89km 630+
Dormimos bien, pero nos acostamos tarde y sólo lo hacemos cinco horas. Nos organizamos fatal siempre los días de descanso, pero visitar Samarcanda mereció la pena. A la mañana tenemos el desayuno listo a las 7:00, dos huevos fritos, demasiado fritos hasta dejar la yema seca. No he vuelto a comer un huevo frito bien hecho desde España. Un cuarto de tomate, dos crepes y un trozo de tarta con café, no es lo más sano del mundo, pero es lo que nos da la mujer del hotel. Al pedirle la hoja de registro que quizá nos pidan en la frontera, no le funciona el internet y no las tiene preparadas. Por la razón que sea no te las dan hasta que te marchas, pero si por lo que sea se va la luz o falla internet, te quedas sin ellas. Me las manda al whatsap. La cuestión es que la policía por un tema conspiranoico de si eres espía te solicita que duermas en lugares y te registres y todo queda reflejado.
A las 7:30 salimos y a punto de comenzar la avenida principal nos acordamos de los plátanos de la nevera, vuelta para casa. A las 7:45 salimos y buscamos un lugar donde comprar agua que se pueda pagar con tarjeta, no tenemos nada en metálico porque salimos del país en 40km, y nos cuesta encontrar un buen rato y aún no hemos salido de Samarcanda. Con lo que oficialmente arrancamos a las 8:15 con un etapón por delante.
La ciudad dura varios kilómetros de doble carril. En algunos momentos hay decenas de furgonetas damas y parece más un concesionario de venta de segunda mano que una zona de taxis. Como siempre vamos saludando a toda la gente conforme salimos de la ciudad. Hasta la frontera son 40km, de los cuales 30 son con la carretera desastrosa a la que nos ha acostumbrado Uzbekistán. Como siempre hay mucho tráfico y nos obliga a ir por el arcén de tierra y la velocidad baja mucho. Es difícil hacerse a la idea de lo mal que está la carretera, pero para imaginarlo, cuando de repente hay un trozo liso, en buen estado y donde los coches no te pasan rozando, se hace el silencio, escuchas la cadena en el pedaleo, puedes mirar el paisaje, la velocidad aumente sin esfuerzo y sobre todo te relajas hasta el placer de no estar en tensión todo el rato.
A los 20km paramos para comer algo y tomar café, pero en ese pueblo nadie cobra con tarjeta y nos quedamos con las ganas. Los hornos de somsas comienzan a humear con las ramas de algodón ardiendo, varias columnas de humo marcan donde se están calentando para preparar las empanadas. Seguimos por grandes rectas y en dos ocasiones dejamos de lado el desvío a la ciudad más grande cerca de la frontera, que es Urgut. Nosotros estamos enfocados en grandes rectas de árboles y a falta de cinco kilómetros probamos por última vez y de nuevo no podemos pagar, ni en los grandes supermercados. Todos los días nos han invitado a algo y hoy que lo necesitamos, nadie se ofrece.
Conforme llegamos a la frontera hondea un bandera del país en un mástil de unos 25 metros. No sabemos como será el trámite después de la experiencia vivida en el tren. Al llegar una mujer nos hace dejar las bicis fuera para que nos sellen. Lo logramos rápido y justo a tiempo, porque al girarnos cientos de personas entran y se llena el vestíbulo. Luego con las bicis vamos por donde los vehículos, nos miran una vez más y a por la de Tayikistán. Es algo más precaria, un edificio pequeño en el que sólo hay un trabajador. Hacemos una fila amontonada y al igual que en el aeropuerto de Tiflis para ir a Bakú, las mujeres comienzan a colarse por todo. Da ideal que la gente les diga, se hacen las suecas y van adelantando puestos. Decido ponerme delante de todas y obstaculizar su paso para que la gente que estaba antes mantenga el turno. Por lo menos, aceptan la derrota sin protestar, pero seguro que algún juramento al extranjero ha caído en mi espalda. La gente de la fila nos agradece el gesto, pero nos sorprende que nadie dice ni hace nada para evitarlo, están totalmente acostumbrados a ese desorden. La acción de imponer nuestra posición nos ahorra fácil cuarenta minutos de cola, eran decenas de mujeres que aparecen por todos los lados.
Salimos del país 17 del viaje en el preciso instante que cumplimos 5.000km y justo a los cuatro meses de empezar. Un día de cifras para celebrar. Se ve mucho más campesino en la frontera, pero sobre todo mucho más coche extranjero, la mayoría Opel. En Uzbekistán el 90% era Chevrolet y ninguno europeo. Eso habla del proteccionismo económico que ha tenido el presidente anterior, supongo que inclinado hacia el comunismo post soviético que rechaza todo lo occidental. No lo notamos porque los niños nos saludan casi todos con un “hello”, cosa que en las últimas tres semanas no hemos escuchado. Los niños además tenían un perfil más callado y aquí salen a darnos la mano y nos gritan alegres.
