73KM 410+
La habitación del futuro residencial Esmeralda es fría, tenemos edredones y mantas, pero no hay calefacción y la estructura sobre todo es de madera. La temperatura baja a 5º fuera y se nota dentro. Dormimos bien cobijados bajo el edredón y sacar el brazo se nota. La noche anterior nos permitimos el lujo de ver una película, rara vez funcionan las televisiones a lo largo del viaje y menos las plataformas. A las 0:00 nos dormimos y el despertador suena a las 7:15, nos cuesta levantarnos, hace frío, está oscuro y hasta media hora más tarde no salimos de la cama. Si hubiéramos tenido que ir a la escuela, habríamos llegado tarde seguro.
Montamos las bicis con el vaho saliendo de nuestra boca, quizá sea de las mañanas más frías del viaje. Luci sale a despedirnos y Pedro sigue en la cama, somos los únicos clientes. Luci trabaja en recursos humanos de una cadena de comida rápida y nos regala dos desayunos. Cómo sólo se pueden usar en Chile los usamos, que el viaje es largo y todo ahorro es bueno. A esas horas ya hay mucho tráfico y gente por la calle aunque los negocios están cerrados. Mientras desayunamos hay varias personas pidiendo dinero, nos gustaría darles a todos, pero nos mantenemos firmes en nuestro propósito y sabemos que construir ese pozo de agua en Etiopía con el dinero que habríamos dado a la gente que nos pide es mucho mejor destino. Al salir hace frío, pero lo mejor, hace sol, hacía muchos días que no teníamos un día tan bueno. En cuanto salimos de las calles de la ciudad el sol del Este que nos da en la cara se agradece, lo justo para quitarnos el cortavientos y dejarnos ir con chaleco.
Vamos por una gran recta por la Q45, una carretera que va hacia Antuco y hacia la Cordillera de los Andes. De nuevo estamos sorprendidos de ir por una secundaria hacia pueblos minúsculos y tener tráfico constante. Esa pega es compensada con el diazo que hace y las vistas hacia montes nevados. Sin viento, con temperatura agradable nos reencontramos con el viaje en bicicleta. Pedaleamos felices pudiendo contemplar el paisaje tranquilamente. Circulamos por zona de pinos de reforestación y tenemos con salvapantallas el volcán Antuco. Mide casi 3.000m y está totalmente nevado. Echábamos de menos estas vistas y sabemos que pronto tendremos unos paisajes increíbles por la zona de Atacama, pero no nos importaría tener más tiempo para poder cruzar la cordillera por esta región. Necesitaríamos varias vidas para poder pedalear por todos los rincones que dejamos atrás sin explorar.
Antes de dejar la vista del Volcán a la derecha para ir hacia Yungay paramos en una zona donde hay varias señales de carretera artificiales con mensajes religiosos: “No siga sin Cristo”, “Queda un día menos para la llegada de Cristo”, “sigan por este camino, Dios les ama”… un festival de señales en diez kilómetros de carretera a cada cual más bizarra. Lo que me extraña es que la jurisdicción les deje ponerlas. Primero porque desvían la atención del conductor hacia mensajes que no son de circulación y segundo porque si cada uno quiere dejar su mensaje, convertimos la carretera en un panel publicitario personal. Ahí nos damos cuenta que llevamos más o menos la mitad de la etapa y hay un foodtruck, no es mal momento para parar un poco y tomar un café caliente. Son una madre y su hijo que lleva desde las 6:30. Salen adelante, pero no es un lugar fácil. Se les ve super humildes, buena gente. Nos hablan de dos chicas que conocieron hace tiempo que viajaban con un perro. No nos lo podemos creer, son las venezolanas que conocimos semanas atrás y que justo han pasado por esa carretera y han parado en ese foodtruck, “El rojito”. Les mandamos mensaje en ese momento y les alegra el día. Pedro y su madre Bernarda alucinan con nuestro proyecto, nos invitan a dos sopaipillas (pan con masa de churro frita) y charlamos un buen rato con ellos. Cómo echábamos de menos poder tener días soleados y poder parar a conocer a la gente, sin tener ganas de acabar la etapa.
Desde ahí mismo giramos hacia el norte, el sol ya no da de cara y vamos paralelos a la cordillera. Es difícil mirar para delante con semejante espectáculo. Un serrucho de montañas nevadas, escarpadas y volcánicas. Casi puedes respirar el aire puro que transmiten. Mirarlas da paz y pedaleamos felices. Además la etapa no es dura y disfrutamos. Hay días que pueden durar treinta horas y se hacen cortos.
Pasamos por varios pueblos, Huepil, Tucapel y en varias panaderías se les acabado el pan, hoy el menú es bocadillo de embutido con huevo. Por fin en una que pone, “aquí siempre hay pan”, cumple con su slogan y nos llevamos seis hallullas, si no son marraquetas o amasados, todos tienen su aquel. Desde Tucapel nos quedan 20km donde hay algo más de cuestas que el resto del día, pero se pedalea fácil. A los 65km de etapa, en una parada de bus donde pone “Recreo” hacemos los primeros 1.000km en continente americano. La realidad es que aunque no vamos lentos, los últimos millares han costado mucho más hacerlos por todos los parones que hemos tenido. La idea es que ahora avancen más rápido. Desde ahí seguimos por la secundaria que por las horas es más tranquila y llegamos a Yungay, que en el mapa parece más pequeño. Tiene la típica estructura en cuadrícula y decidimos preguntar de nuevo para dormir en la estación de bomberos. Antes nos sentamos en el parque que justo está en frente y nos comemos los bocadillos. Se nos han hecho las 15:00 de la tarde. Una madre y su hijo se acercan y nos preguntan sobre el viaje que estamos haciendo. Siguen a un chico que viaja con su fiat marea y probablemente nos sigan a nosotros a partir de ahora. Nos regalan unas gominolas con chocolate que son nuestro postre. La tarde está super buena y apetece quedarse tirado al sol, pero hay que gestionar donde dormir. Si hubiera sido un camping lo teníamos claro.
Preguntamos en los bomberos y como son voluntarios tienen que preguntar a superintendente. Después de un rato confirman que podemos dormir en un dormitorio que además tiene baño. Un lujazo. Me enseñan los vehículos y en Chile es increíble porque en cada pueblo hay uno o más cuerpos de bomberos, creo que no hay país donde haya visto tantos. Se ha convertido en parte de la cultura que se transmite de generación en generación y todos se sienten orgullosos. Familias que están vinculadas al servicio.
A la tarde escribimos, charlamos con los voluntarios que vienen a hacer una formación y varios dormirán para la guardia. Mañana sabremos si ha sido tranquila o no.