77KM 545+
Antes de irnos a la cama, los perros ladran, miran hacia la derecha de la ventana, no veo más allá de la pared del edificio y en mi cabeza dibujo un oso que aparece y camina lento por el camino. Sheila me pide que cierre la ventana, que no salga el olor de la comida. La puerta del edificio está cerrada, la del cuarto y la imagen del oso está tan metida que lo ves por todos los lados. Bromeo con Sheila, “¿te imaginas que sales al pasillo porque escuchas un ruido y lo ves salir de un cuarto con una toalla en la cabeza después de la ducha? Anda relájaté”. La tensión a Shei le dura lo que le deja el cansancio, a los segundos de apagar la luz se escucha su respiración fuerte, ya se ha dormido. Yo leo un rato hasta que mi cansancio, que es más perezoso aparece para dejarme dormir.
Los perros no han ladrado más que una vez, así que la noche ha sido tranquila. Desayunamos algo de pan con nocilla y café frío. Preparamos las bicis y dentro del hotel y salimos poco antes de las 8:00. Pasa el jardinero, que nos mira con cara de dónde han salido estos si el hotel está vacío. Pero sigue con la carretilla y no nos hace mucho caso, así que nos despedimos de los perros y salimos a la carretera. A los 500m está la fuente que salía en el mapa, agua helada que sale de dos tubos de la pared. No sabemos como de potabilizada está, le metemos dos pastillas por si acaso a los 4 litros. Siempre cabe la duda de que haya animales muertos o vivos que defecan de donde procede el agua y no es bueno arriesgarse por muy limpia que parezca el agua.
Desde ahí tenemos 7km subiendo ligeramente por una carretera de bosque, acompañando un riachuelo, con el sol metiéndose entre las hojas y más frío del esperado. Ese punto en el que no puedes abrigarte mucho para no sudar subiendo, pero que tienes frío porque vas escaso de ropa. Seguimos con el tráfico constante incluso de camiones. Tratas de aislarte para disfrutar de esa subida matinal entre árboles, pero es difícil. Pronto llegamos hasta Oituz, un pequeño pueblo con sus casas de techos a cuatro aguas, inclinados, parece nórdico. Nos sorprenden decenas de puestos de venta de pan con giros y un postre típico húngaro que se llama Kurtos. Es una zona muy turística y se preparan para el paso de los coches. Los puestos humean y porque hemos desayunado y ahora viene el puerto, si nos pilla más adelante habríamos comido.
Justo en ese sitio comienza un puerto de 6km suaves con curvas de 180º y va ascendiendo por un bosque que nos recuerda mucho a carreteras de Navarra, podría ser Mezquiriz tranquilamente y de repente tenemos la sensación de estar en casa. Es una lucha entre la nostalgia, sentirte cerca y a la vez saber que es implica el final de un viaje. El puerto es fácil y se deja conquistar sin cansancio, sin jadeos, disfrutando cada pedalada. Echaba de menos esa felicidad de pedalear por un lugar y saber que no hay mejor lugar que ese para estar. Llevamos muchas etapas sin grandes paisajes, la experiencia es increíble, el viaje, el contacto humano, pero el esfuerzo diario de montarte en una bici y hacer seis horas de etapa necesita la recompensa de un paisaje único que hace tiempo que no se nos brinda. Quizá este puerto es lo más bonito que hemos visto desde nuestra llegada a Europa y todo cobra sentido. Si quitamos el tráfico sería perfecto. En el alto hay un camión azul antiguo, todo el lateral son cajas de colmena, dentro tiene un espacio para vivir. El señor vende miel en una mesita con varios botes al borde de la carretera. El alto está casi a 900 metros de altitud, hacía mucho que no pasábamos de los 200. Nos abrigamos un poco para la bajada y nos lanzamos al otro lado. Rápidamente llegamos a la llanura y nos sorprende que de nuevo nos encontramos con grandes extensiones y llanuras de cereal. Pensaba que ya no íbamos a dejar los bosques, pero sólo ha sido una pequeña cordillera montañosa.
