84KM 645+
Cenamos las salchichas que nos trajo la señora y cuando va a oscurecer montamos campamento, elegimos el lugar que creemos que es más plano y con menos bultos y cuando ya tenemos todo montado, a punto de cerrar la cremallera, se enciende la luz de la única farola que hay en ese lugar, justo encima de nosotros. Se hace de día. Ya no tenemos ganas de desmontar todo y movernos a otro lugar, así que tocará dormir como en Islandia en pleno verano. La verdad es que descanso poco. Conforme el sol asoma, hacia las 6:00, ya comienzan a llegar carromatos de caballos y coches a rellenar garrafas de agua. Aunque no hablamos rumano, llegamos a entender palabras como “acampados, españoles, dormir…”. Nos ponemos a recoger todo antes de las 7:00 y se nota la que hace tiempo que no lo hacemos por unas razones u otras y nos cuesta una hora.
La mañana es fresca, pide ponerse chaleco y manguitos, pero resisto para no sudar más de lo necesario. La carretera está tranquila. Todo son campos de cereal, pero la diferencia es que al final hay una especie de colinas que lo entrecomillan y aportan un poco de verde al paisaje. Desde que salimos hay casas todo el rato. Algunas absurdamente grandes, muchas de ellas en construcción. Muros, videocámaras, son casas que no están ocupadas todo el año, intuyo que son de los rumanos que viven en otros países de Europa y tienen esta para el verano, para volver con la familia. Una detrás de otra.
De momento no hay mucho desnivel, vamos disfrutando del paisaje y del silencio matutino y nos marcamos Argetoaia como primera parada a los 18km. Ahí se desvía la carretera para ir hacia Drobeta Turnu y aunque tiene parte de camino, es mejor que hacer 10km y casi todo por la principal. En estos pueblos rurales, las tiendas o los bares son el lugar de encuentro. Paramos en un ultramarinos que sirve café y ahí están ya varios parroquianos, fumando, todos. Se sorprenden de vernos, con gestos les hacemos ver que venimos desde España, se acercan a comprobar que la bici no tiene motor. Justo la chica que regenta el negocio ha vivido en España de temporera. Se alegra mucho, no nos permite pagar los cafés y nos deja comer nuestra comida en las mesas. Somos el tema de conversación, todos los ojos puestos en nosotros. La mayoría de rumanos habla idiomas, ya que en cada familia alguien ha emigrado para trabajar. Pasamos un buen rato, pero tenemos que seguir. Esto no me cansaré de decirlo, estas experiencias sólo las vives viajando en bici, imposible de otra manera, de mochilero irás en bus de ciudad en ciudad, no escogerías este pueblo para detenerte, con coche alquilado quizá vayas por esta carretera y te detengas, pero te pasará una de cada mil, en viaje organizado de hito en hito, y sólo la bici te llevará por estas carreteras y podrás conversar con la gente local. Además está la historia de que en estos entornos alejados de lo turístico, eres como una estrella fugaz que llama la atención y de repente tomas volumen y recibes el cariño de la gente. Tiene momentos duros, pero compensan con creces los buenos.
Desde ahí la carretera está recién asfaltada y son menos kilómetros de tierra de los esperados, pero son los más duros desde que llegamos a Europa, rampas del 14% con pista de gravilla y a Sheila le toca empujar bici. Pasamos por zonas de casas muy rurales, con sus cabras, vacas, pozos de agua y casas de madera. Sudamos las gota gorda hasta que llega el asfalto y no queda otra que parar un poco a tomar aire y comer un poco. 12km desde el desayuno y nos ha costado hora y media. A las afueras de las casas suelen haber bancos donde la gente sale a charlar a la tarde. Elegimos unos que están a la sombra, comemos un melocotón y vemos lo que nos queda de etapa. Todavía 55km, subiendo otros 35km poco a poco. La cosa es que ha comenzado a hacer un viento criminal en contra. Nuestra cabeza piensa en ir directamente hasta el Danubio y comer por la zona parte de esas reservas que nos han traído. Pero una cosa son los planes y otra es lo que el clima te permita.
