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ETAPA 243 KAMENETS PODOLSKI-ROSOSHANY

77KM 755+

Ha sido una semana intensa, si bien el proyecto no ha sido como otros donde los talleres y otras actividades han monopolizado el tiempo, aquí la agenda de conocer el entorno, personas relacionadas con el conflicto como un soldado, bomberos, concejales, funerales, han acaparado nuestra atención y la semana ha pasado fugaz. El último día me encuentro redactando el 15º artículo  a las 0:00 de la noche. Así que para despedirnos de Svitliachok descansamos poco. Además que nos da mucha pena, la calidad humana de Natalia y cada una de las trabajadoras, el apego que hemos hecho con alguno de los huérfanos hacen muy dura la despedida.

Montamos las bicis y las dejamos fuera, antes de la foto finish entramos en la sala de formaciones para el homenaje a las víctimas de las 9:00 de la mañana, será nuestro último ya que nos queda una etapa en Ucrania. Hemos visto dos semanas de este momento y todas las bicis se nos pone la piel de gallina. Todos en silencio mientras suena el tic, tac, las campanas y el himno donde se llevan las manos al pecho. No creo que haya una persona en Ucrania que no haya perdido un familiar. En concreto Natalia, la directora nos contaba el día anterior que su marido ha estado diez años en el frente, por suerte ha regresado sano y salvo y ya se ha jubilado.

El momento de la foto es lacrimógeno, sabíamos que nos daba tristeza, pero el vínculo que se ha creado en una semana supera nuestras expectativas. Todas las trabajadoras llorando, nosotros también, por supuesto. Natalia nos abraza como si fuera la última vez que nos fuéramos a ver. Su realidad es muy dura y que hayamos ido hasta allí en este contexto, “arriesgando nuestras vidas” para ayudarles, para contar lo que pasa, tiene un valor enorme, mucho más que todos los baños que podamos arreglar. Los niños no son conscientes de que ese abrazo es el último, siguen jugando como cada mañana que nos hemos marchado a visitar cosas. La verdad es que nos hemos encariñado de dos hermanas de 2 y 5 años. Nos ocurrió lo mismo en Leópolis con una niña con problemas en las articulaciones. De repente te da esa ventolera de complicarte la vida e iniciar el proceso de adopción, pero es normal en nuestro tipo de vida. Demasiadas realidades complicadas, si nos hubiéramos llevado a todos los niños y niñas que hemos conocido en estos diez años, necesitaríamos autobuses y un hotel para cobijarlos. De momento no, pero quizá un día, ese click sea tan fuerte que cambie nuestras vidas.

Montamos en la bici sin mirar atrás, si lo hacemos nos quedamos dentro de ese abrazo que nos han regalado. Salimos de Kamenets Podilski por esas calles adoquinadas que nos desajustan los tornillos. Nos hacemos una foto con el castillo de fondo, despedimos la ciudad, el proyecto, a Lili y una semana increíble. Retomamos la bici, ahora sí el camino a casa, quince meses después es un hecho, antes íbamos hacia el primero, segundo, tercero, cuarto o quinto proyecto, ahora regresamos a casa, ya hay fecha de fin de rumbos, una meta, no queremos pensar en ello. Ahora toca disfrutar cada día con intensidad, exprimirlos más si cabe.

Queda una etapa en Ucrania, dormiremos en Rosohany, cerca de la frontera con Moldavia. Nos ha salido un día soleado, después de varias tormentas durante nuestro parón, se agradece. Vamos por una calle secundaria que nos lleva a la principal que va a Chernivtsi. El estado de la carretera es el peor de Ucrania y el peor desde que llegamos a Europa. Según los foros, en Moldavia necesitaríamos bici de gravel, esperamos que exageren. El país lleva cuatro años en guerra, es normal que el asfalto esté mal y no lo hayan arreglado, hay muchas prioridades y lamentable mucho del presupuesto se va en guerra.

