66KM 510+
El verano se está acabando y parece que es el invierno. Las noches son frías, las camas tienen dos mantas y dos edredones. Trato de no usar más que las mantas, porque llegarán noches mucho más frías y en la tienda de campaña no tendré tanto abrigo. No sabemos que es, si algo que comemos, la latitud, Chile o qué, pero desde que hemos llegado a este país meamos mucho por las noches. Qué rápido pasan los días de descanso, ya nos levantamos para pedalear de nuevo, pero admito que las baterías están más cargadas y estamos más motivados que el primer día. Ver sol por la ventana también ayuda.
Bajamos a desayunar, está incluido y no hay que desaprovecharlos. El lugar donde nos hemos alojado no es un hotel, en Chile se estila mucho el hospedaje, duermes en casas de la gente, te arriendan un cuarto, puedes usar la cocina y el baño es compartido. Es caro para la falta de privacidad que tienes. Además de las tostadas con aguacate, jamón y queso, nos hacemos unos huevos fritos. Metemos bien de combustible, mientras hablamos con Carola, la chica de la casa. Una ingeniera de caminos que ha decidido montar un pequeño hospedaje, el excesivo trabajo la ha llevado al límite.
Después de los primeros días donde no había parado de llover, parecía que ver el sol en Chile sin viento era imposible, pero salimos a las calles con un sol en el horizonte, un cielo raso y el mar en calma absoluta. Eso sí, hace cerca de 6º y cuesta entrar en calor. Ancud parece otra y la carretera por la que pasamos también. Tenemos que desandar hasta Chacao, donde tomamos el ferry de vuelta. 30km, los mismos que hace dos días se hicieron eternos, ahora, son de contemplación. Nos cuesta el mismo tiempo, pero a veces dos horas duran más. El paisaje tiene muchos campos de pasto, casas de madera de una planta y plantaciones de eucalipto. Nos sorprende como en muchos países de climas fríos construyen casas tan mal aisladas, en Canadá, EEUU, Australia, Chile, países nórdicos. Tiran de chimeneas y mantas, pero con un buen aislante y ventanas se ahorrarían mucho dinero.
Por la carretera hay varios altares de personas muertas en accidentes de tráfico, algunos son pequeños mausoleos, que muchos quisieran en el cementerio. El tráfico de camiones es intenso, pero las zonas de obras con conos nos sirven de protección y rodamos más tranquilos. De momento seguimos sin arcenes, a ver si mejora más adelante.
Llegamos a Chacao y la mujer nos indica que un ferry sale del fondo, el chico nos hace señas para que corramos y somos los últimos. En cuanto apoyamos las bicis suben la rampa y el barco zarpa, no hemos perdido nada de tiempo. Esta vez no vamos a cubierto, pero el día está para ir en cubierta viendo el mar. El canal de Chacao une el mar que rodea la isla de Chiloé. Hay varios ferrys en constante movimiento de un lado a otro. Para una población inferior a 170.000 habitantes, la cantidad de barcos que hay todos los días demuestra la dependencia y el tráfico de un lado a otro que hay. Hace cien años ese canal estaría casi virgen, algún barco que pasaría de vez en cuando, pero el paisaje sería de pájaros, peces y vegetación, hoy son decenas de barcos. Hace unas semanas en Syndey era cientos y si pensamos en zonas de China o Japón, miles. El mundo está invadido por el ser humano y pocos lugares no se han visto alterados.
Cuando bajamos del barco nos paramos a tomar un café en un restaurante que está abriendo. Estamos solos. Un café soluble cuesta 1,5€, es carísimo en comparación con un menú con varios platos y postre que cuesta 5€. Nos lo tomamos para entrar en calor y seguir etapa. Ahora tenemos que ir hacia Maullín, desde donde tomamos otro ferry a La pasada. Tenemos otros 30km. Aquí si cabe el paisaje es más parecido a Tasmania, el olor, la vegetación, los coche y las casas. Es pronto y vemos a poca gente. Cada casa tiene su perro que sale corriendo hasta la valla a ladrarnos, en algunos casos son muy grandes y más vale que hay valla, aunque el otro día un perro la saltó y salió a nuestro encuentro, pero el grito de los dos al unísono lo paralizó al momento, ahora nos entienden.
Nos metemos diez kilómetros por camino de tierra para evitar hacer doce extras. Como no llueve nos lo podemos permitir, si no, no habríamos entrado. El camino tiene una ondulación que traquetea la bici todo el rato y es incómoda, además la gravilla por momentos es fina y la rueda no agarra. Encontrar pistas de gravel donde ruedes feliz, no es fácil. Estar alejados de coches es un descanso y pedaleamos felices por zona de pastos y bosques. Salimos a diez kilómetros del ferry y se nota que es otro lugar de paso hacia Valdivia porque no paran de adelantar coches. A la derecha el río Maullín que desemboca en el Pacífico. El sol brilla en la superficie, patos y todo tipo de aves flotando, pequeñas barcas. Con días así uno se reconcilia con el viaje y se siente super afortunado.
Maullín es un pequeño pueblo pesquero y es el momento de la salida del cole, muchos estudiantes caminando o padres que han ido a recoger a los hijos. Huele a los restaurantes y apetece parar a comer, pero mejor pasar cuanto antes al otro lado, no sea que justo paren a esa hora. Al fondo espera un ferry y la fila de coches arrancados anuncia que está a punto de salir, de nuevo hemos llegado en el momento oportuno. Mientras esperamos, el primer coche de la fila se interesa por nosotros. Son dos chilenos que tienen un camping justo donde dormimos al final de la primera etapa. Subimos al ferry y vienen a donde nosotros para que les contemos. Nos dan la enhorabuena y siento, que mucha gente en el mundo es consciente de que en otros sitios, hay personas sin agua, sin comida, sin escuelas decentes, pero normalizamos esa realidad, hasta que alguien te cuenta de primera mano y ves en su mirada, esa pesadumbre de “me lo temía y no estoy haciendo nada para cambiarlo”. Entiendo que es normal acostumbrarte a lo que tienes y no preocuparte por realidades que no ves. Este viaje también nos da la oportunidad de ser portavoces de esas realidades y quizá conectar con alguna de esas personas con las que hablas. Cuando llega el ferry nos despedimos, en otra circunstancia seguro que habríamos quedado otra vez, pero nuestros caminos se separan, aunque comienzan a seguir el proyecto en ese momento y quien sabe.
En La Pasada hay un restaurante que da menú por 6,5€, ensalada, sopa, carne con arroz y postre, no lo dudamos y encima es la hora. El plato se queda reluciente y las chicas satisfechas de nuestro placer. Estamos a 3km del camping, en Los Coihues. Llegamos a una parcela de una familia habilitada para que la gente acampe. Una ducha que es una caseta de madera con un grifo de agua fría, una caseta con un váter y mesas de madera. Sencillo pero con encanto. Hay una puerta que da al río, es una especie de playa, pero no hace tanto calor como para bañarse y además huele a puerto. Instalamos nuestro primer campamento en Sudamérica, nos duchamos mojándonos lo justo y nos relajamos un rato. Después mientras escribimos y cocinamos, los mosquitos nos acribillan y conforme el sol se despide las temperaturas bajan rápidamente. A ver que tal se da la noche.