65KM 1110+
Es de noche, la lluvia que esperamos de momento está escondida detrás de las nubes. Hoy cierran el camping hasta la próxima campaña, estamos casi sólos, un pasillo con diez habitaciones en silencio. Después de 529 días, 41 países, 5 continentes volvemos a dormir en España. Las cifras abruman, pero los recuerdos se han ido superponiendo para que parezca que hace una semana salíamos de casa con todo por descubrir. Si algún día escribo un libro sobre este viaje, dedicaré un capítulo a la elasticidad de la memoria, a como la dimensión de experiencias es tan grande que llega un momento que implosionan y no eres capaz de verlas como parte de un mismo viaje. Cuando me siente a editar el vídeo y ordenar las ideas seré consciente de que son parte de la misma galaxia, hasta el momento parecen universos paralelos. Los camellos de Kazajistán, los leones de Namibia, los canguros de Australia, las llamas de Chile y los osos de Rumanía están en la misma foto. Lo mejor de todo es que nosotros somos los que hemos estado al otro lado del objetivo, hemos apretado el botón de la cámara, no nos lo cuenta un amigo en la mesa, somos nosotros los narradores y aún no lo hemos asimilado. Qué suerte.
Bajamos las alforjas a la calle, hace frío, pero no mucho. Es aún de noche, pero hemos quedado con un amigo en Isaba y hay que arrancar. Parece que nos escapamos a hurtadillas para no pagar el camping. Hay veces que nos falta el reposo de disfrutar los sitios. Cuando las etapas duran tantas horas, hay que salir temprano para que no se nos haga muy tarde pedaleando. Tiene lo positivo de llegar pronto y disfrutar de la tarde, pero lo negativo de sentir que huyes de los sitios sin haberles dado la atención que merecen.
Bajamos por el valle de Belagua hacia Isaba, pasamos por uno de los puentes románicos. Aunque la gente los llama romanos, en realidad son medievales, pero basados en las técnicas romanas. Hace mucho tiempo esos puentes ayudaban a los pastores a cruzar desde Roncal hasta Baretous, esos dos valles que se enfrentaron por los pastos y acabaron con el famoso tributo de las tres vacas. Las luces rojas parpadeantes en nuestro casco nos dan algo de visibilidad y los frontales iluminan la carretera, aunque cuando llegamos a Isaba ya casi está amaneciendo. Aunque nos hemos hecho alguna tortilla de patata durante el viaje, añoramos ese momento de pedir un café y un pintxo de tortilla en nuestra tierra. El bar que está abierto es el Txiki, todas las mesas están llenas con platos preparados para los usuarios del hotel. Semanas antes buscábamos un lugar para dormir en la población y todo estaba ocupado. La camarera no duda en quitar una mesa preparada para que podamos tomarnos el pintxo y el café. Por la puerta entra Iker, un amigo que conozco hace más de 20 años cuando nos presentamos por primera vez a bomberos. Es un saludo obligado, un gran amigo y mejor persona. Después de contarnos chascarrillos del viaje, no muchos, aún nos queda toda la etapa y no es sencilla.
Indagando un poco en la historia de Isaba, sorprende las veces que se ha levantado después de grandes incendios. El más grave en 1427 cuando el 90% de las casas desaparecieron. Más tarde fue la iglesia y en el s.XIX los franceses que volvieron a arrasar este precioso pueblo del Pirineo. Hoy podemos ver un pueblo de calles empinadas, estrechas, empedradas de madera y techos puntiagudos. Es una visita obligada en el valle del Roncal. En pleno siglo XIX con una Navarra sumida en guerras carlistas, nacía Julián Gayarre. Hijo de pastores, tendero y herrero, pasó a ser una de las voces más influyentes de la ópera en el mundo. De Roncal a los escenarios más emblemáticos de cada Continente. Y de repente en su cenit una bronconeumonía se lo llevó a los 45 años en Madrid. Su voz era tan extraordinaria que estudiaron su laringe. Julián intuyo que puso Roncal en el mapa.
