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ETAPA 251 ADJUD-POIANA SARATA

73KM 510+

El día anterior paseando por Adjud para comprar la comida hay bastante viento, los árboles son zarandeados y pensé ojalá no amanezca así mañana. Además se está mejor en la calle que en la habitación, que por la razón que sea hace unos quince grados más que fuera, la máquina de aire refresca algo, pero mete mucho ruido. Del baño mejor no hablamos que parece una especie de cabina al Sáhara o sauna finlandesa. Así que la noche nos la pegamos tirados sobre la cama, sin rozarnos y sudando. La máquina de aire la apagamos porque mete más ruido que un congelador industrial. A las 6:30 suena el despertador y ya hemos quitado unas cuantas toxinas durante la noche, con la piel limpia como el cutis de una influencer nos preparamos para la etapa que nos meterá de lleno en los Cárpatos orientales. Desayunamos fuerte, cereales con yogur, frutas y café. Bajamos todo a la zona de comedor y salimos a una mañana fresca, casi hasta pide chaleco. Al otro lado del muro los árboles nos saludan de lado a lado, confío que nuestra dirección sea a favor del viento.

Montamos todo, abrimos la verja y el viento es más fuerte de lo esperado y en contra, quizá top tres del viaje. Salimos dirección noroeste hacia una recta que nos lleve a Onesti que está a 38km. Hay algo que no entiendo de Rumanía, cuanto más pequeña es la carretera más tráfico hay. Es domingo, 8:00 de la mañana y vamos por una secundaria sin arcén. Lo normal sería ir solos, en paralelo y charlando tranquilos, pero toca ir en fila india, si le sumamos que hace un viento enorme, nos aislamos y no queda otra que ir uno detrás de otro hasta Onesti. Por suerte días como estos no hay muchos donde ni siquiera puedas hablar. Seguimos viendo campos cosechados pero ya intuimos montañas de bosques al fondo, algo es algo. Desde que entramos en Moldavia no hemos tenido un paisaje reseñable, de hecho, llevamos tanto tiempo sin días que se fijen en la memoria que se lo comento a Shei. “¿Te das cuenta que desde que llegamos a Europa, ya sea por las lluvias, la guerra o el paisaje llano de cosechas, no hay etapas que nos hayan dejado una muesca en la cabeza?” “Ahora que lo dices, es verdad”. Los primeros días por la lluvia que nos hacía desear acabar cada etapa sin disfrutar del paisaje, luego fue Ucrania donde ver carteles de fallecidos, funerales, alertas de guerra nos ponía la mirada en otra cosa, el paisaje pasaba a segundo plano y la guerra ocupaba todo el disco duro Y cuando entramos en Moldavia, las llanuras, las malas carreteras y la falta de árboles, nos dejan algo indiferentes. Necesitamos etapas que nos marquen y comenzar con ese vientazo no ayuda a querer disfrutarla.

Entramos en Onesti que es más grande de lo esperado, paramos en la rotonda que desvía nuestra ruta hacia los Cárpatos. Nos sentamos a los pies de una pastelería que vende hacia la calle. Salado, dulce y café. Increíble que después del desayuno que nos hemos metido tengamos hambre en menos de tres horas. Estamos sentados en la calle, la gente pasa por delante nuestra y de nuevo somos invisibles. Pasan varias mujeres con vestidos largos, con pañuelos en la cabeza como si fueran zíngaras. Parecen gitanas, de hecho creo que aquí también hay un alto porcentaje que está en situación de vulnerabilidad, pero están más integradas que en otros lugares de Europa. Los gitanos al contrario de lo que se piensa no vienen de Rumanía, aunque se les llama Romas, surgieron en la zona de la India y su lengua era el romaní. Llegaron al imperio bizantino en el siglo XI y a Europa central en el siglo XIV, a España siglo XV.

Arrancamos hacia los Cárpatos, el viento ya no sopla tanto y de repente el paisaje evoluciona hacia bosques, colinas, y un horizonte más atractivo. Ese pensamiento de que de momento no tenemos una etapa que se nos haya fijado, se borra de repente. La pega es la absurda cola de coches permanente que no deja terminar una frase. Las conversaciones se hacen eternas y no queda otra que respirar profundo. El perfil pica hacia arriba ligeramente, no hemos tenido una cuesta reseñable en todo el día, pero sumamos positivos poco a poco. Por el camino vemos varias zonas de acampada al lado del río, grupos de domingueros haciendo barbacoas. Nos queda un buen rato para terminar etapa, pero nos emociona la idea de dormir al aire libre en plena naturaleza. Nos marcamos Poiana Sarata para abastecer y a partir de ahí buscar sitio.

Por todo el recorrido hay pueblos que se extienden a lo largo de la carretera, con sus iglesia ortodoxas, muchas de ellas de nueva construcción y eso habla de su sentimiento religioso. Las casas son enormes, en casos roza lo hortera, algunas son enormes, con techos brillantes, puertas con dorados y muchas columnas. Siempre me he preguntado de donde surgen los gustos por culturas, qué hace que en algunos sitios sientan atracción por motivos que en otros lugares provocan rechazo. En nuestro caso, somos más nórdicos. A los 70km llegamos a Poiana Sarata y compramos en la única tienda que tiene el pueblo, dos locales bastante ebrios nos saludan en un inglés gracioso. Las verduras que hay dejan bastante que desear, pero algo rescatamos. Tomamos un refresco y nos lanzamos a por nuestra zona de acampada. Quiero llegar a un lugar que sale que hay una fuente en la carretera para repostar agua potable. La ducha la haremos en el río.

Al salir del pueblo vemos un restaurante que tiene un logotipo de tienda de campaña entre sus símbolos. Por alguna razón entro para preguntar si nos pueden dar información. La terraza está a tope de gente, es agosto y todo Rumanía está moviéndose de un lado para otro. Un hombre que trabaja nos niega con la cabeza al preguntarle. Nos habla en inglés “Aquí hay muchas cervezas”, o eso es lo que le entiendo yo, pensando que la terraza está llena y es fin de semana, pero cuando dice que dormir es peligros me doy cuenta de que habla de osos. “Ayer tuvimos que desalojar, no podéis dormir al aire libre”. Así que quizá hemos entrado por alguna razón. Habla con su jefe y nos dejan dormir donde el hotel aunque está cerrado, nos deja a mitad de precio y aunque no era nuestra idea pagar por dormir, toca ser sensato, ya dormiremos otro día en la naturaleza. Dejamos todas las cosas en la habitación, salimos a tomar un café y de casualidad en la mesa de al lado hay unos rumanos que viven en Málaga desde hace 23 años. Nos sentamos con ellos, charlamos un buen rato, nos confirman lo de los osos y nos alegramos de haber entrado a preguntar, quizá sean los 25€ mejor invertidos de todo el viaje. El resto de la tarde la pasamos tranquilos en la habitación, solos en el recinto. Todo el mundo se ha ido, incluso los dueños. La única compañía tres perros enormes que se quedan merodeando afuera del hotel. 

 

 
 
 
 
 
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Una publicación compartida de Y OS LO CUENTO/RUMBOS OLVIDADOS (@yoslocuento)

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