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ETAPA 259 DONJI MILANOVAC-GOLUBAC

56KM 300+

Nos acostamos con el sonido de los grillos y con vistas a una media luna naranja que se mete por el horizonte, la pena que no lo hace por el lado del Danubio, porque la imagen reflejándose en un agua tranquila habría sido bien chula. Dormimos bien, sin ruidos, el problema de ducha en la parcela hace que seamos los únicos a parte de la familia. Nos despertamos con los gallos, desayunamos tranquilos mirando el Danubio y recogemos todo. El chico que nos dejó dormir se ha marchado temprano con lo que no podemos despedirnos más que del padre que desayuna tranquilo en la terraza. Como no habla inglés lo hacemos con gestos y sonrisas, toca aprender las fórmulas de cortesía serbias.

Bajamos la cuesta hasta la carretera, la visión algo elevada del Danubio se pierde en instantes y de nuevo estamos a ras del agua. Por la razón que sea hoy hay más tráfico que el día anterior y no hay arcén. Aunque hemos pasado las mejores vistas del desfiladero sigue siendo espectacular. Los primeros kilómetros son llanos, pero toca la única subida del día casi al comienzo. El gps marca que habrá casi 900+, pero intuyo que habrá mucho túnel y que el dato está confundido. La razón por la cual se vuelve loco con los túneles no la sé. Por si acaso nos hacemos a la idea de que habrá desnivel y si luego hay mucho menos, mejor. La subida se separa del río y nos mete hacia una zona de parcelas cultivadas. Subimos 3km y desde el alto tenemos una panorámica de una zona rural agrícola, pero pronto bajamos hacia el río y regresamos al desfiladero. Pasamos uno, dos, tres, hasta veinte túneles cortos. En la actualidad, con la tecnología que hay veo viable construir estas infraestructuras, pero cuando hemos ido por zonas de montañas en países de Sudamérica o Asía, con túneles excavados en la roca, imagino la dificultad y la cantidad de muertes por desprendimientos. Sea como sea, nos beneficiamos y tenemos un perfil llano pegado al río.

Por un lado tenemos la pared y por el otro el río, pero la maleza previa nos lo oculta. Seguimos viendo decenas de caravanas llenas de polvo como casetas pegadas al río. En realidad uno puede pensar, vaya suerte, una terracita en pleno Danubio, pero la realidad es, una carvana, que está al otro lado del quitamiedos de la carretera, con todo el tráfico pasando constantemente, metida entre la maleza y que con unas maderas o tierra tienen un trozo donde estar. La mansedad del agua hace que se acumulen muchos musgos y restos en los laterales. A nosotros lo que es no nos dan mucha envidia. Puedes pasar un rato, pero que sea tu lugar de escapada es otra cosa, más bien parece el lugar de castigo.

Entre túnel y túnel nos cruzamos con otro cicloviajero, y por las justas nos saluda, sigue su camino. El día anterior, sentados en el parque de Donji Milanovac, nos ocurrió lo mismo. Vimos otro cicloviajero, nos alegramos e hicimos amago de querer saludarlo. En nuestro caso hemos visto muy pocos en los últimos meses. Nos quedamos en el amago, porque el cicloviajero sigue su camino y ni siquiera saluda. Hay veces que uno está viajando con su bici, está lejos de su casa y se siente exclusivo, poderoso en la imagen de ser alguien que ha llegado en bici hasta allí. El hecho de ver a dos personas que han hecho lo mimso, le quita mérito a su hazaña y prefieren ignorarnos. Intuyo que habrá algo de ego o poca capacidad social, no sabemos.

