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ETAPA 254 BRAN-PREDEAL-BUCAREST

42KM 600+

A las 6:30 suena el despertador, hay que hacer la tarea, no queremos ir acumulando. Nos asomamos a la ventana y las lluvias anunciadas, de momento se quedan en amenaza. Con lo que escribo rápido la etapa del día anterior para no salir muy tarde, el vídeo lo dejo para el tren, que tendremos dos horas hasta Bucarest. Lo bueno de hacer tiempo nada más levantarte es que desayunas con más ganas. Mientras escribo Shei prepara unos huevos revueltos con salchichas en el piso de abajo, por supuesto, el dueño ya está en danza, abriendo ventanas para que no huela y dando instrucciones de como cocinar para no manchar. Desayunamos con calma, pero mirando el cielo. Cuando acabamos, bajamos todas nuestras cosas y el dueño sigue insistiendo que para tomar el tren a Bucarest mejor ir a Brasov. Da igual las veces que le hayamos dicho que queremos ir por otra carretera que hay un puerto de montaña y que ya hemos estado en Brasov. Tiene ganas de hablar y no hay manera de despedirse, “dejarme buena crítica, ¿no queréis un café?, lo mejor es que compréis en el kaufland porque fuera hay puestos de comida cocinada, la lluvia moja…” Mientras bajamos la cuesta embarrada por la lluvia, sus palabras siguen sonando, enganchadas a nuestras espaldas, ha costado desprenderse.

Pasamos de nuevo bajo el castillo que nos vampirizó 50€, al final si que tenía relación con Drácula. El día está de lluvia, pero creo que sobreviviremos. Un día antes 13km se nos hicieron eternos, durísimos, no pasábamos de 14km/h. Hoy el falso llano es a favor y no hay viento, volamos a casi 30km/h. No os podéis imaginar la de veces que ocurre esto, si hubiéramos ido en sentido contrario la etapa habría sido un paseo. Recuerdo el proyecto que hice in Livingstone, mientras cruzábamos Zimbabwe, todos los días parecía que subía, nos costaba un horror avanzar y cada crónica ponía que era raro, parecía llana, pero sentíamos que subíamos. Un amigo me escribió que a ese ritmo tenía que estar en el Everest. Uno de los días probamos a ir en dirección contraria y la velocidad aumento 15km/h sin esfuerzo. Saqué el perfil y era un triángulo perfecto desde Mozambique hasta Harare.

Resultado, llegamos hasta Rasnov muy rápido, regresamos al pueblo del día anterior, pero en vez de subir el puerto hacia Poiana Sarata, elegimos otra carretera que lleva hacia Predeal. El problema es que en el cartel también pone Bucarest y nos tememos lo peor. Comienza el puerto con un barrio de Rasnov de una comunidad gitana, por supuesto hay buenos coches, pero también nos adelantan varios carros tirados por burros. Es como mezclar el siglo XIX con el XXI en un mismo escenario. Tenemos 15km de subida suave hasta 1100metros. La carretera es secundaria, va subiendo por un valle, con cultivos a ambos lados, pero nuestro presentimiento de que nos íbamos a encontrar muchos coches camino de Bucarest es una realidad. Un día de paseo silencioso, de nuevo convertido en un tormento de camiones y coches queriendo adelantar a toda costa. Incluso los carros con burros se arriman por la tierra del arcén. No queda otra que asumirlo. A falta de 7km para la cima dejamos los pueblitos del llano y comienza una sucesión de eses hasta la cima. La subida es bien chula. Justo le ha bajado la regla a Shei y dice que parece que sus piernas son de otro cuerpo, que las siente pesadísimas. A falta de un kilómetro hay una especie de cafetería sin clientes, pero que está abierta, entramos y hay tres hombres fumando que parecen del proyecto hombre, les faltan dientes, cara cerúlea y delgados. “Cuánto vale un café?”, “Tres euros”. Sin bajarnos de las bicis, damos media vuelta y nos vamos. “Es el precio” dice, pero no estamos en lo alto de una montaña, es una carretera cerca de pueblos donde el café vale la tercera parte. Así que le dejamos de nuevo sin clientes, fumando y charlando los tres, ha intentado sacar dinero a los turistas y se ha quedado sin nada. El último tramo está en obras y adelantamos filas de coches hasta una cima que simplemente es el alto, no hay un lugar donde parar ni nada que parezca que has llegado a un paso a casi 1200 metros.

