30km 200+
Tras varios días para recuperar bicis, arreglarlas a duras penas e improvisar una alternativa en bici, despertamos un domingo en Melbourne, en la casa de Victor y Eva, con el sonido de sus hijos, Vega y Gael de fondo. Nuestro cuerpo sigue de jet lag, pero sobre todo ha descansado poco por la incertidumbre. Desde hace dieciocho días que no andamos en bici, casi se nos ha olvidado que estamos inmersos en un viaje solidario para recaudar dinero. Si le sumamos que hemos dejado atrás África que nos recordaba a cada pedalada porqué hacemos esto y lo justo que es pedalear por estas causas.
Los niños están preparados para ir a la playa, es domingo y aunque es verano en Australia, Melbourne tiene un clima peculiar, o mucho viento o mucho calor y días de playa efectivos, salen pocos. Mientras unos se preparan para vivir un día normal, nosotros vestimos las bicis de nuevo con sus alforjas. Cuarto continente que van a pedalear en menos de nueve meses. Hemos normalizado el viaje, pero la aventura que llevamos a espaldas es algo que desbloquearemos desde el reposo, desde la distancia en el tiempo, desde la mirada lejana que valorice lo vivido.
Estamos en un barrio a las afueras, la ciudad es gigante, tiene su parte de rascacielos, pero la mayoría son barrios de casas de una planta con su jardín. Los precios superan el millón de dólares y seguirán subiendo. Un barrio tranquilo, con su vallas de madera, sus carriles bici, gente haciendo yogging, paseando el perro o caminando. Todo es perfecto. Subimos la rampa para el tren que nos lleve al centro, a la estación de Southern Cross, es gratis los fines de semana hasta fin de enero, eso que nos ahorramos. Metemos las bicis en el último vagón y buscamos la estación central. Conforme nos acercamos a la ciudad, crecen los edificios, el cristal, el metal, los coches, los trenes. Vemos el mar de fondo y como el viento mueve las banderas australianas que hondean en muchas casas. Las estaciones urbanas tienen decenas de andenes y líneas que confluyen en el mapa. Cientos de personas suben y bajan, pero Australia es un país inmenso con menos de treinta millones de habitantes, la densidad es muy baja en general, y alta en los ciudades principales. Aun y todo no tan alta como para abarrotar los trenes como en Japón, India o Inglaterra.
Bajamos en la estación y resulta que nuestra conexión para ir al fondo de la bahía está parada por obras, tenemos que regresar a la misma línea e ir hasta el final de la línea. Por suerte, es domingo y de nuevo nos encontramos el vagón vacío para meter las bicis. Varias paradas más tarde donde ya hemos dejado la ciudad atrás y lo que predomina son campos de hierba seca, con pueblecitos de casas. De vez en cuando alguna granja, fábricas, canchas de beisbol y carriles bici. Todo parece un decorado. En Australia más de la mitad de la población es inmigrante, mucho asiático, indios, pakistaníes, filipinos, japoneses, la integración es absoluta y los niños crecen sin prejuicios.
Llegamos a Werribee y toca llegar a la otra estación, 9km de carriles bici. Sin salir de la estación una mujer nos explica como ir. “Tengo que ir primero a hacer un recado, si queréis os llevo luego”, las personas aquí son muy amables y atentas. Nos indica un poco y con el gps llegamos por carriles bici hasta la estación. Vayas por donde vayas hay una pista encementada para pasear con la bici. Entre barrios y parques bien cuidados. Casas con dos y tres coches aparcados en sus garajes. Jardines bien cuidados, niños jugando y andando en bici. Un universo paralelo que vive ajeno a la realidad que hace pocos días era nuestro día a día de caminos de tierra, casas de madera sin agua ni luz, niños sin escolarizar con una comida al día con suerte. Toca desconectar y disfrutar de la suerte que tenemos.