El tráfico es intenso y seguimos sin arcenes, así que uno detrás de otro y a grito pelado para poder mantener una conversación. La semana sin bici no ha sido de descanso y que el cuerpo sepa que ya no hay proyectos y que podemos relajarnos ha supuesto un bajón tremendo. Nos cuesta pedalear e incluso, creo que los dos estamos algo enfermos, el cuerpo se ha relajado demasiado.

Algunas paradas de autobús de Ucrania son obras de arte. Decoradas com mosaicos, unas están muy deterioradas, pero siguen teniendo ese encanto soviético. Quizá son las más bonitas de todo el viaje. Una en concreto está decorada con una especie de otomanos, con casacas y bigotes, parece una parad de metro de Moscú. Nos hacemos foto y pronto dejamos la principal para meternos hacia Jotin, ya desviamos la ruta hacia la frontera. Paramos en una gasolinera para tomar un café, usar el wifi y ver si Lili puede acercarse ya que sus padres viven cerca. La pena es que está ocupada y no podemos darle un abrazo de despedida. Se lo daremos dentro de unos meses cuando nos veamos en Pamplona de nuevo.

Continuamos por carreteras rotas, con baches hacia el sur del país. Campos de cereal, de girasol invaden el paisaje. Pero con algo más de cuestas. Cada dos por tres vemos cruces ortodoxas en los cruces, alguna virgen o imagen de Jesús. Por los pueblos los homenajes a sus caídos y pronto dejaremos de verlos, se nos hará raro. En uno de esos cruces con cruz, nunca mejor dicho, hay varios puestos de venta de fruta. Aquí al igual que en Turquía hay unas sandías enormes, quizá algo más caras, pero sabrosas, dulces y a buen precio. Entramos en la P63, nos queda una buena tirada de toboganes con curvas.

Tercer óblast del día y tercer control donde me piden el pasaporte, a mí, a Shei no. Comprueban que no sea un ucraniano que huye. Una pena no poder grabarlo. Si analizas la cantidad de militares destinados en cada paso de región a lo largo de 600.000km2 para que los hombres no huyan es tremendo. La idea es hacer lo que queda del tirón, pero nos notamos cansados y a falta de quince kilómetros descansamos en una parada de bus abandonada, incluso tiene un animal muerto y una montonera de hojas secas. Comemos algo, bebemos algo y escribimos al contacto que tenemos que llegaremos en una hora. Lo que queda lo hacemos más fácil de lo esperado, pero las cuestas se resisten. Los campos cosechados dan calor, pero la realidad es que hace calor. Vienen días de más de 30º.

Al llegar a Rososhany es un pueblito pequeño, con varias escuelas, mucha bandera de Ucrania por todo y casitas bajas. La nuestra está al final del pueblo por un camino. Un amigo del padre de Lili nos acoge. Una mujer, Dusia, nos espera en la calle, habla perfecto italiano, lleva 25 años trabajando cuidando ancianos. Está en sus meses de descanso con su familia. No tener que usar el traductor ayuda mucho. No es la conversación más fluida del mundo, pero nos entendemos. Nos dejan uno de sus cuartos, nos preparan un festival de comida tremendo y nos duchamos en su casa. Estamos bastante cansados y nos echamos una siesta. Al despertarnos intentamos hacer la tarea de bitácora, pero conversamos con la familia toda la tarde. Una casa de pueblo con mil aperos por todo. El hijo ha venido a pasar unos días desde Chernivtsi con la nieta. Fue vendedor de libros itinerante, tuvo una cafetería, pero la guerra de Crimea primero y la actual acabaron con sus negocios. Al igual que Natalia, la directora del orfanato, nos dicen que desde hace dos semanas no ha habido ataques, antes había alarmas casi todos los días. Es el tiempo que llevamos en Ucrania, vaya suerte hemos tenido. Si la comida era un festín, la cena es aún más. Nos despedimos de Ucrania, como entramos, comiendo comida local y abundante, con una familia y con sonrisas enormes. 

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