83KM 300+
A las 7:15 suena el despertador y efectivamente apetece poco salir a andar en bici. Nunca se sabe si tocará alargar una etapa tanto como para que casi atardezca en la bici, pero como norma, la idea es que hayan horas desde que acabas hasta que te vas a dormir. Ese espacio distancia una etapa de otra, le da oxígeno y es fundamental. Decidimos no desayunar en la habitación y hacerlo en Leu, que está a 32km. En realidad es lo que mejor nos funciona porque muchas veces no te levantas con mucho apetito a esas horas y comes algo forzado. Pero también ocurre que en etapas duras, salir con algo en el estómago viene bien para no ir poniendo los cimientos de una posible pájara.
La cosa es que salimos del lugar de eventos, hay muchos por Rumanía, les gustan mucho este tipo de lugares con muchos brillos, luces, columnas y música a tope. Salimos a la E70 y hay más tráfico que la tarde anterior, asumimos que será así hasta Craiova, una ciudad grande donde nos desviamos hacia el interior.
El paisaje que tenemos es llano con campos de girasoles mustios. Los miro y me da la sensación de una sociedad de personas alienadas mirando tristes al suelo, caminando hacia el trabajo, sin ideas, sin emociones, simplemente adoctrinadas para hacer lo mismo sin ilusiones. En una misma etapa puedes ver un girasol radiante, que casi le escuchas sonreír, que te llena de vida y otro girasol que ha perdido las ganas de vivir, chepudo, mirando al suelo, sin energía para captar los rayos del sol.
Los 32km no son difíciles, pero se nos hacen largos, por tener que ir uno detrás de otro y no poder hablar por el ruido de los coches y porque nos ruge el estómago, ¡qué hambre!. Uno no se hace a la idea lo que cambia una etapa pudiendo hablar o no. Simplemente el hecho de poder recordar, charlar sobre algo que nos ha ocurrido en el viaje supone unos kilómetros que vuelan, pero uno detrás del otro provoca que a veces mires el cuentakilómetros mas de ocho veces en el mil metros y te desesperes.
Entramos en Leu y vemos un supermercado Penny, es una franquicia del país. Nos sentamos afuera, compramos algo para desayunar y descansamos un rato. El cuerpo pedía parar. Al de seguridad le hacemos gracia y nos expulsa a los perros que vienen al olor de los bollos que hemos comprado. Esta es una zona más rural y la gente cuando pasa a nuestro lado nos saluda con una sonrisa, les hacemos gracia e incluso se les ve que tienen ganas de preguntar, esta misma escena en una ciudad con la típica persona que va a la moda, que baja maquillada, de su coche de lujo, casi notas su indiferencia, cierto desprecio por el vagabundismo de esas dos personas sentadas en el suelo comiendo un bollo. Obviamente he caído en arquetipos y generalizaciones, pero el resumen puede ser que en algunos lugares sientes la simpatía y en otros el rechazo. Afirmación que te pone en el contexto de millones de personas migrantes que la sufren constantemente cada día.
Salimos hacia Craiova, tenemos 25km. Desayunados y con energía, la etapa es más fácil, rodamos con más ritmo. Al poco de salir de Leu paramos por dos razones. La primera, en el supermercado me ha dado un apretón enorme y el cuerpo me ha dicho que tengo que buscar un lugar para liberar a Willy. En un camino de tierra que se mete, dejamos las bicis a la sombra y corro a los matojos. Estaba casi hasta hipotenso. Pasado el mal trago recupero sensaciones, estoy como la abuela del milagro de P Tinto, liviana, corriendo por el campo. Lo segundo que hacemos es celebrar los 4.000km pedaleando por continente europeo. Aprovechamos la parada para sacarnos la foto, porque justo ahí es donde los cumplimos. El mojón en la carretera ya lo he puesto, así que inmortalizamos el momento con la cara más relajada, ha sido mejor hacerlo en este orden, para salir mejor en la foto.
Desde ahí rodamos ligeros uno detrás de otro, algún que otro camión nos quita las pegatinas y estamos con ganas de salir del tráfico. La ciudad es grande y nos cuesta 10km llegar hasta el otro lado y parar en otro supermercado para comprar algo para comer, un refresco y algo de fruta. Descansamos otro rato a la sombra, nos bebemos un refresco bien frío y nos preparamos para rematar la etapa, nos quedan 26km. En etapas de calor siempre nos acordamos de los zumos de limón o frutas que nos hemos tomado a lo largo del viaje. Uno de ellos era el de la hermana de Cronje, el hombre que nos alojó en Windhoek, la capital de Namibia. En una de las fantasías del cicloviajero, hemos creado la posibilidad de que cuando llegamos a lo alto de un puerto en un día de super calor, ahí estará un puesto de limonada natural, con trozos de sandía bien fresca esperando. Ese es uno de los comodines que nos gustaría tener en nuestros viajes.
Arrancamos casi a las 14:00 para terminar la etapa, nos desviamos hacia una secundaria y se nota que baja el tráfico, es más rural, con pueblecitos que van a lo largo de la carretera más que extenderse. Mucho carro tirado por caballos, casas muy grandes y poco lugar donde acampar a la sombra y a resguardo. Pasado Beasta, elegimos en la bifurcación el camino de la derecha y cuando quedan unos 10km para terminar nos damos cuenta que vamos por el equivocado. Podemos retomar nuestra ruta en un pueblo que se llama Scaesti, pero pasando por 5km de camino de piedras con un buen cuestón. Apetece poco a esas horas, así que justo vemos una tiendecita con terraza donde unos hombres fuman y toman cervezas. Decidimos parar para pensar que hacer, si seguir por esa carretera o ir por el camino y regresar a la que queríamos ir inicialmente. Al hablarle a Shei, uno de los hombres, el dueño de la tienda nos saluda en castellano. Ha vivido en España en Extremadura y Lérida, así que se alegra de escucharnos. Nos deja comer nuestro embutido ahí y de repente comienza a regalarnos cosas, miel que han hecho ellos, galletas, helado, patatas, tomates… Una locura. Nos dice que el camino está lleno de piedras, que mejor durmamos en un parque que hay en el pueblo. Le acompaño para verlo. Es una fuente al lado de la carretera y una zona de hierba algo inclinada detrás. Decidimos quedarnos ahí.
Nos despedimos de Nicola y Miola y vamos a la fuente. Todo el rato para gente a rellenar garrafas de agua. No sabemos si es que el agua de las casas es mala, si esta es muy buena o que hay problemas de abastecimiento. De cualquier manera hemos montado campamento en un pueblo rumano, tiene gracia la cosa. Nos duchamos detrás de los árboles y nos sentamos en las sillas a escribir y preparar la comida antes de montar la tienda. Conforme llega la noche una mujer nos trae carne embotada, pan, tomates y fruta, otra nos trae tomates, ajos y cebollas y un señor para para preguntarnos si necesitamos algo. Increíble. Así que Scaesti nos devuelve la sonrisa perdida con el imbécil de Bucarest y la confianza en la gente humilde, que al final es la que tira del carro de la humanidad.