51KM 430+
Primera noche que descansamos bien y se nota al despertarnos. Aprovechamos la cabaña para desayunar tranquilos mientras al otro lado del cristal la lluvia no cesa desde hace horas y esa es la parte que nos preocupa. En una sala de seis metros cuadrados está la cocina, la mesa con cuatro sillas, las dos bicis y un tendedero con toda la ropa del día anterior secándose. Desayunamos con pereza de recoger todo y de salir a un día nublado. Mientras recogemos el cielo nos da tregua y nos permite salir afuera a montar las bicis sin mojarnos. Pero nos abrigamos como hacía mucho que no lo hacíamos. Perneras, chaqueta, cortavientos y buf, el kit completo.
Salimos a la carretera y a los pocos metros está el puente que nos preocupaba y que salía en una aplicación como carretera cortada, han puesto unos maderos para pasar el río y excepto camiones hay paso para coches, así que tenemos vía libre hacia Colaco y la ruta 5. La etapa comienza con cuestas al 13% y el problema de ir abrigado es que sudas mucho y el cortavientos impide la salida de calor y pronto estás calado por dentro, así que el sudor se queda frío cuando coges algo de velocidad y mucho en las pequeñas bajadas, ya que hace frío. Hace algo de chirimiri, pero nada limitante. De momento pedaleamos a gusto con el mar a la izquierda en marea baja. Los pueblos costeros tienen algunas barcas varadas en la arena que flotaran en pocas horas. El cielo está oscuro y el mar parece otro a cuando le da el sol. Tras cinco kilómetros de rampas y 200+ que nos han calentado las piernas rápido, llegamos a la ruta 5, la principal que cruza el país y que a ratos no tiene otra alternativa que ir por ella. En este caso tenemos tres kilómetros por la autopista y por suerte el arcén es grande. Pronto salimos por la nacional que nos lleva a Pargua, el pueblito desde donde salen los ferrys a Chacao. Según nuestros horarios pasan cada cuarenta minutos, así que pedaleamos para no tener que esperar mucho entre uno y otro porque vemos como está llegando un ferry. Adelantamos una larga fila de coches y es buena señal, aún están esperando para montar. En el lugar no hay taquillas, pagas directamente en el barco y por suerte llegamos para montarnos, comienza a llover y no hay donde resguardarse. Dejamos las bicis ancladas a la estructura del barco y nos subimos a la parte de arriba a resguardo del aire frío y húmedo. Aunque a diferencia de la tranquilidad que teníamos en Australia con nuestras cosas, a cada rato salgo para mirar las bicis. El día anterior los dueños de las cabañas nos avisaron, meterlas dentro que aquí la gente roba mucho, y eso que estábamos en un pueblo alejado de las grandes ciudades. A partir de ahora tendremos que estar muy atentos a nuestras cosas.
Conforme nos acercamos a la isla de Chiloe el cielo se torna negro y empieza a la lluvia y un viento sur muy fuerte. Tengo la esperanza de que sea ese estrecho entre continente e isla donde corre el aire, pero cuando bajamos la intensidad es la misma. Nos resguardamos debajo de una casa, el único lugar donde hay un “techo” para ponernos los chubasqueros. Para salir ya tenemos una cuesta que nos hace sudar de nuevo y tenemos la sensación de estar mojados por dentro y por fuera. Nos quedan 28km de contrarreloj para llegar a Ancud. Cada vez estamos más mojados y la temperatura corporal empieza a bajar. El viento lateral es muy fuerte y nos sentimos inseguros. La carretera está casi toda en obras y nos da un respiro los tramos de conos que dividen la carretera y pedaleamos a refugio. Incluso los operarios de la carretera nos animan a ir por ahí. La gente es amable y se preocupa, pero los camiones como siempre pasan muy rápido. Hay poco arcén y cada vez llueve más fuerte. Cuesta enfocar la vista con las gafas llenas de gotas de agua y a falta de diez kilómetros nos metemos en una de las paradas de bus para tomar un poco de aire. Desde dentro, sentados en el banco vemos pasar camiones y coches a gran velocidad salpicando agua y las ramas agitarse con el viento. Sólo quedan 10km y es un mundo. Una etapa corta y con poco desnivel se hace muy larga. Escribimos al alojamiento para avisarle que llegaremos en una hora más o menos y nos lanzamos con pocas ganas, pero sabiendo que al final nos espera un refugio caliente.
