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ETAPA 67 IMIRI-TIFLIS

55KM 850+

La casa de Amina tiene un terreno enorme con los invernaderos, una angar con todas las barquillas para las verduras, dos plantas de casa que están construyendo y lo curioso es que el baño es un letrina de madera y con el agujero ya rebosante. Los bichos burbujean en la superficie y el olor es intenso con lo que vamos al baño lo menos posible. Nos dejan dormir en un salón que tiene cocina. Sheila lo hace en un sofá y yo en el suelo en un futón que me prestan. Hay dos habitaciones con camas justo al lado, pero nos parece bien tener un techo y un lugar donde dormir. La jornada ha sido larga y da igual que el reloj de pared marque los segundos con fuerza, pronto caemos dormidos. Los gallos comienzan a cacarear a las 5:00 de la mañana, hemos dormido casi del tirón y muy bien. Antes de las 6:00 estamos recogiendo todo y montamos las bicis con el silencio de la mañana. En una caseta junto a la entrada del recinto se despierta Amina porque ya hay un señor esperando para comprar producto. A las 6:30 estamos listos y nos despedimos de Shercan y de Amina con un abrazo enorme. Ella nos da besos como si fueran los de nuestra abuela, ese abrazo prolongado que te palmea la espalda con cariño, para desearte suerte.

Salimos a una carretera con tráfico, nos dirigimos a la capital y se nota. Los tonos del paisaje son los del amanecer que tenemos a la derecha. Al cruzar el río Khramir los matices anaranjados del sol saliendo, reflejan en el agua, la vía del tren pasa por un puente de hierro oxidado del que vemos sólo la silueta. La etapa no es muy larga, pero tiene un final exigente con lo que queremos llegar pronto a Koda para afrontar la subida antes de que el calor sea insoportable. La carretera a penas tiene arcén, vamos uno detrás de otro soportando el paso de camiones y coches sin cesar. El perfil tiende ligeramente hacia arriba y no permite lanzar la bici. El paisaje se va tiznando hacia el verde, pero poco, los campos secos predominan. A lo largo de la etapa vemos muchos talleres y restos de coches esparcidos al comienzo de los pueblos. Las partes intermedias nos preocupan menos, pero al llegar a las poblaciones siempre hay perros abandonados que salen a nuestro encuentro. Estos son más de ladrar, pero no dejan de asustar de inicio.

A los 11km llegamos a Marneuli, la ciudad que pensamos en ir en caso de no encontrar alojamiento y lo cierto es que no habría sido fácil, mucho terreno vallado y poco rincón donde poner la tienda a resguardo. Marneuli supone unos grados más de inclinación de la carretera hasta Koda y de temperatura, comenzamos a sudar y todavía no son las 8:00. Ahora pasamos por una recta de casi 8km con campos a los dos lados y cientos de coches que nos adelantan y que nos estresan. Tenemos dos vías de llegar a Tiflis, una suave que va por una autovía sin arcén o una dura por camino de piedras. La sensación de peligro constante decanta la decisión hacia el camino, luego igual nos arrepentimos de empujar mucho la bici, pero por lo menos no moriremos atropellados.

A los 25km paramos en un supermercado, compramos una torta de queso y dos cafés. Lo que se viene es duro y no queremos empacharnos, pero tenemos bastante hambre. Comemos con calma y estudiamos el perfil que queda. En los siguientes 8km subiremos 500+. Los primeros por carretera con un subidón al 10% y en el alto un camino sale a la izquierda perpendicular, esa es nuestra vía de escape. Empieza asfaltado y pasamos por fábricas de las que salen camiones llenando todo de polvo en suspensión. Al dejar las empresas el camino asfaltado continúa y pensamos que quizá google maps está anticuado y estamos de suerte, pero cuando las rampas miran al cielo el asfalto comienza a romperse y se convierte en un camino de tierra y piedras que impide pedalear. Los botes de unas bicis pesadas pierden tracción y ponemos pie en tierra. Arrancar ahora es imposible. Sheila empuja la bici gran parte de la subida y yo consigo hacerla entera. A ratos voy parando, dejo la bici, bajo empujamos la bici de Shei y continuamos. Así poco a poco vamos restando kilómetros. Quedan cuatro, tres, dos. Ahí descansamos en la sombra que nos dan los árboles. Las bicis están castigadas al sol mientras nosotros nos sentamos protegidos del sol. Dos camiones pasan en ese momento a una especie de vertedero que hay en el alto. Una nube de polvo que difumina las vistas por unos segundos y al despejarse aparecen las bicis de nuevo y ese paisaje seco de montañas redondeadas.

Conforme llegamos al alto, cada vez hay más basura y el firme está más roto. Sin ver casas parece que estamos llegando a un poblado de África y no a la capital de Georgia. Pero toda subida tiene su final y el asfalto marca el momento en el que los esfuerzos del día han terminado. Casi dos horas para llegar hasta Tabakhmela, un pueblo construido en cuesta desde el que bajaremos 13km hasta el mismo centro de la capital. De los 1100msn a los 400msn. Curvas de herradura tras otra. En un momento dado aparece la ciudad con el río Kurá dividiéndola y desde el que suben hacia los dos lados como una enfermedad que contamina las colinas que suben hacia las montañas desde las orillas.  Bajamos a ratos por un bosque de pinos con el sonido de las cigarras adueñándose de los sentidos. El olor, el sonido, el tráfico y el calor, nos transportan y nos da la sensación de que bajamos a una ciudad mediterránea y que llegaremos a Denia. Conforme llegamos a la ciudad el atasco es mayor y con las bicis gambeteamos entre los coches para llegar al centro donde una columna enorme con una escultura dorada domina una rotonda. Desde ahí seguiremos en busca de nuestro alojamiento y la tienda de bicis donde las desmontarán para meterlas en cajas. La ciudad es grande y está plagada de edificios monumentales. Calles anchas y el navegador nos lleva por una circunvalación que por suerte tiene una acera que nos da un respiro. A las 12:00 llegamos a la tienda y ahí está Mariami, una chica con la que hemos hablado desde hace tiempo, nos ha ayudado para que lleguen cosas que hemos pedido, un colchón pinchado, patillas de cambio y nos ayudará con las bicis para llevarlas en el avión.

Antes de ir al alojamiento vamos a comer algo, un kebap y ya hemos perdido la cuenta de todos los que hemos comido en el viaje. De regreso miramos las tiendas de ropa de segunda mano para ver si encontramos una camisa de manga larga ligera para el sol que nos espera en Uzbekistán. De momento nada, tenemos dos días para lograrlo. De ahí a la casa. Un bloque enorme gris, lleno de humedades en la fachada, tendederos y muchas entradas que dan a un pasillo que une todos. En la cuarta está nuestra casa, el apartamento huele mucho a humedad, sólo tiene una ventana pequeña en lo alto del dormitorio para ventilar. Pero hay espacio para meter todo y comenzar el despiece de las bicis y reformular las maletas para llevarlas al avión. Lavadoras, limpiar todo el polvo de los últimos días y tetris para no pasarnos de peso. Se nos hace de noche y cuando cenamos, nos damos cuenta de lo cansados que estamos. Vamos a la cama y caemos rendidos. 

Ruta en strava.

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