97KM 330+
Al final se nos hace tarde con las tareas pendientes y nos acostamos casi a la 1:30, el pronóstico es malo y preferimos madrugar. A las 7:00 estamos despiertos antes de que suene el despertador, no hay persianas y amanece a las 5:20, aprovechamos que el sol nos despierta de forma natural y desayunamos algo antes de afrontar la etapa. Está nublado, pero el sol asomar entre nube y nube. Toca bajar todo en ese ascensor soviético en la menor cantidad de viajes posibles. Dos puertas que se cierran a golpes, un cajón de chapado imitando madera y casi sin luz. En tres viajes tenemos todo abajo. Salimos a la calle con algo de frío que nos obliga a ponernos manguitos y chaleco. Como el día anterior no pudimos hacer la foto de los 2.000km en Europa, la hacemos en el parque debajo del edificio y comenzamos la etapa.
Salimos de Panevezys casi sin tráfico y comienza una etapa que termina siendo larga. Seguimos con la dinámica llana de campos de cereal verde y granjas. Los primeros 36km son por una nacional con mucho tráfico de camiones y coches, hay algo de arcén y no sentimos “protegidos”. La idea es hacer esa distancia y parar, pero las ganas de ir al baño mandan y aprovechamos una gasolinera a los 25km para tomar un café caliente y comer algo. Lo bueno es que el XL de las gasolineras por 0,15€ más es casi el doble, con lo que nos vale para los dos. Decirle hola (lavas) y muchas gracias (labai achiu) en su idioma saca sonrisas y si le sumamos que son más agradables que sus vecinos de arriba, se agradece.
Tenemos dos opciones, dormir en un lugar de bodas que nos dejan acampar gratis, sin saber si hay techo o hacer casi 100km hasta un lugar de barbacoas y darles la voluntad. Viendo el tiempo, nos proponemos hacer lo segundo para quitar distancia, pero habrá que ver fuerzas y lluvias.
A los 36km nos metemos por una secundaria que no tiene ni los límites pintados, carretera de granjas, tranquila y era un poco lo que buscábamos por esta zona. La pega es el frío y esas nubes negras con cortinas por todos los lados sobre nuestras cabezas. Una de ellas suelta un poco y nos obliga a ponernos chubasquero, pero dura 3km, lo mantenemos tres más, pero nos perjudica más que nos ayuda, vuelta a parar y chubasquero a la bolsa. Es un paisaje de casas dispersas, el nivel de vida es alto y creo que seguro, las casas casi no tienen vayas y las parcelas son abiertas en los pueblecitos. Algún perro que otro se asoma al límite de su terreno, pero no pasa de ahí. Ya no son los perros apaleados de Bolivia que al levantar el brazo se van con el rabo entre las piernas, de nuevo son más territoriales y un brazo levantado no les asusta.
A los 50km llegamos a Seta y decidimos que haremos hasta el segundo sitio, les escribimos informándoles de la hora aproximada. En ese momento, mientras nosotros comemos unos cacahuetes y un plátano, a 3.000km nuestro amigo Clint, médico con el que he trabajado en el parque de bomberos está tirando el chupinazo. Homenajean al dispositivo sanitario del encierro y en representación está la subdirección de urgencias. Segundo año consecutivo que amigos lo tiran. La probabilidad de que un amigo lo tire es bajísima, que ya lo hayan tirado tres en diferentes años es casi infinita. Así que sentimos la alegría de la fiesta en la distancia. Nosotros sentados en una parada de autobús, de madera mientras dos mujeres recogen su mercadillo en un parking vacío, sin ruido, sin gente, en un pueblo minúsculo con una iglesia estilo nórdico. Silencio en contraste con el fragor de la fiesta. Siempre me ha fascinado el pensar en esos mundos paralelos, en un lugar de la selva tropical caen millones de litros, en otro del Sahel un pastor camina días en busca de agua, hace nada estaba a 4.000 metros de altitud en el salar de Uyuni y ahora estoy en una parada de bus de Lituania mientras mi amigo grita Gora San Fermín, millones de vidas en un instante.
Nos quedan 42km y trataremos de hacerlos del tirón. Las piernas ya están agarrotadas, las etapas llanas nos sientan fatal, no dormir también influye y el cansancio de tres días de viaje y situarte en el nuevo continente. Nos daremos unos días. Desde ahí el viento arrecia y prácticamente en contra. Nos quedan casi tres horas y tenemos ganas de acabar. La carretera es algo sinuosa, con pequeñas lomas y por campos de cereal, la monotonía no ayuda a que pase más rápido. A los 80km pasamos por el lugar donde nos dejaban dormir gratis, es una parcela vallada, cerrada y más vale que hemos decidido continuar. Vamos restando kilómetros uno a uno. Lo curioso es que hace unos días estuvimos cuatro horas para hacer quince kilómetros hasta la cumbre de La Paz, hoy lo haremos en una hora y se nos hace eterno. Tiro todo el rato delante de Shei para taparle el aire, pero no hay milagros. Poco antes de llegar a nuestro destino paramos en una tiendecita que tiene un poco de todo. Un par de tomates, manzanas y un pan casero de centeno recién hecho que huele que alimenta. Son casi las 16:00 de la tarde estamos hambrientos y bajamos hasta el lugar de acampada. Está junto al río. Los dueños de la parcela donde viene gente para pasar el fin de semana en su barbacoas han venido para arreglar algunas cosas, pero sobre todo para recibirnos. Nos dejan dormir por la voluntad. Todo está hecho con troncos de árbol, tiene aspecto de cabaña hobbit. Nos refugiamos en una que cabe la tienda de campaña, suelo de piedras y mesas de aspecto robusto. Comemos con hambre y gula. Hace frío y aunque hay río, la ducha es con un trapo mojado y nos ponemos las mallas gordas. Echamos siesta en nuestras sillas con las mantas y el resto de la tarde la pasamos contemplando el río, un fuego que hay encendido y al anochecer iluminamos nuestra zona con un cable lleno de bombillas que le da al lugar un aspecto romántico. Buena primera acampada. Los dueños hace horas que se han marchado. Nos han dejado en su parcela con toda la confianza, “al marcharos mañana, cerrad la puerta”. Así da gusto.