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ETAPA 247 CHISINAU-ONESTI

70KM 1065+

La experiencia en Chisinau ha sido curiosa. Primero a nivel humano. Poder vivir en dos casas de gente local, con perfiles muy diferentes pero todos tan amables. La primera pareja una moldava y un francés con grandes implicaciones sociales. Ana ahora está trabajando en globo investigando para ver las condiciones laborales de muchas personas de Asia que trabajan de sol a sol por muy poco. Flo es periodista, ha vivido en Siria, Serbia, Rumanía y ahora Moldavia, con 34 años ha tenido una vida muy intensa. Ha sido un placer conocerlos. Gheorghe es moldavo, Alona, su mujer, ucraniana, informático y administrativa, amables, tímidos, muy trabajadores. Ha sido muy bonito tener la oportunidad de vivir en casas de gente local, en el sofá de sus casas y a pesar de las molestias, no han puesto pegas. En los días de descanso Shei consigue arreglar su diente que se mueve, pegan el implante, sin dolor y sin ser nada grave. De paso recorremos la ciudad, sobre todo el centro que está arreglado y mirando a Europa. Los coches, las tiendas, el estilo de vida habla de un nivel más alto del que realmente hay. La zona rural refleja más el verdadero panorama.

La última noche dormimos poco, ya que Gheorghe que trabaja en el salón se acuesta tarde y Alona que tiene que ir a trabajar se levanta a las 6:00, ventajas y desventajas de que alguien te acoja. De cualquier manera no nos supone problema, estamos super agradecidos y además hoy van a hacer 40º, cuanto antes salgamos mejor. Desayunamos cereales con frutas antes de salir y bajamos todo por el ascensor. Toca sacar las bicis del cuarto común. Algo que demuestra que es una zona más humilde, es que sólo funciona uno de los ascensores, no porque esté roto, si no porque aún no hay mucha gente en el edificio y así no pagan la electricidad ni el mantenimiento, con lo que he visto a muchos vecinos subiendo al 8º por escaleras. Como las bicis han estado en un cuarto comunal les hemos quitado todo y retrasa la salida para vestirlas de nuevo.

Gheorghe baja a despedirnos y nos advierte del calor que hará en el día. La carretera por la que iremos la están asfaltando así que será buena. Toca salir de la ciudad, Chisinau no es muy grande para ser la capital de un país, pero tiene 700.000 habitantes. Grandes avenidas, muchos atascos por ser las 8:00 y sobre todo nada de carriles bici. 10km que se hacen eternos por calles en subida, sin arcenes y tardones que llegan al trabajo apurados y sin respetar a ciclistas lentos.

Nos enfocamos hacia Hincesti, salimos de la ciudad por una vía de cuatro carriles. Todo campos, nada de árboles, el sol ya muy alto y una sensación de calor enorme para esas horas. A partir de aquí ya miramos al oeste, rumbo a Mutilva. De repente sentimos vértigo, hace quince meses salíamos de casa con el objetivo de llegar a Tayikistán, todo un viaje por delante y pareciendo que año y medio es una eternidad. Hoy ya no hay rumbos, ni Angola, ni Camerún, ni Bolivia, ni Ucrania, sólo regresar a casa. Nos hemos quedado huérfanos de rumbos y sentimos un vacío enorme. Por un lado descansamos porque sólo será dar pedales, pero ser conscientes de que algo que hemos preparado con mimo durante tanto tiempo ya tiene fecha de caducidad, que vemos la luz al final del túnel, nos entristece un poco.

Hoy habrá que gestionar bien el calor, además de que sin haber grandes subidas, acumulamos desnivel rápido. Todo el rato sube y baja, con cientos de coches y camiones adelantando. No hay rato de descanso en el que sólo escuchemos el sonido del buje, de las pedaladas. No hay manera de poder charlar y comentar que hoy 5 de agosto miramos al oeste. Al comienzo de la etapa me planteo parar en Hincesti, pero a los 21km la temperatura corporal nos pide dar un primer descanso. A la sombra hace calor pero se tolera más. Es una pequeña pastelería antes de Bardar. El género debe de ser bueno porque en el rato que estamos ahí paran varios camiones y coches. La dependienta habla algo de italiano y nos medio comunicamos. Además de los dos cafés compramos unos canutillos de mermelada para más adelante. El cuerpo pide parar más, pero toca avanzar.

