71KM 755+
A la noche anterior llegó Iván puntual para hacer la entrevista. Qué hombre tan interesante, con su presencia humilde, su voz calmada, enciende la grabadora y comienza a hacernos preguntas como el mejor presentador de radio, va parando la grabación donde metería las músicas que ya las tiene en la cabeza. Charlamos a gusto y nos cuenta que hace poco le nombraron Hijo ilustre de la ciudad, no nos extraña. Después de su visita se queda una energía muy buena en el ambiente y nos dormimos felices. Quizá de las mejores noches en tiempos y nos despertamos con calma. Preparamos un buen desayuno y al abrir la puerta, la mañana es fría, el amanecer se filtra entre las cabañas y los perros de la finca no vienen a recibir. La cabaña está bien aislada y no esperamos estar cerca de 5º, con lo que nos abrigamos bien.
Queremos ir a Valdivia y para evitar carreteras nos meteremos por una posta forestal, cruzamos los dedos para que el día no se complique mucho. Tenemos 3km antes de desviarnos hacia Dagllipulli. Todos los nombres que no son en castellano son en Mapuche. En Chile hay una nación que lucha por que se reconozca su identidad y su territorio. Ya estaban antes de la llegada de los españoles y como siempre sufrieron la anulación de su lengua, identidad, costumbres.
Desde ahí pedaleamos por carretera hacia Tres Ventanas, el perfil es suave hasta una subida de 3km que nos deja en el pueblo y a puertas del camino, de ripio como dicen ellos. Justo al comienzo del camino hay un food truck, en él hay una mujer, se llama Luz, tiene una gran sonrisa y decidimos tomarnos un café antes de afrontar el camino. Tenemos con ella una charla sobre la sostenibilidad, la concienciación medio ambiental de las nuevas generaciones, sobre la deforestación que está afectando en su zona, sobre el impacto de nuestras acciones, sobre muchas cosas y nos quedaríamos charlando con ella felices, pero toca continuar. De repente te encuentras con una persona que vive en un camino forestal, que vende comida en un camión con una visión ecológica, de sostenibilidad mucho más desarrollada que la mayoría de la sociedad y no entiendes como la gente no lo ve tan claro como nosotros. Toca mucho que hacer, de momento ser positivos con que hay puntos de resistencia y que algún día supondrán un punto de contagio. Ella nos dice que hay 30km de ripio, el navegador dice que 15km, veremos quien gana, si la tecnología o vivir ahí.
Iniciamos el camino y el sol ya calienta más y nos permite quitarnos la ropa de abrigo. Muchos ratos vamos entre eucaliptos y el cuerpo se encoge, pero se aguanta ya que no para de haber subidas que con la gravilla se hacen más duras. Resulta que ese camino al que tememos es una de las zonas más bonitas y tranquilas que hemos pasado. Casi sin coches, con vacas que se cruzan por el camino, pequeñas granjas, el sol filtrándose por las copas… Al final son 15km de gravilla y luego una pista encementada donde la deforestación que nos ha contado Luz es más que evidente. Campos asolados. Sólo quedan los cadáveres de la tala. Parece un campo de batalla después de la guerra donde los cuerpos yacen en el suelo y sólo queda el humo. No sabemos si habrá planes de reforestación, pero a ese ritmo se quedan sin bosque. Lo peor es que la plantación de pinos y eucaliptos a la vez está empobreciendo mucho la tierra. Iván, el apicultor nos hablaba de un proyecto de árboles nativos que atrae el agua y están recuperando los acuíferos y la fauna. Me ofrece la oportunidad de conocerlo, pero tendrá que ser más adelante.
Salimos de la pista encementada y llegamos al asfalto. Nos quedan aún 12km de tranquilidad por una carretera de pueblos pequeños, aunque las nubes negras que evolucionan a gran velocidad amenazan con mojarnos antes de llegar a Valdivia. A falta de 20km salimos a la general y ahí el tráfico es intenso, el arcén pequeño y encima la persona que puso los reflectantes del suelo, los puso indiscriminadamente y entorpecen la marcha en bici con seguridad. A falta de 7km comienza a lloviznear y justo hay un restaurante. Paramos a comer una cazuela de vacuno compartida. Una especie de sopa con verduras, un trozo de carne y demasiado cilantro. Cuando llego a la mesa le digo a Shei, “nos han puesto una cazuela con cilantro y carne al escondite”, los comensales de la mesa de al lado no pueden evitar reírse. Aquí si no te acuerdas de decirles que no echen cilantro, el plato está sembrado de verde por encima y el sabor es fuerte.
Después de comer la entrada a la ciudad es algo incómoda, es la salida de los trabajos y los atascos nos impiden pedalear con seguridad. Valdivia es especial por la ubicación, en ella confluyen cuatro ríos, el Callecalle, el Futa, el Cruces, el Anganchilla. Es una zona de humedales que desembocan en el mar. Arquitectónicamente no tiene mucho por el terremoto que sufrió en 1960 que arrasó la ciudad y casi toda es nueva. Pero los paseos por el río y las vistas merecen la pena.
Llegamos a casa de Carlos y Cata, una pareja de warmshowers que nos aloja en un barrio tranquilo al otro lado del puente, cerca de la Universidad austral. Son una pareja joven, con una implicación social increíble y charlamos hasta tarde de toda la geopolítica y de nuestros viajes.
El día siguiente lo aprovechamos para recorrer la ciudad un poco. Hace sol y en esta ciudad en esta época no es normal. Conocemos la plaza de la República, una de las torres del fuerte de época española que sobrevivió, la costanera, el jardín botánico, un poco de todo. Comemos en el centro y regresamos a casa después de un día tranquilo. El plan era descansar dos días, pero viene un frente de lluvias que nos va a afectar si o si y queremos avanzar lo más posible rumbo a Coñaripe.