Llegamos a la estación y un chico nos indica muy educado donde sale nuestro tren, esta línea también es gratis, así que llegaremos a Geelong sin gastos. No está mal, algo compensa el extra de arreglos y la estafa del aeropuerto de Camerún. Rápidamente llega el tren y subimos las bicis en el vagón que tiene una pegatina azul con la bici en blanco. Sujetadas con una cincha las dejamos mientras nos sentamos a ver el paisaje. A la izquierda la Bahía de Port Philip con el sol brillando en el mar. El tren va más rápido de lo esperado y entre un mal cálculo de estación y el despiste nos bajamos dos paradas más allí de donde nos toca. Quizá sea lo que tenía que ocurrir, porque los campings están aquí. La mujer de la taquilla nos da los horarios para el día siguiente ir al ferry y nos regala los billetes, además nos indica donde están los campings.
Bajamos en busca de un lugar para dormir, estamos en plena ciudad y en los parques no podremos dormir, está penalizado. Antes vemos un mercado de domingo donde venden fruta, un food truck con dos personas mayores está cerrando y les preguntamos si les queda algo. La mujer sin mediar palabra nos regala seis donuts, “aún están calientes”. Tiene acento, es griega y lleva casi sesenta años en Australia, su marido tiene 84 años y ahí siguen, vendiendo comida con una sonrisa y energía. Constantina y Athanasios, da gusto hablar con ellos, una historia de inmigrantes que termina con que ella nos regala más comida y nos desea buen viaje. Al lado un furgón vende verduras y frutas, un señor de casi noventa años, maltés nos vende a precio de regalo tomates y frutas y de nuevo tenemos una historia de supervivencia. “Cuando llegué en los cincuenta con 6.000$ comprabas un terreno inmenso, un año duro de trabajo y ya tenías casa. Hoy eso es imposible”. Nos despedimos de todos con una sonrisa, historia de las migraciones, cuando salir al extranjero era necesidad para muchos. Hoy sigue habiendo necesidades, pero no todos pueden migrar y los que lo hacen sufren el prejuicio o la persecución. El mundo está revuelto.
Compramos algo de comida y vamos en busca de ese camping. Hay tres seguidos y por poner la tienda de campaña nos cobran 63€ y 57€ en los dos primeros, es demasiado, en el tercero y ya desesperados, en negro, nos deja dormir en un trozo comunal por 29€, sigue siendo caro, pero asumible. Por lo menos tenemos sitio. Primera acampada australiana, toca ducha y escribir, pero el soporte del bolso del manillar se rompe y pierdo media tarde tratando de arreglarlo para sobrevivir a Tasmania. Lo consigo, pero sacrificando la bitácora del día. Por suerte queda luz solar, pero en cuanto se va metiendo el sol, se nota y baja la temperatura rápido obligándonos a abrigarnos. Hacía meses que no nos tapábamos enteros. Cenamos nuestro primer arroz con lata de carne en Oceanía y nos vamos a la tienda, que toca madrugar mucho para ir al ferry.
A las 4:30 suena el despertador, queremos llegar al tren de las 5:45 que marca en los horarios para ir al ferry. Es de noche, pero no hace mucho frío. La capa superior de la tienda tiene nuestra condensación, pero por suerte no hay humedad y el resto está seco. Recogemos en silencio con la luz de los frontales y salimos a una calle oscura y sin tráfico, parece que escapamos de algo. Deshacemos el camino hasta la estación y aunque llegamos pronto, los horarios del folleto están mal y por cinco minutos llegamos tarde, con lo que toca esperar cuarenta minutos al siguiente tren e ir más apurados al ferry.
El sol llena de matices anaranjados la estación y poco a poco llegan personas que van a trabajar. Cuando llega el tren, uno de los revisores nos indica nuestro vagón. Tres estaciones más allá, en Northen Geelong bajamos con el día ya lanzado. A falta de cuatro kilómetros al ferry y algo justos de tiempo, la carretera está cortada, no entendemos la señales y en el mapa no hay alternativa corta para llegar. Entramos en crisis porque se nos acaba el tiempo. Dos cicloviajeros que van al ferry aparecen y tiene pinta de que sabe a donde van, pero miro el mapa y creo que están equivocados, Shei me dice que les sigamos, pero de repente se paran, tampoco saben como ir, están perdidos y decido seguir mi instinto. Les dejamos atrás y encuentro un camino que nos lleva entre vías de tren y carreteras hasta la vía que lleva al ferry. Con el sol al fondo reflejándose en el mar, enfilamos los carriles de check in de coches ya más tranquilos, hoy no perdemos el ferry.
