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ETAPA 115 POINT NOIRE-MALELE

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62KM 740+

Todas las tareas del día anterior nos metieron a la cama pasadas las 0:00, por suerte no ha habido generador y hemos descansado medio bien. A las 6:30 sonaba el despertador. No recordábamos esa sensación de querer tirar el móvil por la ventana. Hoy la etapa se presupone fácil, pero el nuevo clima condiciona mucho. Desayunamos con calma, yogur con cereales y mango. Es época de mangos y lo cierto es que no le estamos sacando el partido que merece y luego nos arrepentiremos cuando vayamos a otro continente y un mango valga 4€.

Bajamos todo con la ayuda del hombre del hotel. Nos comunicamos con él en portugués y francés. Viene su compañero y nos despedimos. Lo cierto es que han sido muy amables. No se explican como seremos capaces de llegar hasta Camerún en bici. Montamos las bicis en la calle y se nos ha hecho algo tarde, las 8:00. La calle ya está repleta de coches, casi todo taxis, tenemos que ir hacia la RN1 rumbo a Dolissie. Toca callejear hasta llegar a ella y cuesta ir con la bici entre los coches. Algunas de las calles son de tierra y por suerte no ha llovido mucho y mantenemos las bicis limpias. Nos toca una recta hasta la general que sube y baja. Vemos el final que aparece y desaparece. Todos los vehículos se comunican a bocinazos, con lo que es estresante estar pendiente de los agujeros, de que no te atropellen y de aislarte de ese caos urbano. Por toda la calle las casas que dan a la carretera son negocios de venta de comida, ropa, quincalla (como ponen ellos), niños yendo a la escuela y de vez en cuando nos saludan.

Hemos quedado a las 9:30 para que nos hagan una entrevista y quedan veinte minutos, si nos llaman ahí no nos van a escuchar seguro. Poco a poco avanzamos y ya hemos hecho diez kilómetros, atravesamos un mercado inmenso que se extiende casi 500 metros. Si antes era un caos, ahora personas con carros llevando mercancía y todos los puestos como un hormiguero. En condiciones normales me pararía para hacer alguna foto, pero hoy necesitamos algo de silencio y salimos de ese caos y justo a la hora indicada hay una estación de electricidad que tiene una explanada detrás. Nos metemos con las bicis y amortigua todo el sonido. El de seguridad viene a ver que hacemos y al explicarle nos deja tranquilos. Onda Cero nos llama en ese momento y todo va a la perfección.

A los quince minutos regresamos a la carretera y nos hacemos una foto porque acabamos de cumplir los 8.000km de rumbos olvidados. La idea era haberlos hechos antes de Luanda, pero los proyectos y la visa de Congo nos obligaron a avanzar en autobús. Desde ahí comienza ya las afueras de la ciudad y baja la intensidad de coches y ruido. Hay mucho camión chino por todo explotando los recursos y algunos niños nos llaman “chinoise”, para ellos somos todos iguales.

Cuando dejamos las casas y mercados atrás aparece un paisaje tropical de jungla, palmeras y vegetación frondosa, verde hasta donde alcanza la vista. Hace un mes pedaleábamos por un paisaje llano y yermo y ahora parece que estamos en las montañas de Colombia. Nos adelantan furgonetas con mucha carga sobre el techo que a veces duplica la altura. Dentro decenas de personas hacinadas sacan el brazo por la ventanilla para saludarnos.

La carretera no tiene una recta larga, todo el rato curvas que se pierden en el bosque, a ratos despeja un poco y sube la temperatura varios grados. Sudamos por la humedad y el calor y todo el día estamos con la camiseta chorreando. Nuestra frente gotea constantemente sobre el manillar. Las manos a duras penas agarran las manetas porque se resbalan. La etapa es un rompepiernas y cada vez que llegamos arriba de la cuesta el cuerpo pide una paradilla. A la mitad de etapa hay un pueblo y compramos dos refrescos. Un grupo de estudiantes se sientan cerca y les hace gracia los dos turistas. La verdad que no hemos visto ni un blanco y es probable que no los veamos en un buen tiempo. Nos sentamos a la sombra y al buscar una papelera me señalan la parte de atrás, un montón de plástico es el lugar. Así gestionan los residuos aquí, de vez en cuando los queman y listo. Mientras grabo el montón de basura, una madre pasa con su niño pequeño y pienso que con que todas las personas del pueblo se propusiesen recoger y tirar todo en el mismo lugar, todo estaría más limpio.

