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ETAPA 253 SANCRAIU-BRAN

66KM 860+

El día de descanso passa rápido, disfrutamos de esta joven pareja y de su hija Fani. Para nosotros es como si hubiéramos estado en casa, desayunando en la terraza, escribiendo, leyendo. Hay un asunto sorprendente y es que los dos hablan húngaro (ni me imaginaba que la lengua iba a sonar nórdica). En 1920 en el tratado de Trianon el Imperio Austrohúngaro perdía parte del territorio y quedaba integrado en Rumanía. Había una etnia dentro de esos húngaros que eran los Szekelys que estaban por la zona e Transilvania. Más de cien años después, pedaleas por esta región y parece que lo hagas por Hungría, los carteles, las casas, las iglesias, las costumbres están en húngaro, pareciera que te hayas pasado de frenada. La identidad es muy fuerte, no se sienten rumanos e incluso por algunas conversaciones sienten cierto rechazo. Al mencionarles que en dos días íbamos a Bucarest, qué nos recomendaban, nunca había estado. Es la ciudad principal del país, es verdad que no es París o Roma, pero considero que a nivel histórico, geopolítico y arquitectónico tiene su relevancia. No han estado por el rechazo que sienten a estar en un país que no es el suyo. Fue interesante y a la vez te muestra que la realidad geopolítica a lo largo de la historia provoca que hoy perteneces a un lugar y mañana tu bandera es otra por imposición. Familias separadas porque una frontera invisible o no se ha levantado entre ellos y cada uno pertenece a dos países, de la noche a la mañana.

Debate histórico e identitario a parte, nos despertamos pronto con las pesadillas de Fani que le provocan decir frases inconexas (no le entendemos, en el desayuno nos lo cuentan Beci y Timi). Preparamos en silencio el desayuno y salimos a la terraza a comerlo. Poco a poco se van levantando, ellos también viajan hoy. Montamos las bicis y nos despedimos de esta familia cariñosa. Salimos por una puerta de madera tallada típica de esta región. Los Székelys en la entrada de sus parcelas en ocasiones tienen grandes portaladas talladas con mensajes religiosos o de bienvenida. En este caso “Llama al timbre, buen amigo”.

La etapa acaba en Bran, tenemos 65km y tiene tres partes muy diferenciadas, la primera es casi llana hasta Brasov, por carreteras rurales secundarias. En esta ocasión hay menos tráfico y el mismo paisaje de campos cultivados se disfruta más que otros días, además las montañas de la cordillera de Transilvania del fondo ayudan a armonizar la imagen. Hay muchas poblaciones esparcidas. Seguimos un camino peregrino de esta zona, flecha amarilla y concha, pensaba que esos símbolos eran exclusivos del camino de Santiago, pero la fuerza que cogieron con la ruta jacobea, se extendió al resto de caminos de peregrinación de Europa. En este caso vemos marcas de la ruta de Santa Teresa. Los carteles están en húngaro y ahora ya no sabemos si tenemos que saludar en rumano o en qué, vaya cacao lingüístico.

Entramos a una ciudad grande, referente de la región. A pesar de haber comido 20km un buen plato de huevos con salchichas ya tenemos hambre, nos ponemos un café y dos bollos y afrontamos la subida hasta Poiana Brasov. La más exigente que hemos hecho desde nuestro regreso a Europa, hasta los 1000metros, 12km por bosque y muchas curvas. Hay coches, pero es aceptable. Poco a poco va subiendo y Brasov se va quedando abajo y se observa desde diferentes miradores que hay por el camino. Hay montañas de casi 2000 metros alrededor que enmarcan la subida. Podíamos haber ahorrado 8km y rodear la montaña, pero estos esfuerzos merecen la pena. Hora y media más tarde llegamos a una estación de esquí. Es el típico complejo con muchos sitios para comer, alquilar material y al fondo vemos telesillas que van hacia el alto de la montaña. Coches caros aparcados por todo. Nosotros nuestro plátano y unos frutos secos. Desde ahí nos queda una pequeña bajada y una subida hasta lo más alto desde donde bajaremos por una carretera en el bosque hasta Rasnov. El olor es entre mediterráneo por los pinos y pirenaico por las hayas. Nos sentimos cada vez más cerca de casa. La luz se filtra por las copas de los árboles y gozamos con todos los sentidos.

Abajo llegamos a Rasnov a donde llegan muchas carreteras, nos cuesta encontrar la nuestra que nos lleve a Bran. Nos quedan 15km en ligera subida y con mucho viento en contra. Se nos hacen durísimos, mucho más que la subida al puerto. Además en Bran está el castillo de Drácula, con lo que el tráfico es de nuevo intenso. El paisaje es bonito, al fondo se ven montañas muy grandes y los pueblos están metidas dentro de loas valles. El cielo sobre las montañas está gris, hacía mucho que no estaba así. Luchamos contra el viento por fin llegamos a una ciudad infestada de turistas que pasean por todo, cientos de puestos de souvenirs, de comida con el castillo de fondo. Hacía mucho que no veíamos un hito turístico de este tipo. Nuestro alojamiento está alejado, a 3km del centro. Llegamos por una cuesta de tierra hasta la pensión. El dueño no para de hablar con un acento en inglés duro. Nos agobia con que la lluvia llega, que desmontemos todo rápido, luego con que el siguiente bus pasa en veinte minutos. Así que nos vemos acelerados hacia la ducha a cambiarnos y en ese momento comienza el diluvio. Lo vemos desde el cuarto y decidimos esperar una hora al siguiente bus a ver si para. Comemos tranquilamente y acertamos en no seguir los impulsos del dueño.

A las 16:30 nos montamos en un bus en el que va gente local hacia los pueblos. Nos bajamos junto al castillo y vamos directos. La entrada es cara 25€ por persona para una visita que dura más o menos una hora. La visita consiste en seguir una cola de turistas por una ruta marcada con flechas y delimitada por unos cordeles. No hay libertad de movimientos. Cada escalera, habitación o rincón está ocupado. El Castillo es curioso, pero no vale ese dinero. Han aprovechado la inercia de ser el castillo de Vlad (el emperador en el que se basó Drácula) y han convertido este lugar en una atracción de feria. Una vez aquí no vas a dejar de verlo, pero tampoco hubiera pasado nada. Decorado con cosas de monarcas del siglo XIX y XX, en algunos cuartos le meten decoración de cuentos de fantasía, que nada tiene que ver y el turista encantado. A la hora salimos con sensación acabamos de perder 50€, pero es parte del viaje. En la puerta de castillo veo una cara conocida, es un bombero de Navarra, el mundo es pequeño y nos quedamos charlando un buen rato, tanto que casi perdemos el bus de vuelta. A refugio de la lluvia donde se compran las entradas hasta que veo el reloj y salimos corriendo. Llegamos a la parada con el bus doblando la esquina, por los pelos. Nos deja en nuestro pueblo, donde el supermercado está cerrado y tenemos que caminar otro kilómetro al siguiente para comprar cena y desayuno. Por suerte la lluvia para ese rato y llegamos medio secos. En el hostal el dueño nos aturrulla con todo, con el olor de la comida, con las bicis, así que cenamos rápido y nos metemos a la cama agotados. Dejamos la tarea para el día siguiente. 

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