El tiempo ha empeorado y pedaleamos paralelos a un mar agitado, con olas que rompen en la costa, con un viento que tumba las hierbas hacia la carretera y nos zarandea sin compasión. Son momentos duros y sorprende como esta misma etapa con sol y sin aire habría sido un paseo disfrutón. El día anterior se nos ocurre la idea de llegar un día antes a Ancud para descansar algo más y acertamos de pleno. Tenemos que situarnos en América y poner el cuerpo en modo bici. Antes de llegar a Ancud cruzamos un puente donde las banderas de Chile que decoran el alto de las farolas son trapos a punto de desgarrarse. Al entrar en la ciudad, las calles están inundadas y hay charcos enormes que nos obligan a ir por las aceras. Pero están bastante rotas y las farolas están justo en medio, así que toca empujar bici y alargar un poco más la etapa. El problema de la lluvia es que grabar, sacar fotos para recordar la etapa es complicado, pero sobre todo, llevar el móvil fuera para poder navegar y guiarte y cuando llegas a ciudades tienes que memorizar el mapa para evitar parar mucho y sacar el teléfono para mirarlo ya que se moja y es difícil ver la pantalla. Pero toda etapa, por dura que sea siempre acaba y llegamos al 248 de la calle Huaihuén, a un hospedaje, Mi casa Chilota. Una chica, Carola, que ha comenzado a alquilar habitaciones en su casa, nos espera. Llegamos empapados, con ganas de descansar, tendemos los chubasqueros fuera, en un cobertizo, mientras la lluvia arrecia más si cabe. Descargamos las alforjas y las subimos a un cuarto de madera con dos camas. Es una casa humilde, con cocina de leña que calienta la parte de abajo, mientras la de arriba se calienta con la luz que entra por las ventanas. El suelo de madera cruje con nuestras pisadas y cada uno de los viajes que hacemos para descargar todo.
Tenemos hambre y aunque estamos mojados, pararnos y darnos una ducha puede ser el fin de nuestro día, así que sin cambiarnos caminamos hasta un restaurante que hay tres calles más abajo y donde por 10€ dan una buena ración de pescado con patatas. El sitio está lleno y comemos con ganas, la gente se lleva la mitad del plato, ya que son buenas raciones, pero nosotros lo dejamos limpio e incluso nos comemos los panes con mantequilla. Al lado nuestra come un hombre que también va con chubasquero amarillo, viaja en moto. La conversación surge espontáneamente, quizá por energía, nos ha visto en la carretera y el iba sufriendo y ha pensado qué mal iríamos nosotros. Es argentino, viaja en moto y hablamos de muchas cosas, del viaje, pero sobre todo de la geopolítica mundial. Somos de la misma cuerda y con la deriva actual por culpa de los psicópatas de Trump y Netanyahu nos desahogamos, soltamos nuestras preocupaciones, nuestras críticas, nuestras indignaciones, el mundo se desmorona por gobernantes incendiarios y narcisistas y a nadie le importa. Todos comen con calma y la comunidad internacional, calla y baja las orejas. Algún día me acordaré de esta crónica y veremos donde terminó esta historia del bombardeo de Irán y si estábamos en lo cierto en preocuparnos o por suerte la coherencia mundial paró los pies a políticas destructivas.
Tras la comida nos vamos a comprar algo de cena, unos trozos de tarta y a casa. Antes de ducharnos nos echamos un café con la tarta y charlamos con Carola. Ya si, nos damos esa ducha y de repente nuestro cuerpo dice basta y nos quedamos dormidos hasta que anochece. Es curioso ver como mientras estás en marcha avanzas, pero cuando paras, el cuerpo habla de lo realmente cansado que estabas. Luego ni siquiera cenamos, pero nos desvelamos y trabajamos hasta casi las 2:00 de la madrugada en adelantar alojamientos a resguardo y pensar alternativas a este clima que tenemos.
Los dos días siguientes en Ancud, sale el sol, lavamos la ropa, buscamos una tienda para arreglar la parrilla rota y ajustar los cambios de la bici de Sheila. Pero sobre todo, nos quedamos en la casa, leyendo, descansando y regalándonos ese tiempo para nosotros que no nos hemos dado en meses.