Desde ese banco donde hemos repostado un poco salimos con ganas y las pedaladas iniciales son energéticas, pero un viento constante de más de 35km/h pone a uno en su sitio. Aunque la carretera está para nosotros y podemos ir en paralelo, no queda otra que ponerme delante y parar el máximo viento a Sheila. La carretera sube poco a poco. Hace unos días estábamos a 1000msnm en Predeal y ahora lo máximo son 300 metros, pero parece más porque el río Danubio lo vemos abajo a la izquierda. Alguna columna de humo tumbada por el viento de campos de cereal y que parece un incendio descontrolado a lo lejos. Nada comparado con lo que están viviendo en España este verano. La carretera tiene unos hitos de marcación enormes desde que entramos en Moldavia y en este caso cada cien metros otro de cemento, con ese dinero gastado en poner una marca cada cien metros, seguro que se pueden hacer cosas más útiles. No sólo es un malgasto, si no que hace la etapa eterna, ves pasar los kilómetros a cámara lenta. A los 10km veo que tenemos que parar antes. Tenemos Plopi a otros 10km y le digo a Shei que pararemos a comer ahí. Su cara lo dice todo, está agotada.
Cuando por fin llegamos a Plopi, parece un pueblo abandonado. Alargado a ambos lados de la carretera, esas casas de veraneo rumano. Paramos casi en la última, tiene un buen banco. La valla que rodea la casa es negra con la palabra Armani en dorados por todo. A punto de sentarnos salen los dueños. Son jóvenes, hablan francés, porque viven en Valenciennes, en Francia, cerca de Bélgica. Lo primero que hacen es saber si necesitamos algo, nos sacan agua, nos ofrecen comer en su casa. Les decimos que con descansar un poco en el banco es suficiente. Al rato salen y nos piden que pasemos, así que entramos y les decimos que con comer en la mesa del jardín es suficiente. Tienen tres hijos y mientras comemos, uno de ellos se sienta con nosotros. Les damos peras y ciruelas, ya que tenemos muchas del día anterior. Comemos tomates y algo de embutido y al rato Laura, la chica nos saca dos cafés con pastas. No deja de sorprendernos la hospitalidad de la gente con dos desconocidos. Son lecciones que espero que aprendamos bien. Nos despedimos de ellos, agradecidos y con algo de fuerzas para afrontar los quince que quedan de subida.
Cruce a cruce vamos llegando hasta el punto más alto de día desde el que hay un camino de tierra que conecta con la carretera paralela. Es una forma de evitar más tramo de carretera nacional. Desde ahí bajada entre bosque y un tramo que nos recuerda a la bajada que hay de Olleta hasta el restaurante el Maño, sólo los navarros de esa zona sabemos de que hablo. Vemos el Danubio inmenso a la izquierda, si ahora baja seco, no sé cómo estará en época alta. Conforme nos acercamos al cruce se ven camiones y coches pasando en ambos sentidos, regresamos a la normalidad y al estrés. Pero le sumamos el viento en contra y muchas ganas de acabar etapa. 8km de doble carril, sin arcén que nos tensan todo el cuerpo. ¡Qué ganas de entrar a Drobeta Turnu! Cuando por fin entramos hay algún carril bici y callejeamos hasta la casa donde está el apartamento que hemos reservado. Un quinto y no tenemos el chip que activa el ascensor. Así que un viaje lo hago aprovechando que un vecino llama desde arriba y me bajo en el quinto, otro gracias a un vecino que nos ayuda y para rematar los 84km con viento, subimos las bicis al quinto.
Antes de relajarnos y ducharnos, vamos al super que está a 1,5km para comprar cena y desayuno y ya sí, toca ducha y descanso. En Drobeta Turnu pasamos otro día para ir preparando las siguientes etapas, el artículo 16º del viaje. Es una ciudad industrial, pegada al Danubio, tiene una catedral ortodoxa construida hace 25 años, nueva, con esa decoración característica, recargada, de dorados y muchos dibujos donde predomina el azul, pero es bonita de ver. Cerca está el teatro y en él hay una biblioteca donde pasamos la mañana para poder poner al día todo. La ciudad es fronteriza, en 13km pasamos a Serbia, nuevo país, pero eso es otra crónica.