57KM 1070+
A excepción de estar tirados sobre la colchoneta sin camiseta y nada sin parar de sudar, descansamos bastante bien. Al despertarnos, la camiseta que dejé tendida antes de dormirnos para que se secase, sigue mojada de sudor, las almohadas y la sábana las tenemos que guardar con humedad. Arrastramos mucho tiempo con ropa guardada sin terminar de secar y se nota en ese olor a rancio que se va a acumulando. La ropa no termina de desprender la humedad y necesita una tarde de sol de verdad para secarla bien. Mi camiseta de dormir tiene un olor ácido que surge en cuanto te la pones. Como dentro de unos días acaba el segundo bloque y por suerte contamos con ropa nueva que nos ha traído la ong que ha montado las placas solares y la ha dejado donde las monjas. Toda la ropa que lleva unos meses con nosotros se quedará para que la donen a gente sin recursos. Mi camiseta de andar en bici ya lo veo más complicado, aunque he visto ropa muy rota. La mía no está rota, pero ya tiene unas manchas de barro que no conseguimos quitarlas. El sol por la espalda ha difuminado el dibujo y ha robado todo el color.
Nos vestimos con la ropa algo mojada del día anterior y vamos a por la cuarta etapa de seis, hoy nos han dicho que es por caminos, pero son 55km y a priori parece fácil. Ponemos en las bicis unos adornos navideños, más por el homenaje a quien no puede celebrarlas que por sentir la fiestas. No hemos decorado nuestra casa nunca. Al punto de la mañana viene Oloma para recoger la llave, parece bastante majo y se despide de nosotros. Salimos por la calle donde el día anterior había un poste de la luz caído y que es lo que nos ha dejado a oscuras toda la noche.
Tenemos cuatro kilómetros de carretera donde subimos casi cien metros y nos parece duro, pero no tenemos ni idea de lo que se nos viene encima. Al final de la cuesta tenemos dos opciones, seguir recto por camino o ir a izquierda por camino. El navegador nos lleva para el oeste. El camino comienza con una pista de grava compactada y comentamos que si es así todo el rato nos damos con un canto en los dientes. A veces es mejor estar callado porque doscientos metros más tarde comienza una bajada con dos surcos que nos obliga a ir haciendo equilibrio con la bici, un poco más adelante un charco de barro que ya nos deja las bicis listas para convertirse en una caja de grillos en cuanto el barro se seque. Un poco más allá una cuesta hacia arriba que nos marca el desnivel promedio que tendremos en el resto de subidas hasta Loum. Un buen rato más tarde el cuenta kilómetros ha avanzado sólo tres más, hoy va a ser una etapa de las largas.
Lo positivo es que rodamos por un paisaje de selva pura, por caminos de tierra arcillosa y pueblitos de casas de madera esparcidos. Pocos blancos pasarán por ahí y se nota en las miradas. También es cierto que el internet ha provocado que la presencia blanca no llame la atención como hace unos años donde los niños al vernos huían despavoridos del miedo que les generábamos. Ahora incluso nos señalan y saludan. Estamos ante una de las etapas más bonitas de África o quizá la que más. El único problema es que los dos arrastramos días de febrícula y nuestro cuerpo está en el descuento del continente africano. Si por el fuera estaría en la cama plácidamente leyendo un libro y sin embargo le estamos regalando unas etapas de las buenas.
Hay un momento en el que le pillamos el tranquillo a las subidas y las bajadas y logramos lanzar un poco la bici. El suelo de grava es algo mejor y sentimos que avanzamos algo más. Hacia los 17km pasamos por un pueblo donde no hay tiendas con agua, vamos escasos y lo único que hay es un porche con tablas de madera y bancos donde ya están bebiendo esa bebida que hacen fermentando alguna fruta. En muchos de los sitios nos invitan a que nos sentemos con ellos a beber, pero hay muchos motivos declinamos la oferta, comenzando porque no se les entiende mucho por su estado, porque la etapa es muy larga y no podemos parar a cada persona que nos pide que paremos a tomar algo y sobre todo, porque no apetece alcohol a esas horas y menos ese fermento que sabe fuerte. Le preguntamos a la mujer donde podemos comprar agua y nos dice que en seis kilómetros. Tenemos agua para aguantar esa distancia, otra cosa es que sea correcta, ya que muchas veces dicen cifras y luego no se parecen en nada, como el día de Guinea que el pueblo que buscábamos estaba 17km más lejos y 650+ más de desnivel que casi acaban con nosotros.