Nos hacen quitar las alforjas y poner las bicis en un portabicis, las maletas las meten etiquetadas en el cajón donde van las bicis. Es el ferry menos estresante que hemos vivido en todo el viaje, desde el primero en España hasta el último en Angola donde nuestras nuestras caras pegadas al cristal viendo las bicis abandonadas en el puerto eran un poema. El ferry dura once horas donde aprovechamos para escribir y anticipar algunas cosas que tendremos que hacer. La sala comunal tiene el aire acondicionado a tope y por suerte hemos subido un jersey, perneras y buf, pero aun y todo, hace frío. Creo que es una manera de que la gente no disfrute y se plantee coger camarote. De día con la luz al otro lado del cristal quizá se soporte mejor, pero de noche, con el cuerpo con ganas de dormir, seguro que se hace eterno. Conforme salimos de la Bahía al mar de Tasmania para cruzar el estrecho de Bass, el mar se enfurece más y el clima cambia un poco. El calor continental da paso a un verano más fresco al ir hacia el sur, que en este caso es más frío al ser el otro hemisferio.
El viaje no se hace muy largo, pero pasamos frío, siempre hacen lo mismo, encienden los aires acondicionados para que la gente no esté muy cómoda y la próxima vez quiera camarote que es mucho más caro. Entre sándwiches, tarea de ordenador y malas siestas pasan las 11 horas de ferry pronto vemos la isla de Tasmania. Un enclave natural en el que estaremos tres semanas y haremos más de mil kilómetros. Aún nos queda todo por organizar y nos hemos dejado un día en Devonport para ello. Bajamos del ferry y la furgoneta con nuestras maletas y las bicis nos espera, aunque el sistema no es tan seguro como pensábamos. Sacan las maletas al pasillo por donde salen los pasajeros, pero no hay ningún control de que coges tu maleta y cualquiera puede llevarse la bolsa que quiera. Por suerte está todo y vamos en busca de nuestro alojamiento que está al otro lado del río que desemboca en el mar. Hace más frio del que esperábamos. La ciudad es de edificios bajos, con su puerto pesquero e industrial y todo super ordenado. Cerca del centro nos encontramos con una mujer de Vitoria que viaja sola en bici desde hace mucho tiempo y estará un año por Australia, ella va hacia el ferry, y se nos queda corta la conversación, Dorleta sigue su camino y nosotros empezamos el nuestro.
Después de comprar la cena llegamos casi de noche al alojamiento, un señor que alquila habitaciones y que siendo el más barato de la ciudad, sigue siendo muy caro. Estamos muy cansados y nos metemos a la cama sin cenar. Las camas tienen edredón y de primeras parece excesivo, pero las temperaturas caen a los 10º y durante la noche se agradece. Al día siguiente toca arreglar las bicis y vamos a primera hora a la tienda. Por suerte son muy profesionales y ven rápidamente como arreglar la dirección, el eje de pedalier y cambiamos las cadenas. El arreglo sale caro, pero parece que hemos reseteado las bicis para un buen tiempo. Hacemos las compras para los siguientes tres días, miramos los lugares donde podremos dormir y escribimos a varios warmshowers, por suerte nos acogen varias noches y nos ahorraremos ese dinero, que nos vendrá muy bien después de tanto imprevisto. Estamos cerca de la playa y bajamos un rato a una pequeña cala en la que estamos solos. El agua está helada, hacía muchos años que no me metía en un mar tan frío, se nota que estamos mucho más al sur. El día pasa rápido entre arreglos y poner la web en orden. Comienza un nuevo continente, cuarto de rumbos olvidados. Tasmania espera.