88KM 605+
Como siempre los dos días de descanso vuelan y la noche anterior a la etapa seguimos haciendo cosas. En mi caso me he dejado pendiente la memoria anual, no he llegado a terminarla. A las 5:45 suena el despertador, queremos tener las bicis listas antes de desayunar a las 6:30 y salir cuanto antes. No sabemos como será salir de la ciudad ni como será el camino que va hacia Coco Beach. Todo el día anterior estuvo lloviendo y durante la noche también.
A las 6:30 estamos listos pero aún no han sacado nada. Lo cierto es que el desayuno incluido es precario, algo de jamón y queso, pan, piña y un croissant con café. Acostumbrados un mayor surtido, parece escaso, pero ha sido suficiente para arrancar la etapa con energía.
Al salir a la calle se nota que es domingo. El contraste es abismal, hace dos días lo justo cabían las bicis en el atasco que había por todas las calles y ahora parece que han decretado confinamiento. Por lo menos, aunque la salida de Libreville serán muchos kilómetros nos ahorramos el estrés. Pronto estamos en la carretera que nos corresponde. Hay zonas con furgonetas para quince personas que se acumulan a la espera de ser completadas por viajeros para que pase la siguiente. Los mercados aún no están en marcha, aunque si puestos de venta de pan. Algunos fijos, otros con un carrito que arrastran manualmente y otros casos un motorista con una mochila llena de panes a la espalda. El pan es bastante barato, 0,20€ una barra. Es una forma de llenar las comidas. Los días que comemos espaguetis en la calle nos los sirven con media barra de pan. Aún no sabemos porque cuando pides arroz no lo hacen.
Seguimos durante 15km para salir de la ciudad con sus amontonamientos de basura, olores fuertes de los canales de aguas verdes llenos de comida y plásticos y sobre todo con las furgonetas en mal estado que escupen humos negros, blancos y grises como trenes de vapor. Es complicado escapar al humo, sobre todo cuando subes una cuesta y necesitas todo el aire y te adelante un vehículo cargado de personas con el motor quejándose y tosiendo una nube tóxica. Respirar en ciudades grandes entre los coches es un deporte de riesgo para los pulmones. Perdemos minutos de vida en cada bocanada y esperamos con ansia los caminos rurales para abrir la boca como una ballena.
Subes y bajas que nos alejan de la capital hasta Ntaum. Hemos pasado el tercio de etapa y antes de entrar en ese cruce de caminos donde se compra y vende de todo, rellenamos las botellas de agua y sumamos una barra de pan a nuestro menú. Antes de llegar al desvío pasamos decenas de camiones con árboles durmiendo antes de buscar un puerto donde descargar toda la madera en busca de nuevas víctimas. Esta foto de Gabón no la echaré de menos, cada camión son cientos de metros cuadrados de bosque que no volverá a crecer.
Desde el comienzo del desvío el asfalto se convierte en tierra. Lo bueno es que es compacta, mientras no llueva claro. Decenas de excavadoras, camiones, apisonadoras, operarios trabajan en la nueva carretera. Para mí el problema es que primero preparan toda la vía los 90km y luego asfaltarán, pero con las lluvias que hay todos los días, el trabajo en algunos casos vuelve al punto de partida. Creo que sería mejor hacer tramos pequeños, poco a poco, a la larga será menos costoso.
A los 7km de camino paramos para hacernos la foto de los 9.000km. Los meses, los paisajes, las personas y los países van pasando, pero sobre todo los kilómetros, asusta ver todo lo que hemos dejado atrás. El vídeo lo interrumpimos varias veces por el paso de maquinaria, por el ruido y por el saludo del conductor, podríamos hacerlo en otro sitio, pero los nueve mil son ahí. Desde que hemos salido el cielo esta cubierto de nubes negras, da la sensación de que lloverá en cualquier momento. Nos apetece parar un poco, pero nos apetece mucho menos mojarnos y con ese aliciente nos lanzamos a por la otra mitad de la etapa.
El escenario ha cambiado completamente, de la capital, sus caos, su ruido, su contaminación a la selva, intensificada por un camino de tierra roja que te aleja de la civilización. El sonido de la vegetación de su fauna. Casitas de madera, gente caminando. Una etapa bonita para despedir Gabón. Dentro de no mucho el encanto de los caminos dará lugar al asfalto, se ganarán unas cosas, pero perderán otras. Estoy seguro que si les preguntas que prefieren, te dirán asfalto. Los desplazamientos son más largos, más caros y el barrizal en días de lluvia complica mucho las cosas. Cuando llegamos a un pueblo, tenemos un tramo asfaltado y aprovechamos a comprar dos botellas de agua, cuestan casi el doble que en Libreville, ante nuestra sorpresa nos dice que traerla por esos caminos es muy caro. Una de las razones para asfaltarlo es el abaratamiento de la comida del día a día para la gente local. Yo puedo asumir pagar algo más por el agua, pero ellos, con lo poco que ganan, día tras día es insostenible. Un hombre nos comenta que beben agua del río, pero que no es muy sana aunque se han acostumbrado.
Seguimos camino y parece que la lluvia va a respetarnos, hemos esquivado uno de los días. Conseguimos llegar a los 90km que nos hemos propuesto hasta un pueblo llamado Bengole. Tranquilo, bien cuidado y con una escuela pequeña. Preguntamos por el director y nos señalan una casa que hay en frente. Se llama Pieby, es muy amable y tiene una mirada honesta y limpia. No duda en dejarnos dormir y al contarle lo que hacemos nos enseña el único pozo del pueblo. La manivela esta rota y tienen que bombear con el pie y una goma con la que suben el pistón. Tengo la sensación de que el arreglo no será muy costoso y anoto su teléfono, casi me comprometo a arreglárselo. Me enseña la escuela, son cuatro aulas, una abandonada y dos en uso para los sesenta alumnos. Sólo están dos profesores que se reparten 1º, 2º y 3º una y 4º y 5º él. Mientras dan la lección a unos, los otros leen. “Esto está lejos y no tenemos dinero para pagar la comida y alojamiento de un docente”. Dos cubos acumulan el agua de lluvia para que los niños beban y se laven las manos. Nos deja en la clase como si fuera nuestra casa y se marcha.
Antes de hacer nada nos damos un duchazo con un cubo dentro de los baños que tienen. Comemos una lata de atún con maíz y huevo y de postre mango. Para engañar el estómago y aguantar hasta la cena. El resto de la tarde nos da tiempo hasta de relajarnos como hacía días que no hacíamos, hasta cerramos los ojos sentados en nuestras sillas. Luego editamos, escribimos con el partido de fútbol que los hombres locales juegan en la parcela frente a la escuela. Los niños y mujeres jalean como si fuera la final de la champions. Casi todo el pueblo se divierte con el partido y te das cuenta qué poco es necesario para ser feliz. Después de eso, cena y a dormir que al día siguiente nos toca día intenso.