45KM 650+
Qué pereza da salir de la cama un día en el que escuchas la lluvia golpear las ventanas y anuncian rachas de hasta 80kmh. El problema que tenemos es que hoy nos acoge una chica en su casa, pero no llega hasta las 17:30 a casa. En circunstancias normales, con buen tiempo desayunaríamos con calma, pasaríamos la mañana en Coñaripe y empezaríamos la etapa después de comer, pero con el pronóstico que tenemos, en cuanto deje de llover saldremos para llegar cuanto antes.
Mientras la lluvia llama a la puerta comemos el desayuno y nos vamos despidiendo del refugio que Marco nos ha dejado a tan buen precio. Antes de comenzar rumbos ya rondaba en nuestra cabeza ir al campo a vivir, pero rumbos ha reforzado la idea, sobre todo si no paramos de dormir en cabañas de madera que resultan tan cálidas y acogedoras. Montamos las bicis dentro de la casa y de repente deja de llover y aunque el cielo está gris y los árboles se inclinan a su paso, hay que aprovechar la oportunidad, no tendremos mejor día que ese. Al salir a la calle el tío de Marco entra en la casa de al lado para cargar su carretilla de cosas, saluda tímidamente. Le saludamos y le preguntamos como está en ese protocolo educado, pero ya con los pies en los pedales para arrancar. En ese momento se arranca a hablar con un verbo acelerado y con acento, va enlazando ideas como si fueran semanas que nadie le preguntaba que tal estaba. En un pequeño hueco para tomar aire, le cortamos delicadamente y le decimos que la lluvia amenaza y en bici será un reto. Entiende que nos marchemos y le dejamos con más ideas en el aire, uno nunca sabe cómo cortar esos monólogos inoportunos. A los pocos metros Sheila me dice: “¿le has entendido algo?”, “nada”, “más vale, pensaba que era yo”.
Cruzamos las calles de Coñaripe, apagadas, vacías, mojadas, pocos meses antes estarían llenas de gente, soleadas y con todo el lago en su máximo esplendor. Los primeros kilómetros son suaves, con algunas cuestas que acompañan al lago Calafquén, que es más grande de lo que parece unos 40km de largo. El parte del tiempo dice que lloverá mucho todo el día y llevamos 6km donde no ha caído una gota. Vamos felices pensando que el resto del día será así hasta que caen las primeras gotas y comienza el baile de ropas, primero el chubasquero fino, luego el grueso y para cuando nos damos cuenta ya estamos empapados por fuera y por dentro por el sudor. Ahora si que toca apretar dientes y pedalear hasta acabar etapa.
La parte suave de la etapa acaba en Licanray donde la carretera se desvía hacia Villarrica, el lago continua hacia la izquierda. La niebla, la lluvia, la silueta de las montañas dan una estampa épica, casi mitológica al lago. Antes de comenzar la subida la lluvia ya si que cae con ganas y nos refugiamos en un taller mecánico para ponernos el pantalón de plástico. Iremos sudando por dentro, pero cortar el viento y no mojarte tanto ayuda a soportar estos días. Desde ahí tenemos unos 13km con varias subidas y donde se acumula la mayoría del desnivel de la etapa. Los coches nos adelantan y algunos pitan con ese tono de ánimo, de apoyo a nuestras pedaladas húmedas. Se siente las miradas de la gente cuestionando de dónde han salido esos chalados en bici con ese día que hace. A falta de dos kilómetros para acabar la etapa un todoterreno se para para preguntarnos si queremos que nos acerque a Villarrica, incluso va a Temuco que es donde vamos al día siguiente. Ya estamos mojados y quedan diez de etapa, pero por un segundo valoramos que nos evite dos etapas de lluvia. Pero somos conscientes de que en un viaje tan largo es imposible evitar días así. Forman parte de la aventura y no podemos esquivar cada dificultad que aparezca, le restaría mérito y sobre todo aprendizaje. Las metas adquieren más valor cuando has superado todas las adversidades. Le agradecemos el gesto y seguimos pedaleando. Justo en ese momento llueve más fuerte y pienso si no nos hemos equivocado, pero estamos seguros de que no.
Al poco llegamos a lo más alto y nos cerramos bien las cremalleras, abrigamos algo si se puede y en ese momento un hombre llega caminando a la parada y nos mira como si fuéramos marcianos. Le saludamos con una sonrisa y no llega ni a responder, nos mira como si fuéramos idiotas. Nos lanzamos a la bajada. El frío se filtra por cada hueco, temblamos y tratamos de poner la mente en una estufa, respirar hondo y pedalear pensando en que no queda nada. Quedan 8km de llanura hasta la calle donde vive nuestra anfitriona. Es la 13:30, quedan cuatro horas para que nos vengan a abrir la puerta de casa. A 900 metros de ahí encontramos un local con dos mesas y una señora que hace comida rápida. De primeras duda si refugiarnos dentro, pero viendo el cielo se apiada y nos deja meter las bicis dentro aunque alteran mucho el espacio. Nos pedimos dos bocadillos con salchichas, patatas, empanada y café. Extendemos la ropa y nos hacemos dueños del lugar. Conversamos con la mujer sobre el mundo incierto que está dejando el loco de EEUU. La puerta se abre de vez en cuando del viento y de la lluvia, la cerramos porque el agua entra y durante las cuatro horas que estamos ahí no cesa de llover. Aprovechamos para escribir la etapa, editar el vídeo y secar algo la ropa, aunque no hace mucho calor, eso sí se impregna del olor de la comida que se hace en las planchas.
A las 17:30 vamos a casa de Alondra y Felipe, una pareja que vive en un unifamiliar. Con la labor ya hecha sólo queda ducharse, charlar un rato y pronto a la cama que hemos quemado muchas calorías y la etapa de mañana es larga y el pronóstico no es tan malo, pero tampoco es bueno.