Así que arrancamos la etapa y dejamos el Roncal por el puerto de Laza, la primera de las cinco subidas que tendremos en el día. Hace muy buena temperatura y a mitad de puerto, tenemos vistas al Txamantxoia, Petretxema, Mesa de los Tres Reyes. Estamos tan acostumbrados a nuestros paisajes que no caemos que no desmerecen nada de grandes escenarios por los que hemos pasado. Desde el alto bajamos a Otxagabía, un pueblo precioso donde comemos algo detrás del frontón. Escuchamos castellano y eueskera, las barras están llenas de pintxos y reconforta, estamos de nuevo en casa. Dejamos el valle del Salazar y afrontamos las segunda subida, Jaurrieta. Hoy todas son suaves, pero son varias y el desnivel se va acumulando en las piernas. Vamos con buen ritmo, influye estar cada vez más cerca del final imagino.
Pedaleamos a casi 1.000msnm, y después de la tercera subida en Remendía vamos hacia las Abaurreas que son los pueblos más altos de Navarra. Aquí el cielo dice basta y comienza a llover. La realidad es que hemos tenido mucha suerte durante todo el viaje, sobre todo en grandes subidas donde el tiempo anunciaba lluvias días antes y al llegar el sol nos ha regalado subidas tranquilas. Ya sea el Zagari Pass en Georgia, el Sacristán en Tayikistán, San Pedro de Atacama en Chile, La cumbre en La Paz o el Furka Pass en Suiza. En todos los casos el pronóstico era de una subida agónica bajo la lluvia y el resultado fue sol, así que un día de lluvia suave no nos importa. Las cifras han sido 49 días de lluvias en 300 etapas, un 16% de los días y lo cierto es que muchos han sido lloviznas, sólo diez días hemos sufrido temporales que han convertido las etapas en pequeños infiernos. Si me preguntan antes del viaje, mientras preparaba el itinerario que iba a tener diez días malos de verdad con la lluvia, firmaba sin dudarlo.
Nos queda la última subida, desde Aribe. Ahí en la cueva de Aizpea se encontraron restos de una mujer de hace 6.500 años que dio mucha información sobre la forma de vida de los grupos humanos de entonces. Tres kilómetros hasta Garralda, donde la hora y el hambre nos paran en el banco de una casa para comer algo antes de terminar etapa. Mientras preparamos el bocadillo, el dueño de la casa sale y nos ofrece meternos al calor de la lumbre. En un día normal habríamos aceptado sin dudarlo, pero hoy queremos acabar la etapa lo más pronto posible, hay sorpresa al final. Cualquier otro días, habría sido un bonito momento con alguien local. Comemos rápido, recogemos, nos abrigamos afrontamos los 2km de subida que quedan y la bajada hacia el camping de Urrobi.
La lluvia nos encoge los cuellos para que no se meta el frío y el agua. Las gafas se llenan de gotas pero no nos impiden ver un grupo de personas que se para en la carretera dando saltos. Son Leo y Javi, los dos amigos que vinieron a Bolivia, también los hijos de Javi, chocamos sus manos y seguimos camino hacia el camping. Nos queda nada para terminar la penúltima etapa. Al entrar en el parking aparecen de sorpresa Ana y Abel, una pareja de Guadalajara que ha viajado durante dos años por África y que hemos conocido por videollamada a lo largo del viaje. Poco a poco van llegando amigos y familia. Después de mucho tiempo, esas personas que hemos visto al otro lado de la pantalla son de carne y hueso. Admito que la tecnología nos acerca tanto que ha quitado la magia de los reencuentros. Hace años pasaba semanas sin saber nada de mi familia perdido por las montañas de Nepal y ahora puedo hablar a diario. Como todo tiene sus pros y sus contras, en este caso no siento haberme alejado tanto tiempo de ellos.
Pasamos una tarde muy bonita, a refugio de la lluvia en un salón donde cabemos todos. No faltan temas de conversación y sonrisas. Los niños juegan y los adultos no paramos de hablar. Cuando cenamos el postre es una tarta en la que se lee: “Bienvenidos Xabi y Shei, Rumbos encontrados”. Un mensaje precioso y emocionante. Compartimos la cena, la alegría y hacemos la foto de recuerdo. Dentro de un tiempo podremos paladear estos momentos desde la calma del sofá, de momento son parte de esa avalancha que es tan grande que es casi inabarcable.
Esa noche dormimos en el albergue, en dos cuartos, es casi una pijamada, nosotros con dos amigos, mi hermana y los sobrinos y bromear con tu sobrino con la luz apagada es algo sencillo, pero que roza la felicidad. Hay muchas emociones, pero queda una etapa y nos dormimos pronto.