Entramos en país nuevo y necesitamos dinero. En 20km tenemos cajeros en Panjakent, será buen sitio además para comer y hacer la tarjeta de móvil, ya que no hay tarjeta virtual en este país. El paisaje cambia desde el primer segundo. Hemos pedaleado en una llanura desde Kazajistán y aquí vemos las primeras montañas a ambos lados. Se agradece. Por donde vamos está cerca del río y hay zonas de cultivo, pero las montañas son de tierra rojiza, rocosas, dando un aire a expedición a Jordania hacia Petra. Continuamos con los puestos de fruta a píe de carretera, de vez en cuando hay grupos de mujeres que sobre lonas de plástico lavan alfombras y muchas gente trabajando en el campo.
Los pueblos más cercanos a las montañas tienen paredes de cal blancas manchadas por el polvo del desierto. Casas desgastadas por el clima y la falta de vegetación te seca la boca de ver donde viven. Entramos en la ciudad más grande que pasaremos en el día y tras varios intentos de sacar dinero, a la tercera va la vencida. Primer escollo superado. Es hora de comer y nos metemos el primer kebap del país. Ahora sí nos quedan 30km para terminar, pero antes hay que buscar la SIM de la marca Babilon que es la que funciona en el proyecto. La búsqueda se convierte en una ginkana. Todos nos indican donde el bazar y al llegar las calles están llenas de puestos de verduras, ropas y cajón desastre además del edificio que albergará un mercado caótico. Tras varias idas y venidas donde la gente nos marea, encontramos una oficina muy precaria, con una estantería vacía y un mostrador donde una chica con pocas ganas, nos dice que a extranjeros no hace. Le explicamos que es para atender en un hospital, pero nada. Le pedimos que llame al médico del proyecto y se inventa que con su tarjeta no puede llamar. Al final un chico que no habla nada de inglés, hace por entenderme, llamada a Saadi, nuestro contacto y resolvemos comprar otra compañía hasta Shaydon y allí ya haremos la Babilon. Vuelta a empezar, pero el trabajo ya está hecho y sabemos donde esta Tcell. Para entrar en la tienda, esquivamos puestos de verduras que hay en la puerta y donde nos hacen las pocas preguntas que saben en inglés. Dejo a Shei socializando y me meto. Tres chicas, una dormida, otra muda y otra que no habla inglés. Consigo despertar a la que habla inglés y hacer una tarjeta con 20gb, algo es algo. Nos siguen quedando 25km dos horas más tarde, lo bueno es que la temperatura ha bajado y no hace tanto calor.
El perfil es algo más ascendente y casi hasta se agradece sentir el esfuerzo de las rampas, los cambios de ritmo. El paisaje cada vez es más abrupto y a la izquierda vemos el río Zeravshan al que seguiremos hasta Ayni. Parece una película del oeste. Algo que no he comentado es que contemplamos el paisaje con calma y tranquilidad porque la carretera está perfecta, buen arcén y poco coche. Qué rápido nos acostumbramos a lo bueno y callamos como perros y que pronto nos quejamos de lo malo. De vez en cuando hay avenidas de árboles que anticipan los pueblos y el que nos interesa es Gushar, fin de etapa y donde queremos buscar sitio para dormir. Tomamos un refresco, el cuerpo pide algo de azúcar y vemos en google maps que más adelante hay una entrada al río que parece buena. Un camino de tierra nos lleva a una zona donde hay caminos de polvo fino que se mete por todos los rincones de la bici, las alforjas y la ropa. Tenemos éxito y encontramos una casa de adobe abandonada con un porche cubierto y con vistas al río y las montañas. Adecentamos un poco el lugar, estiramos y no nos podemos duchar porque el río baja fuerte y marrón y el agua está demasiado sucia. Nos pasamos una balleta con agua y listo. En Samarcanda pensábamos que habíamos arreglado el hornillo, pero de nuevo se apaga al rato de encenderlo y nos quedamos sin poder hacer el arroz. Por suerte tenemos unos noodles que se medio hacen con agua fría esperando media hora. Mientras tanto escribo esta etapa y Shei me prepara el vídeo para rematarlo. Se nos hace de noche, la temperatura baja a los 15º, el cielo está estrellado, el rio suena de fondo y los perros merodean por la zona, esperemos que no se acerquen mucho.
Ruta en strava.
