello en el pasaporte y seguimos con las bicis haciéndonos los suecos para no tener que quitar todo para pasarlo por la máquina. Un policía nos habla, se acerca “¿where are you from?” “Spain”, ¡Ah, graciassss!”, le sonreímos, “have a nice time in Georgia (que tengáis Buena estancia en Georgia”. Lanzo mi primera palabra local “Madlova (gracias)”, se ríen, nos dan paso, ha funcionado. Ya estamos en el país doce del viaje. Grabamos el vídeo de rigor y seguimos camino hacia Batumi.

El día está despejado, hace más de 30º con humedad y sudamos por castigo. La camiseta chorrea cuando paramos, así que mejor dar pedales. Es una frontera con mucho tránsito turístico y comercial con lo que cientos de puestos de venta de productos y sobre todo casa de cambio como no había visto nunca. Una tras otra, carteles luminosos con cuatro o cinco monedas en rojo mostrando su valor al cambio. La autovía de cuatro carriles da paso a una vía de dos y camión tras camión nos van adelantando. La conducción de Turquía nos parecía algo mala, pero son ángeles comparados con lo que vivimos el primer momento. Los coches nos pasan rozando, no nos ceden a pesar de tener prioridad y nos miran casi con desprecio.

Pasamos primero por Kvariati, luego Gonio, ambas preceden a Batumi, una ciudad con uno de los puertos más importantes del Mar Negro. Son ciudades de turismo de playa masivo. Edificios altísimos que dan al mar, negocios con plástico colgando por todos los lados, personas en bañador, chancletas y toalla al hombro cruzando la carretera y decenas de edificios en construcción. Esta claro que Georgia esta creciendo y se ha plantado en el mapa y le van a sacar provecho. A este tipo de ciudades le sigue las largas colas de coches con las ventanillas abiertas o el aire acondicionado esperando a encontrar sitio en primera línea. Los 25km hasta el hotel van a ser muy largos. Cruzamos el río Çoruh, que nos ha acompañado desde hace muchas etapas antes de Bayburt. Ese puente supone un nivel superior de estrés, al entrar en la ciudad. Atascos imposibles con gente tensa y brusca al volante que no tiene paciencia. Los conductores te miran a los ojos al meter el morro por donde vas a pasar y te hacen ver que no van a ceder ni un ápice, llegamos a discutir con uno que nos arrolla por dos veces. Avenidas de edificios de más de 40 pisos de ventanas de cristal. Es otra dimensión de la que trataremos de escapar rápido hacia las montañas. En Batumi sacamos dinero en un cajero, pero nos cuesta encontrar uno que no nos cobre una comisión descabellada. Ahora ya tenemos moneda local y el teléfono es una tarjeta virtual que hicimos el día anterior.

Seguimos por la E70 que transcurre por en medio de la ciudad y pasamos por la zona del puerto con sus enormes grúas que parece el parque jurásico con enormes dinosaurios metálicos comiendo de los árboles. Seguimos hasta Makhinjauri, una pequeña ciudad aledaña que continúa con la premisa marcada de su hermana mayor, muchos edificios playeros y cientos de negocios. La vía del tren separa la playa de la carretera y los edificios que miran al mar.

Nuestro alojamiento está en una especie de laberinto de cuestas empinadas que sacan nuestros últimos líquidos. Una casa familiar convertida en alojamiento por habitaciones. Dejamos maletas, ducha para refrescar un poco, pero el sudor no cesa y salimos a la calle con una camiseta ya mojada en busca de comida. Nos han dicho que la comida georgiana es muy rica y al no ser muy caro nos permitimos el lujo de entrar a un restaurante con apariencia lujosa y probar dos platos locales de nombre impronunciable. Dejamos los platos relucientes y caminamos hasta una playa de piedras al pasar la vía del tren para mojarnos por primera vez en nuestra vida en el Mar Negro. El agua está a la temperatura perfecta, pero esta agitado y el fondo de cantos rodados no ayuda a pisar con seguridad. No somos animales de playa y veinte minutos más tarde hemos cumplido expediente y regresamos para hacer compra para cenar. Los precios son bastante baratos, sobre todo en la pastelería que habrá que mirar de lejos si no queremos salir con más peso de este país.

En el hotel escribimos, nos duchamos de nuevo, cenamos y a la cama sin edredones, mantas ni nada que se le parezca. 

Ruta en strava.

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