Hay un poco de bajada por bosque y llegando al cruce para ir a Predeal hay una atasco de 2km, a duras penas pasamos por el lateral y a ratos por el centro cuando no suben coches. En el cruce los coches siguen atascados hacia Bucarest y desde Predeal. Varios kilómetros. Justo hoy era el día de ir en bici y sobre todo hacia Predeal que no hay atasco en nuestro carril. Llegamos a un pueblo entre montañas, bonito y vamos directos a la estación de tren. Parece casi abandonada, esos grises con humedades y un edificio de espejos con el azogue desgastado que dan aspecto de viejísimo. Nos sentamos dentro, pedimos dos cafés, comemos un poco y editamos el vídeo de la etapa anterior. Nos queda un buen rato hasta que llegue el tren. De vez en cuando salen mensajes en rumano e inglés, pero no se entiende nada, le preguntamos a la de la taquilla con el móvil y por las justas sabe si le toca respirar o no, así que cercanos a la hora preguntamos a la gente que espera si van hacia Bucarest para saber el andén. Nuestro problema son las bicis, son pesadísimas y si hay que subir o bajar escaleras necesitamos tiempo para saber el lugar y llegar. Por suerte es el en primero y no habrá que hacer esfuerzos extras. La estación tiene un tren parado con decenas de vagones de transporte de combustible, con buen ojo, buena luz y buena cámara, las estaciones tienen un universo de fotos.

A las 14:45 llega puntual el tren, subimos rápido, colocamos las bicis y nos dejan sentarnos al lado, aunque nuestros asientos están en otro vagón. El chico que lo hace es venezolano y en castellano todo es más fácil, para colmo vive en Salamanca. Dos horas de tren viendo pasar el paisaje hacia atrás, bastante verde y en poco tiempo muy llano con campos cosechados, hemos bajado rápido. Llegaremos a una ciudad a 70 metros sobre el mar en pleno Danubio. Poco antes de las 17:00 llegamos a la capital de Rumanía. Decenas de líneas de tren en la estación del norte. Miles de pasajeros para todos los lados, mirando los carteles de las próximas salidas, comprando billetes, comida y esperando. La estación tienen un aspecto abandonado, carteles de hace cincuenta años descoloridos, las ventanillas viejas, la estructura metálica descolorida, tiene su encanto, pero imaginaba una estación más moderna. Antes de salir queremos asegurarnos los billetes para salir de Bucarest en tres días. En información dicen que ningún tren lleva bicis hacia donde vamos, quizá alguna empresa que no sea del estado. Vamos de ventanilla en ventanilla y todas dicen que no van a esa ciudad que les marco. Miro en internet billetes con bici y me marca una compañía a la que ya he preguntado. “¿vais o no vais a Rosiori Nord?”, “si”, “¿y por qué me has dicho que no?”, levanta los hombros y pone cara de porque me da la gana. Le muestro el billete que quiero comprar y me dice que no. “¡pero si sale en internet, ¿me lo puedes vender?”. La chica está de que no, una pasajera que habla inglés, le pregunta que queremos para el 16 de agosto a las 15:00 y sigue diciendo que no. Hasta que la chica de la otra taquilla me llama y me dice que si es posible y me lo vende al momento. “esta cansada”, esa es la excusa, pero más vale que hemos seguido preguntando, que hemos visto el billete en internet y que hemos insistido. Lo normal es que una personas se hubiera ido de la estación pensando que no hay billetes para salir de la ciudad. Lección: “no hacer caso algunas veces, porque al otro lado del cristal, puede haber un imbécil amargado que no quiera hacer su trabajo”.

Salimos de la estación a una ciudad en obras, tratamos de bajar las pulsaciones de los nervios que nos ha provocado la tía del la estación. Pero la ciudad de nuevo nos sube las pulsaciones. Toca llegar a nuestro alojamiento a 5km. Callejeamos y ya intuimos una ciudad de avenidas grandes, poco carril bici, mucho coche y muy monumental. Llegamos hacia las 18:30 al sitio que hemos reservado y las instrucciones que nos han dado no son muy claras, le mandamos mensaje al chico y viene de malas maneras y nos trata como estúpidos. Después de la estación lo que apetece es darle un puñetazo, pero como queremos dejar las cosas y descansar toca comerte el orgullo. “Vuestras bicis se quedan en la calle, en ningún sitio del mundo dejan meterlas dentro”. Llevamos casi 300 alojamientos en el viaje y 99% de las veces entran a la habitación y con sonrisa. Así que le explicamos que son importantes. Llega la respuesta de siempre: “hay cámaras” y la nuestra de siempre: “las cámaras no evitan que se lleven las bicis, solo ver como las roban y luego ya nos las recuperamos”. La casa tiene terraza y no nos deja ponerlas ahí, nos dice que las pongamos en un restaurante que hay al lado donde puede pasar cualquiera, “¿pero ya están seguras aquí?”, el tío se da la vuelta, vuelve y me dice que ha cancelado la reserva y nos deja en la calle a las 19:00 de la tarde. Un maleducado, poco empático y encima impaciente. Respiro hondo, pero tiene un bofetón el tío que no os lo imagináis. Camiseta de tirantes, gafas de policía, y chancletas, en cualquier playa del mundo, un flipado enamorado de si mismo. Así que toca buscar un sitio para tres noches en Bucarest y sin dejarnos un pastizal. Por supuesto nos sale más caro, pero no queda otra. Otros 2km más hasta un lugar más céntrico. Un piso pequeño donde metemos todo en varios viajes y ya toca relajarse. Nos vamos a comprar algo para desayunar, comemos algo en un chino que tiene descuento por quedar los restos y nos metemos a dormir que ya hay ganas. 

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