Pedaleamos por una zona rural en la que se sucede un pueblo tras otro, aparece el cartel que tacha un nombre y a los cien metros aparece el nuevo. Cuando llegamos a Lunga, bajamos de las bicis y nos hacemos la foto de los 18.000km de rumbos olvidados. Ya no sé si son muchos o pocos. Tengo la sensación de que avanzan lento y de que no son tantos. El día es soleado y el viento de nuevo está en nuestra contra. Cerca tenemos Turga, un carril bici nos salva 500 metros del tráfico y de nuevo formamos parte del tráfico. Circunvalamos la ciudad y paramos casi a la salida para tomar un café y descansar un poco. Llevamos casi la mitad de la etapa. Sentados al lado de los carros en el supermercado una pareja se acerca alegre, son Federica y Tibut, suelen viajar en bici y el año que viene planean un viaje de dos años. Charlamos sobre consejos, ideas, nos gustaría poder comentar muchas cosas, pero tienen que marcharse. Hace ilusión encontrar personas con la misma pasión por viajar en bici y compartir la experiencia es muy gratificante. Nos hablan de su plan de hacer la panamericana y nos da envidia. El viajero jamás estará satisfecho, siempre quiere conocer más. Llevamos tanto tiempo en este viaje que se ha vuelto parte de nosotros, es nuestra forma de vida y cuando alguien te habla de un viaje en bici, comentas que vaya envidia, como si nosotros no estuviéramos inmersos en uno. Hemos perdido totalmente la lógica del espacio y tiempo.
Desde ahí nos toca otro de esos finales de etapa pestosos que no aportan nada. Regresamos a una vía algo más principal que va hasta Sfantu Gheorghe. Rectas de cereal cosechado con un tráfico intenso. Por momentos no podemos creer que pasen decenas de coches seguidos como si fuera la Castellana de Madrid. Además hace mucho viento en contra y se convierte en una contrarreloj hasta la ciudad. Se hace muy pesado y largo. Sé que lo menciono mucho la cantidad de tráfico, pero cuando viajas en bici hay factores que determinan mucho la felicidad de la etapa, puede ser la lluvia, el viento, el estado del asfalto, el paisaje o el tráfico. Todos pueden hacer que una etapa sea una pesadilla o un día inolvidable. El tráfico siempre te saca de la etapa, te tensiona. Sheila me grita “tengo el cuello agarrotado del estrés”. Sé que suena extremos, pero muchas veces piensas a ver cuando uno de esos coches te llevará por delante. Pasan rozando a gran velocidad, algunos pitan porque les molestas, pero no puedes desaparecer. Quiero pensar que vamos a encontrar carreteras secundarias que nos den la paz de la bici que buscamos.
Por fin llegamos a Sfantu y nos paramos en un supermercado, primero comemos algo y pensamos cual va a ser el menú para dos días, ya que dormiremos en una tiny house con una familia a las afueras y no hay tiendas. Después de la comida y de hacer la compra el cuerpo nos pide tirarnos en un jardín, pero hacemos el esfuerzo de rematar la etapa. Antes de marcharnos un grupo de gitanos salen del supermercado. La madre lleva un niño de meses en brazos y enciende un cigarro en su cara, el padre le arranca una cerveza de la mano y le da un empujón. Se marchan todos fumando, bebiendo y piden a la gente que sale del supermercado. Aquí también está siendo un problema, sobre todo porque no escolarizan a los niños y los usan para pedir por la calle.
Llegamos a Sancraiu una zona con varias casas, sin tiendas, sólo parcelas. Nos espera Beci en la puerta de una parcela con grandes cuestas de tierra, varias plataformas donde tiene un invernadero y en el alto una casita pequeña de madera donde viven con su hija fani y dos perros. Independientes de la electricidad y agua de pozo y lluvia. El lugar para nosotros es perfecto. Son una pareja joven. Ronda los treinta y tienen las ideas muy claras. La hija a pesar de no tener dos años habla, camina, juega, ayuda en la cocina, saca y lee sus libros, es super autónoma. Pasamos la tarde y el día de descanso con ellos. Muchos temas de conversación sobre la geopolítica actual, sobre la realidad que hemos vivido en África, en Europa o América. Muy a gusto y agradecidos por acogernos dos noches. Quizá algún día tengamos un espacio y una casa como esa. De momento daremos pedales y pensaremos en ello.