42KM 535+
La tarde anterior la campa de la iglesia es zona de paso hacia el campo de fútbol que hay detrás. Entre las zarzas hay un camino que da directo al campo, así que vemos desfilar a medio pueblo. Varios son adolescentes que pasan, nos miran, dicen de vez en cuando algo. Algunos muy jóvenes pasan fumando. Si vienes a los Balcanes te sorprenderás de la gente que fuma. Nos tememos que a la noche puedan venir para molestar y hacer la gracia con los extranjeros, pero por suerte nada pasa. El único que viene es el cura, Vojislav, con su hijo, los ortodoxos tienen familia. Enciende el foco que ilumina la campa y nos pregunta si nos molesta que todos los días lo hacen por seguridad. Quizá no sea la noche oscura deseada, pero ayudará a que nadie se acerque, así que lo dejamos. Nos ofrece café al desayuno. Se hace raro ver curas con familia, pero creo que es lo más natural, ser un hombre de fe, nada tiene que ver con ser una persona que quiera familia. Por ahí la religión cristiana se habría ahorrado siglos de abusos, en mi opinión claro.
Nos despertamos con las gallinas, algún perro y el sol. Recogemos todo tranquilamente y cuando estamos poniendo las alforjas viene Nicola, el padre de Vojislav. Todas las mañanas viene a regar plantas y arreglar cosas. Nos ha preparado un café turco y nos cuenta que todo lo ha construido él. La capilla, la tienda de merchandising religioso (los ortodoxos en las iglesias tienen una tienda donde venden estampas, figuras, velas y muchas cosas relacionadas con la religión), una sala para tomar café, la fuente, todo. Lo cuenta como quien pone un sello en una postal, lo peor es que es cocinero, la construcción es una afición de fin de semana. Si construye así siendo amateur, como cocinará…
Nos despedimos de Nicola e iniciamos una etapa corta hacia la capital de Serbia, Belgrado. Salimos por caminos callejeando por casas de pueblo, grandes, con tractores, animales y bajamos a la carretera. Para comenzar tenemos un descenso hasta el Danubio, regresamos a él, pero lo vemos de refilón, entre casas de pescadores. Muchas salidas con rampas y barcas al río. Eso será lo máximo que veamos el río en la etapa. Desde ahí comienzan tres subidas de 7km suaves que serán nuestra mayor dificultad. La primera, como estamos a 40km de la ciudad y es pronto la hacemos tranquilos. Todavía hay bosque y las casas no monopolizan el paisaje. Aún y todo hay terrenos que se van sucediendo. Sobre todo de gente del campo. Salen tractores viejos por los caminos. Hace gracia porque muchos van acompañados con pareja, amigos o lo que sea, sentados sobre el guardabarros de la rueda. Es una escena bonita, que podría ser una foto de hace 60 años tranquilamente. La pena no tener la cámara y la capacidad de hacer esa foto sin alterar la mirada, la luz. Estos días he visto pasar fotos increíbles pero que no he hecho por vergüenza. Pararte y hacer una foto a un señor que fuma tranquilamente en las escaleras de su casa, me da cosa. Encontrar el equilibrio del consentimiento, de que no se rompa la magia de ese momento y no se convierta en una pose o peor aún que no se sientan vulnerados por un tío que pasa en bici y de repente les hace una foto.
Cuando llegamos al alto, es la mitad de Brestovik, hay una tiendecita, Dijana supermarket, que vende un poco de todo y tiene una terraza. Hay cuatro señores locales sentados en las mesas, por supuesto todos fumando. Las mesas de madera tienen cientos de marcas de quemazos hechos por los cigarros. El toldo de alguna bebida alcohólica local está desgastado por el sol. Los hombres tienen cientos de arrugas en la cara, una camisa, tirantes, alguna gorra que baja hasta los ojos, serios. Sacamos dos cafés de la máquina que hay fuera, ese ha sido el motivo de la parada, un poco de fruta y miramos lo que queda de etapa. Estamos a tiro de piedra de la capital, con coches eléctricos, gente a la moda y aquí llegan en tractor, gente campesina, en concreto una señora que parece que tiene cien años, doblada por el tiempo, con un pañuelo en la cabeza y haciendo esfuerzos para levantar la mirada y ver hacia donde camina. Viene lento, pasa entre las bicis, compra algo de comida y se va despacio. Un buen rato después de verla irse sigue caminando por el arcén, casi forma parte de toda la escena de nuestro descanso. Uno de los señores que estaba fumando se marcha “¿de dónde sois?”, “España”, “mi hermana vive en Pamplona”. Me levanto como un resorte, qué casualidad, le muestro mi dni, le digo que la llame, pero quizá no tenga mucha relación o no la haga tanta ilusión como a mí. Pero que en mitad de Serbia veas a dos ciclistas que sean de la ciudad que vive tu hermana a casi 3.000km, me parece extraordinario. Nos quedamos con las ganas de saber quien sería y si la llegaremos a conocer de casualidad. Llegará el día que comprando verdura en el supermercado una mujer me diga, “yo soy de Serbia, de un pueblo cerca de Belgrado”, “Lo sé, eres de Brestovik y hay una tienda que se llama Dijana”, y ahí habré cerrado el círculo y dormiré tranquilo.
