69KM 620+
Los vecinos de tienda, dos chicos con un todoterreno, llegan tarde y por un momento parece que van a estar hablando alto toda la noche. Hacen caso omiso de los silbidos para que hablen más bajo, pero por suerte a las 0:00 se callan y nos dejan dormir. La temperatura es buena y nos pasamos mucho frío. Echábamos de menos dormir en la tienda y al final es como si regresáramos a casa, reconocemos la decoración y la cama nos resulta muy confortable.
A las 7:00 suena el despertador, aunque no nos hace falta, hace rato que hay personas con desbrozadoras cortando el césped y limpiando todas las mesas. La cultura de ir a pasar una tarde en torno a una barbacoa es enorme en Latinoamérica y los lugares son como este camping, cientos de mesas y lugares donde hacer brasa. Ayer estaba tranquilo, pero imagino que en fin de semana esto tiene que ser un hormiguero con columnas de humo, músicas de todo tipo sonando por los altavoces que traen y mucho ambiente.
Desayunamos tranquilos en una de las mesas de piedra, la que menos humedades tiene. Estamos cerca de el embalse de la Ciénaga y todas las mesas y bancos están llenos de mohos. Cuando salimos del camping hay sin exagerar quince personas arreglando el lugar. No sabemos si de casualidad ese es el día de la semana que trabajan o todos los días hay ese ejército de trabajadores. No es sostenible para la municipalidad.
Salimos a la ruta 9, ya nos habían avisado que es una carretera de curvas famosa para bicis y motos. Y poco a poco vamos subiendo por un paisaje tropical. La cabeza en este viaje está acostumbrada a cambios, pero más sutilmente, no tan brusco. Si nos dicen que hemos entrado en la selva de Ecuador por accidente nos lo creemos. Es una de las etapas más bonitas en mucho tiempo, por lo menos este trozo. Nos cruzamos con varios moteros y en una de las curvas que hay vistas a otro embalse hay unos brasileños haciéndose una foto. Casualidad dos de ellos en un mes van a hacer el camino de Santiago en bici y pasarán por Pamplona. La cultura de moteros y mundo camper en Brasil es enorme. Ellos van hacia Jama, ahora les llega lo bueno. Mientras hablamos pasa un señor en bicicleta, es mayor, con un gorro de vaquero. Es muy fotogénico, pero sigue camino y pierdo la foto. Nos despedimos de los brasileños y seguimos subiendo y justo en una de las curvas veo al vaquero. Está buscando algo entre los matojos. Es un señor de setenta años, con tez morena, bigote blanco y sonrisa. En el manillar lleva un tirachinas y me muestra como lo usa. Está en muy buena forma. Nos deja muy buena energía y seguimos subiendo por la jungla. En los 27km nos paramos de cruzarnos con moteros. Hemos perdido la cuenta de todos los que hemos visto desde que llegamos a Chile, pero para lo caras que son esas motos, me parecen muchos. Y no van para unos días, muchos te cuentan que llevan meses viajando. Casi a los 30km llegamos a los más alto del día 1.600 metros. Hace unos meses en Turquía alucinábamos por subir hasta esa altura y ahora casi nos parece bajo.
Desde ahí nos queda una subida más, pero ya sobre todo es bajada hacia Salta. Dejamos la selva para dar paso a un paisaje más parecido al que encontraríamos por el norte de España. Ahí nos acercamos hacia la cuenca del río Caldera. Si cabe es aún más ancho, pero ocurre lo mismo, son cientos de metros de anchura de cantos rodados de río y poca agua. Me hubiera gustado ver ese río en pleno apogeo. Me viene a la mente pensar que el Amazonas baja con millones de litros, pero cabe la posibilidad de que lleguemos a verlo así, con todo piedras y sólo un hilo de agua.
En la bajada nos cruzamos con Lea, una alemana que lleva meses viajando en bici sola. Conoce a los franceses y va en la misma dirección. Es curioso, porque llevamos casi un año con la bici por el mundo y cuando te encuentras con alguien que ha hecho otra ruta diferente y ha visto zonas como la Patagonia, te da mucha envidia y minimizas el viaje que has hecho. Ella sigue hacia el camping que hemos dormido y nosotros hacia Salta. Nos quedan 30km y el cielo está bastante oscuro. Antes de llegar a Salta pasamos por Vaqueros, la única subida que queda en un pueblo previo a la ciudad. Me pego toda la subida pensando la tontería de “aquí estoy, en vaqueros…”
Como siempre las entradas a las ciudades son un engorro y dibujamos una ruta que escape de la circunvalación de dos carriles para ir más seguros, pero implica seguir el mapa del móvil. Por suerte hay un carril bici por la calle que hemos escogido y justo al pasar por la universidad hay puestos de comida rápida y muchos estudiantes comiendo en ellos. Queremos ir a la estación de autobuses y asegurarnos un billete y las bicis para ir hasta Corrientes. Pero es hora de comer y nos paramos en el puesto de Diana. Ahí hay un grupo de chicas que trabaja en un festival de folclore que hay cerca. Terminamos sentados con ellas, hablando del viaje, de como se vive ahí, de todo y pasamos un gran rato. La chica del foodtruck nos añade dos huevos extras y entramos con muy buena energía en Salta. Desde ahí callejeamos por barrios de casas bajas, con pequeños negocios, y me siento en una película argentina. Al igual que Chile, la bandera del país hondea en muchos lugares. Cuando llegamos al centro regresamos a otro carril bici que nos deja en la estación y todas las preocupaciones de si nos dejarán se esfuman en la taquilla de Flecha. Hay sitio para el día siguiente y las bicis con un pago extra caben. Los dos billetes salen caros, 120€, pero hemos resuelto un problema que tenía marcado en rojo en mi mapa.
Regresamos felices en busca del lugar donde dormiremos, muchos de los alojamientos están en la calle España. El nuestro es una especie de casona colonial y podemos pasar las bicis dentro sin problemas. Descargamos todo, nos vamos a comprar, dejamos la bici de Sheila arreglando, ya que la funda y la sirga de cambio están dobladas. Dejamos ropa en la lavandería para comenzar desde Corrientes a cero. Cenamos en la habitación tranquilos y nos dormimos pronto sin ninguna de las tareas hechas, pero haber superado el desierto de Atacama y tener ya el transporte hasta Corrientes cerrado era una ventana abierta que se cierra y con ella llega el cansancio.
Al día siguiente en el hotel actualizamos la web, recogemos la bici que Federico nos ha arreglado con mimo y circulamos un poco por Salta antes de ir a las 16:00 a la terminal de buses para evitarnos 800km de una recta plana por la 16 que habrían supuesto varios días y poco placer. A las 17:00 comienza un viaje de quince horas, cuando lleguemos sabremos si ha sido un viaje largo o cómodo.