Nos vemos con ganas de hacer esa distancia para hacer la primera parada. Lo increíble es que a los seis kilómetros clavados aparece el pueblo y una caseta de madera con varias cosas, entre ellas agua. Fuera a parte de basura hay varias personas mirándonos, con esas miradas tristes de una realidad demasiado dura. Dos niños con mocos secos en la cara y una tos fea están atentos a cada movimiento. Mientras Sheila compra el agua hablo con la madre y les enseño una foto de ellos que les saca una sonrisa. Mientras rellenamos las botellas con agua aparece el jefe, Songo y nos habla de que el pozo del pueblo está roto, tomo nota de sus datos y nos despedimos con un deseo futuro de tener más dinero. Poco más adelante hay un cruce de caminos donde hay dos bares con todo hombres bebiendo y jaleándonos y un poco más adelante sin nadie y alejado, un bar cerrado con mesas y sillas. Llamamos y no hay nadie, aprovechamos la sombra para comer ahí y con todo ya listo para desayunar aparecen los dueños, pero no hay medio gesto de indignación, nos saludan, pasan delante nuestra y se ponen a ver la tele. Casualmente uno de ellos es de Dschang, el pueblo donde haremos el proyecto. Se alegra mucho de lo que le contamos y es casualidad que ahí haya uno de ese pueblo. Es como si en Beire, un pueblo pequeño de Navarra me encuentro con uno de Segovia y es justo donde voy a ir a construir un pozo.
Llevamos 24km, nos encontramos bien y ya desayunados. Todo apunta a que la etapa la terminaremos dignamente. Salimos con subida y el jefe del pueblo ha insinuado que los caminos son peores desde ahí hasta Loum. Efectivamente, están mucho más rotos, hay más charcos, más surcos, más piedras y encima camiones y muchas motos. Tras unas cuantas cuestas y 12km hacemos en lo alto de una un parón. Nos planteamos hacer otra en otros 12km y de ahí del tirón hasta el final. Hemos visto en internet que hay una congregación de monjas que ha hecho un encuentro hace tres días y algunas son españolas. Parece un lugar perfecto para preguntar por asilo después de una etapa dura.
Las nubes se apartan, el sol radia con enfado y en las subidas nos sube la temperatura del cuerpo mucho. A las dos rampas Shei necesita una sombra y parar de nuevo. A partir de aquí la etapa entra en barrena y cada subida es un Tourmalet, los cambios saltan de todo el barro que tienen, las ruedas no agarran bien en la gravilla porque tenemos poco taco y porque son muy empinadas. Le sumamos que cada dos por tres o nos adelantan o bajan motos cargadas de bultos imposibles o personas y todos queremos la trazada buena. Nos respetan bastante, pero tratamos de dejarles pasar. No tiene que ser fácil ir cuatro personas, o llevar tubos de obra, o cuatro sacos de 100kg enormes o lo que sea por esos caminos. En una de las ocasiones me adelanta un padre con dos hijos, su esposa, un saco de arroz y el tercer hijo sobre el saco sujetándolo. Estoy seguro de que yo sería incapaz de llevar esa moto.
Los kilómetros pasan lentos, llegamos a otro de esos pueblos donde se acumulan los puestos de madera, la basura, las motos, el ruido, el saludo a los blancos. Desde ahí cuatro subidas a cada cuál más dura. Sheila empuja la bici en todas, yo voy esperando a mitad de cada para ayudarle a empujar la bici. A pesar de toda la gente que va caminando, pocos son los que se ofrecen a ayudarla. En esta parte final le sumamos camiones que levantan murallas de polvo en suspensión y te asfixian. Vamos quitando subidas como quien supera un Everest y en una de ellas tenemos que pararnos a tomar aire y comer una lata de frutas de las dos que nos quedan para casos extremos, este es uno de ellos. Mientras comemos pasa el jefe de Bobok en moto y nos saluda.
Llegamos a Loum y para nuestra desgracia el firme es el peor de toda la etapa, bajadas de piedras que no nos dejan ir más rápido de cinco por hora. Las motos vuelan sobre ellas sin caerse. Para llegar a la congregación el navegador nos mete por unas calles empinadas y llenas de piedras donde toca empujar. Montones enormes de basura humeante. Durante la etapa hay quemaderos de aceite de palma de un olor penetrante que quita días de vida en cada bocanada. En la ciudad es aún peor, humo de basurero por todo. Casas deterioradas con ropa tendida en unas calles impracticables. No entiendo como la gente puede vivir así y no rebelarse. Después de media hora empujando bici por calles llegamos a una verja cerrada. Desde la casa que hay al lado, una voz nos dice que se han ido de misión a Douala. Nuestra energía de fin de etapa se cae hasta el suelo. Buscamos un hotel en google maps y por suerte, el camino es algo mejor que para llegar hasta ahí. Varias calles de basureros, motos, tiendas, música y salimos a la nacional. Pisamos carretera cerca del orgasmo. Es un cruce con cientos de motos y venta de todo. El hotel está a la vista, el precio es algo caro, pero ya es tarde y aún hay que limpiar las bicis, comer, ducharnos y escribir y editar la etapa.
Limpiamos las bicis con uno de los botellines y le quitamos lo mayor para afrontar las dos últimas etapas en África. Las candamos a una valla del hotel y confiamos que seguirán ahí al día siguiente. Limpiamos las bolsas, las dejamos en la habitación y nos vamos a buscar algo de comer a precio razonable. Por 6€ comemos los dos un arroz con pescado y salsa. Son casi las cinco de la tarde y estamos super hambrientos. Compramos agua y algo para el día siguiente y nos vamos al hotel. Entre una cosa y otra se hace tarde, pero lo hemos conseguido. Como siempre digo, las etapas por duras que sean, siempre terminan y luego no son más que recuerdo positivo.