79KM 835+
Estrenamos Camerún con una de las noches más calurosas de África. Cruzar el río Campo ha sido un paso a una estación nueva a pesar de la cercanía a Guinea donde la temperatura era más templada. Dormimos desnudos sobre la cama esperando que el ventilador que viene y va pase por nuestra zona para lanzarnos un poco de aire. La música que al irnos a dormir anunciaba una noche terrible se apagó mucho antes de lo esperado e incluso nos dormimos antes a pesar de haber cinco locales con músicas a la vez.
Hoy tenemos una etapa larga y dura hasta Kribi, llegamos a uno de los sitios que nos habíamos marcado en el viaje, el Hospital de Ebomé que gestiona una ong navarra: Ambala. A las 7:00 estamos sobre la bici y nos quedan por delante 45km de camino de tierra. Hace un día pedaleábamos por carreteras perfectas en Guinea y habíamos olvidado la sensación de lo remoto. Al otro lado del río, con una densidad de población mucho menor todos los pueblos están conectados por asfalto. Aquí hay muchas zonas del país a las que se llega por caminos. La época seca ha comenzado, pero siguen habiendo lluvias y el camino tiene restos de humedad, charcos y zonas donde los camiones han destrozado el camino dejando unas huellas donde es difícil pasar con la bici estable.
Pedaleamos por la selva, por caminos rojos y llenos de casas de madera donde de nuevo nos saludan con un “Bon jour, bon courage, blanc…” lo echábamos de menos. Durante todo el rato nos adelantan motos y lo raro es ver dos personas en ellas, casi siempre tres, muchas veces cuatro y al final del día veremos a dos niños, padre, dos niños y madre. Si ya tiene mérito conducir por esos caminos de tierra con ese tipo de motos, hacerlo con seis personas sobre ellas, me parece virtuoso. El camino no es llano, es una sucesión de rampas empinadas y bajadas donde no puedes lanzar la bici porque el suelo es muy irregular con lo que la media es lenta, 11km a la hora.
El calor está presente desde el segundo uno y hace tanto tiempo que no lo sufrimos que notamos el agotamiento por él. Al comienzo pasan los kilómetros lentos, pero poco a poco vamos sumando y nos marcamos Ebodje para descansar, un pueblito que parece más grande y que sale en el mapa. Ahí un porche con sombra es el lugar perfecto para descansar. En ese sitio una mujer vende pescado seco en una mesa. Pilas de peces ahumados que vende por un euro. El mar está cerca, pero no hay neveras y en muchos sitios de África la manera de que la gente coma pescado es ahumarlos y los venden secos. Con ese calor apetece poco, pero para ellos es lo normal. Una madre aparece con un niño de un año que lo justo camina y leda trocitos de pescado que come disfrutando. Al terminar el solo se acerca a la mesa y consigue otro pescado sin tirar el resto y se lo trae a la madre para que se lo pele. La supervivencia hace que en algunos aspectos crezcan antes. Camino hacia dentro, se escucha el mar y veo a pescadores preparando las redes. En una caseta de madera, Bridgitte vende un poco de todo, entre las cosas, agua, que necesitamos porque queda muy poca y mucha etapa. Le hago una foto y me pide que me la manden. Por suerte, mis contactos de Ebomé lo harán y la pena es no ver la cara de la mujer cuando alguien le lleve su foto para colgarla en la tiendecita.
Seguimos etapa, quedan 23km de camino que cada vez cuestan más. Hay una mezcla entre querer disfrutar de ese camino de selva y querer salir de ese calor y acabar la etapa. A veces la bici tiene estos encuentros emocionales. Cuando llegamos a Mboro aparece el asfalto en una zona industrial. Es un puerto pesquero con decenas de camiones cargando contenedores y fábricas muy modernas donde imagino que congelaran pescado para exportar. En un momento dado vemos un mar de contenedores de colores en unas campas enormes y grúas moviéndolos de un lado a otro. Cuesta salir de la zona industrial y pronto llegamos aun pequeño pueblo con bares donde la gente ya está con sus cervezas. Siempre que ven a un blanco te invitan a su mesa, pero lo cierto es que se ponen muy pesados y si en mi país no aguantaría a borrachos, aquí tampoco. Con una sonrisa nos tomamos un refresco para bajar calor en un banco mirando al mar mientras nos hacen preguntas de todo tipo y de vez en cuando piden que les compramos algo. Estas situaciones hay que lidiarlas con la misma sonrisa que ellos piden y despedirte con alegría.
Nos quedan 18km hasta el Hospital que ahora son llanos porque vamos acompañando la costa. Playas eternas de palmeras donde hay zonas para comer y relajarse. El cuerpo pide un poco de eso, pero también llegar al hospital donde nos esperan. Disfrutamos de las vistas y pronto llegamos a zonas donde hay más casas. Ahora hay cientos de motos que nos pasan todo el rato, coche y camiones. Después del silencio en soledad de Guinea esto es demasiado ruido. Una bandera de España, el nombre de la ong marca el lugar. Urgencias 24 horas. Están de reformas, pintando para una campaña de cirugía que hay en estas fechas por el fundador, Ricardo Cortés.
Nos hacemos la foto de los 4.000km en África con algunos empleados y dejamos la visita para el día siguiente. Nos quedan cuatro kilómetros y la coreografía de motos es un espectáculo, es una especie de río que te arrastra hacia la ciudad. Pasamos la lonja de pescado, la catedral, el puente del río Lobé y ahí está nuestra casa. La de voluntarios de la ong cuando vienen campañas. Una casa colonial donde descansaremos dos días.
Sin ducharnos nos vamos a comer unos espaguetis con carne, es el plato más barato y que más nos repone sin tener que cocinar. A la tarde nos relajamos poniendo las cosas al día. Al día siguiente el conductor del hospital nos lleva para conocerlo y nos hacen un tour donde vemos todas las unidades y la gran labor que se hacen. Es una pena que tengamos que seguir camino hacia nuestro proyecto, porque dan ganas de quedarse un tiempo formando parte de ese hospital. Al salir aprovechamos para conocer una playa cercana. A diferencia de muchas que hemos visto está limpia, casi vacía y se agradece el baño, el reposo y no pensar en nada. Se mezcla el sonido del mar, con el de las cigarras y los niños jugando. De ahí vamos a la Lonja donde acaban de llegar las barcas con la pesca. Muchos puestos vendiendo al peso diferentes pescados. Me faltan ojos para ver todo. Un pasillo de vendedoras con baldes llenos de hielo y el género recién comprado y un poco más allá decenas de puestos de comer, unas mesas de plástico, un fuego, unos muebles viejos con vajilla y poco más. Les pides lo que quieres, lo compran, te lo hacen y a comer. Pescado y gambas, algo caro respecto a nuestro presupuesto, pero está buenísimo. Imposible no aprovechar la oportunidad.
El resto del tiempo, lo compartimos con Ricardo, el cirujano que ya ha llegado para su campaña de navidades. Es un personaje con una vida apasionante y falta tiempo para escuchar todas las batallas y vivencias por medio mundo y muchos conflictos desde los años 70. Pasamos la noche buena los dos, con una ensalada y tortilla de patata, en Camerún, diferente, pero felices.