Seguimos etapa, la idea es hacerla del tirón, pero la humedad nos obliga a hacer dos paradas más. Vemos mesas con mangos sobre ellas, hemos pasado de los verdes de Angola a los super maduros de Congo. Al final de etapa es un pueblo y ya compraremos ahí. Seguimos con nuestro serrucho y a ratos el paisaje se abre hacia un horizonte verde, como está nublado es apagado, pero cuando da el sol, brilla con intensidad. No paran de pasar camiones chinos con diversas mercancías. Hoy nos cruzamos con muchos motocarros cargados de carbón, maíz, leña, hasta los topes. También pasan camiones donde en lo alto, sobre la carga viajan muchas personas. “Pasan menos cosas de las que deberían” suelta Sheila entre cuesta y cuesta. Hacemos una parada para comer dos manzanas y a por los últimos diez kilómetros. Parece que ya no subiremos más, pero hasta los últimos metros no paramos de subir. Han sido 740 positivos y hemos terminado a 80msnsm.

Cuando llegamos a Malele es un pueblo en un cruce de caminos, los puestos sólo tienen piñas, no hay nada más de verdura. Hay muchos bidones metálicos con brea amontonados. Hay una fábrica justo ahí y no paran de subir camiones. La iglesia que nos hemos marcado como lugar para dormir es un edificio de bloques de hormigón y chapa muy rudimentario. Además está al lado de todo el jaleo y el padre no vive en el pueblo. De un puesto de maderas viene un hombre muy borracho que nos dice que vayamos donde los militares, pero mejor tenerlos lejos. Un chico nos acompaña a casa del jefe del pueblo que está a la salida. Una bandera del país hondea y la verdad que la casa está bien. Primero nos ofrece una escuela, pero ahora no tiene puertas y el suelo es de tierra. Piensa que no es seguro y nos destina a la otra escuela que tiene una casa para los profesores.

Cainho, el chico nos acompaña a comprar agua y un par de latas y nos lleva hasta el cole. Ahí está el secretario del jefe que nos abre la casa y le dice al director que nos deje ducharnos ya que el pozo del pueblo que está donde el hospital está algo lejos. Con la paliza que llevamos nos hace un favor. Comemos una lata de sardinas, dejamos las cosas dentro de la casita, que al estar cerrada tiene humedades por todo y huele muy fuerte. Abrimos para ventilar. Dentro por las paredes las arañas campan a sus anchas.

Me ducho yo primero, se abastecen de un depósito de 1000 litros que se llena con el agua de lluvia. ¿Y cuando no llueve?, se pasa el dedo por el cuello, me hace ver que las pasan canutas, ya que tiene que ir hasta el río para subir cubos de agua. Incluso en un lugar tropical con lluvia y ríos, la gente sufre la escasez de agua. Llenamos un cubo y en un habitáculo con las paredes llenas de corronchos de humedad nos aseamos y quitamos sudor y suciedad.

Con el cuerpo fresco pasamos la tarde en un porche que mira al pueblo. La música del único bar llega alta y clara. Algunos niños juegan en la escuela, de vez en cuando pasa gente con troncos enormes sobre la cabeza. El paisaje es una hilera de lomas de palmeras y junglas con casas de chapa escondidas. La carretera que cruza, durante la tarde tiene tráfico de camiones todo el rato. Se ve hacia donde vamos mañana fuertes rampas, nos espera una etapa más dura si cabe. Pronto oscurece, como no hay farolas se hace la oscuridad absoluta, algunas luces del pueblo, pero no se ve casi nada. Sólo se escucha la música y los cientos de animales que hay alrededor. Cenamos arroz con alubias a la tienda a resguardo de los mosquitos. 

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