Bajamos de nuevo al Danubio, sabemos que está ahí, a la derecha, pero no lo vemos. Toca la segunda subida, ahora hace algo más de calor. Por suerte la subidas son suaves, ya que Shei lleva dos días con la garganta mal y no tiene cuerpo para muchas fiestas. La idea es hacer foto en los altos si hay buenas vistas, pero la etapa hoy no pasará a la historia de los recuerdos. La tercera bajada nos lleva a un pequeño arroyo y al comienzo de Belgrado. Pedaleamos entre coches por los atascos. Los autobuses ya llegan hasta ahí, son de color azul y pasan decenas. La subida es estrecha, casi sin margen y de vez en cuando se forman colas detrás nuestra porque no pueden adelantarnos y nos obliga a pedalear sin descanso. Notas la impaciencia de algún camionero. De hecho un camión de la basura pita como si pudiéramos desaparecer y nos adelanta rozando nuestro manillar y obligándonos a poner pie en tierra apartando el cuerpo. Me da tanta rabia que acelero, espero que tenga que parar a recoger un contenedor, pero sigue, no se va porque hay tráfico, lo tengo a cien metros, lo sabe y acelera, acelero hasta los 20km/h de la mala leche, pero en el cruce acelera y se va hacia la izquierda. Poco iba a poder hacer, pero un par de gritos, seguro. Con la tontería he llegado al tercer alto, ahora sólo queda bajar. Sheila llega al rato sudando, “mae mía que ritmo llevabas, ¿le has pillado?”. Bebemos un poco de agua y nos lanzamos hacia Belgrado. Tenía la esperanza de que al llegar a una capital hubiera carriles bici, pero nada de nada. Además desde hace 20km la carretera es la peor desde que hemos llegado a Europa, llena de agujeros, grietas, asfalto amontonado.
Bajamos por la calle paralelos a los carriles del tranvía. Sobre todo los de la periferia tienen más de cuarenta años, son Tatra, checos, creo que como los de Leopolis. Aquí funcionan por todas las calles, a ver si nos montamos en alguno. Andamos con seis ojos atentos a todo el tráfico de una de las avenidas que nos lleva hasta el hotel, el bulevar Kraljia Aleksandra. Hace diez años realicé el Pedaleando por los refugiados, con total seguridad la razón de que estemos haciendo Rumbos Olvidados. Aquel viaje comenzaba en Atenas y con él recorrí ocho países hasta Estocolmo mostrando la realidad de los refugiados. Todo el viaje fue intenso, pero hubo dos lugares que marcaron la diferencia, Grecia el primero, por ser el lugar de llegada, donde sus trámites se estancaban, pero Serbia al no pertenecer exactamente a l Unión Europea era otra opción para solicitar papeles y era el segundo embudo de los refugiados. El problema es que llegaban desde Bulgaria machacados y en su paso hacia Hungría volvían a tener problemas en la frontera, más si había propagandas y anuncios para perseguir refugiados. Estuve en varios campos, pero Belgrado tenía las calles atestadas de personas que llegaban cada noche. Los parques tenían cientos de personas durmiendo y la ciudad estaba volcada en la recepción, pero saturada y desbordada. Tengo dos días para recorrer una ciudad que en su día no pude conocer y para recordar rincones donde estuve haciendo entrevistas.
Es pronto, ya que la etapa ha sido corta, vamos lo primero en busca de nuestro alojamiento, está justo en frente del monumento a Stefan Nemanja, quizá el fundador del estado serbio y su iglesia. Si tengo tiempo trataré de hacer una bitácora de Belgrado y Serbia. Tenemos nuestra habitación en un quinto piso, pero el ascensor es grande y cabe la bici sin quitar alforjas, así que felices. La pega es que nuestra reserva es para una habitación enorme donde poder meter todo y poder trabajar y nos dan una donde por las justas cabe la cama. Metemos las bicis en el baño que es grande y contactamos con el alojamiento. El resumen es que por el precio que pagamos no tenemos habitación grande, pero nosotros hemos usado una oferta, con ese argumento, cada vez que compras una oferta te dicen que por ese precio te corresponde la mitad y ya no hay oferta. Como no queremos que nos pase lo de Bucarest, aceptamos de mala gana la clavada y nos vamos a comer algo. Repetimos el menú de Golubac, una pljeskavica (especie de hamburguesa), que es muy característica del país. Luego regresamos, hacemos coladas, escribimos crónicas y nos organizamos para dos días por la ciudad. Toca turismo y escribir el 16º artículo de rumbos y si queda tiempo uno de Ucrania. Pero todo eso será parte de la crónica de Belgrado si me encuentro con energías literarias.