Entre reflexión y reflexión hemos hecho 30km, donde no habíamos pasado ni un pueblo y llegamos a uno con una cafetería que parece una granja. Están sin luz, pero pueden hacernos café, suficiente. Justo al lado hay un grupo de húngaros y la mujer ha vivido en España. Es increíble la de gente de Europa del este que ha vivido en nuestro país. Después del descanso nos queda la mitad de la etapa, hoy es corta. Y por fin una persona en bici viajando que se para, es Marie, una jubilada francesa que ha descubierto esta manera de viajar tarde. Sonriente nos cuenta como ha viajado por el camino francés y del norte por nuestra tierra. Conoce Pamplona y se lleva nuestro contacto por si regresa. “El año que viene quiero irme a Cabo Norte para celebrar mi 65 cumpleaños”. Delgada, con una camiseta de tirantes y unos brazos morenos de un verano en bici. El día anterior veíamos un grupo de jubilados en la cata que se veían realmente viejos y hoy una jubilada con desafíos viajando en bici. Deseamos dentro de veinte años ser ella. La vida da muchas vueltas y no sabemos como estará el mundo en dos décadas, por si acaso disfrutamos este viaje.

Pedaleamos fácil por la orilla del río hasta que vemos las tres torres del castillo de Golubac. Nos hacemos la foto para el recuerdo y pasamos por debajo por el túnel cavado en la roca. Decenas de turistas pasean por sus jardines y un parking lleno de autobuses marca la entrada. Hace calor, es casi la hora de comer y el cuerpo nos pide acabar la etapa. Conforme llegamos a Golubac vemos cientos de barquitos de vela aprendiendo a navegar. Más que un río, dada la anchura que tiene en esta zona, la más ancha del río en todo su curso, 6km, parece el mar. Hasta tiene una isla. La mayor parte del río pertenece a Rumanía. Pasado el castillo comienza la garganta de Derdap y las puertas de hierro que hemos disfrutado los dos días. El sol, los optimist (veleros pequeños), la gente tomando el sol, el olor casi a mar, nos transporta a días de pedaleos paralelos al océano.

Cuando entramos en Golubac buscamos dos sitios, un supermercado para comprar comida para dos días, ya que el apartamento que hemos reservado está a 3km. Pero tenemos hambre, así que primero a satisfacer el estómago. Hay un sitio de comida rápida cerca a precio decente. Aparcamos las bicis al solazo, las maletas están blandas del calor. Me preocupa el ordenador y las medicinas, pero hay que asumir que con estas temperaturas no podemos escapar de eso. Dentro baja algo la temperatura, es un local pequeño, una barra con vitrinas y comida hecha, detrás una plancha donde una chica muy amable nos toma nota, una especie de hamburguesa local con patatas. No hay mesas, son dos barras pegadas a la ventana desde donde vemos nuestras bicis achicharradas. Hace algo menos de calor que fuera, pero sigue siendo caluroso, así que comemos chorreando sudor por la frente, la camiseta se va humedeciendo y nos brilla el cuello. Este lugar no es apto para una persona con traje y camisa que quiera causar buena impresión. Después de eliminar toxinas mientras comemos buscamos un supermercado. Todo son tiendas pequeñas de un pueblo algo turístico, son caras y con mal género. Compramos todo en tres tiendas, lo ponemos sobre la bici y vamos hacia nuestra casa que está a las afueras. Antes de salir vemos una tienda donde las verduras y las frutas tienen muy buena pinta, pero el no saber es lo que tiene. Dejamos el Danubio a la derecha y nos metemos por un camino que lleva a una urbanización. Ahí hay una casa con varios apartamentos. Es muy habitual que gente particular anuncie sus casas. La verdad que es un lugar super chulo, la casa está muy bien y a buen precio.

No sabemos si es el calor o que nuestro cuerpo cada vez recupera peor, pero nos echamos una siesta de las buenas. El resto de la tarde nos quedamos tranquilos y dejamos la labor de oficina para el día de descanso. En un día intentaré actualizar la web de Rumbos con el proyecto de Ucrania ya finalizado, solicitar alojamientos que vienen, arreglar el radio que se me ha roto y buscar una tienda en Belgrado que me lo ajuste, escribir esta etapa y si me da tiempo, comenzar a escribir una reflexión sobre Ucrania desde la visión de un civil que viaja en bici. “Mis días de descanso”. 

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