Vamos pasando pueblos rurales, subidas y bajadas y gestionamos el calor mojándonos la cabeza, quizá sea de los días más calurosos de todo el viaje. Pensamos que quizá hemos librado bastante. Es verdad que en Turquía hubo algún día, en Uzbekistán, Botswana, Camerún, el chaco sudamericano, pero este será el que más nos está afectando. Los primeros días nos sacan los bostezos, nos baja la glucosa y creo que iremos acostumbrando el cuerpo, pero hay que tener cuidado, beber mucho y mojarse de vez en cuando. Suelo medir los días de calor, cuando te mojas la camiseta y en movimiento alivia y no enfría, o cuando bajas una cuesta y ves como se seca por momentos con ese aire de horno abierto que nos golpea la cara.

Cruzamos Hincesti, con ese nombre sólo nos viene  un pensamiento a la cabeza y compartiendo el castellano y el rumano un 70% de vocabulario lo normal es que el significado no ande muy alejado del nuestro. Algunas jardines y estatuas parecen de la Unión soviética. Lo curioso es que estamos más cerca de Rumanía y mucha más gente habla ruso y los pueblos cada vez están más deteriorados. Paramos en la parte alta del pueblo casi saliendo. Eso es algo que nos gusta hacer. Al plantearnos parar en un pueblo, no lo hacemos nada más entrar, aunque tengamos ganas y los supermercados o terrazas nos llamen. Ya que después de la parada aún tienes que cruzar todo el pueblo, en ocasiones es pequeño, pero otras veces es una ciudad de kilómetros y alargar antes de parar un poco cuesta menos que pensar que aún queda todo por cruzar. Nos paramos en una sombra con un banco, comemos algo de fruta, bebemos mucha agua, nos refrescamos y nos tumbamos un poco. Busco una excusa para levantarme y empujar a Shei a echarse la crema, porque si dilatamos un poco más esa parada nos quedamos dormidos en el banco.

Desde ahí nos quedan tres subidas de 5, 3 y 2km, con el mayor sol del día y en las bajadas no da la sensación de calor, pero cuando te pones a 7km/h el sol te aplasta, sudamos de respirar, notamos los latidos en la frente, se nos seca la boca. “Venga Shei que tu puedes, hasta arriba, ahí paramos un poco, ánimo”. O le damos sentido a estos días o si no se hacen largos. Vamos pasando subida a subida y en la penúltima bajada ya lo vemos mucho mejor. Ana nos ha recomendado no dormir en Leuseni, es el pueblo fronterizo y no está muy bien. Shei está cansada y aunque sumemos 7km al día siguiente prefiere ver si en Onesti hay para dormir. Una por una pararemos para comer que ya son las 14:00.

Ya sólo queda bajar, casi no hay sombras, el sol está vertical, castigando, pero el viento de la bajada sienta bien. Cuando llegamos a Onesti, varios edificios están abandonados, algunas terrazas de bares como si fuese Chernobil. Encontramos un super mercado y en frente un edificio muy viejo con sombra y bancos. Miro por detrás a ver si hay algún sitio donde acampar, el sol da por todo y está algo dejado. Aunque parece abandonado, la puerta es nueva, tiro y se abre. Dentro está fresco, es el ayuntamiento. Pasillos oscuros, azules, de puertas muy viejas. Al fondo al golpear una, contestan, entro hay dos mujeres, no hablan inglés. Hablo al traductor y una de ellas, me pide que le siga. Me lleva al piso superior, hay una pequeña biblioteca pública, una mujer mayor atendiendo. “turisti, turisti, primar” hace gestos como que esperemos. Primar es alcaldesa. Así que bajamos a los bancos de la calle, comemos algo y esperamos. Llega una mujer regordeta de unos 40 años, sonriente, sudorosa y con la tez roja del calor de un coche sin climatizador. Con el traductor nos entendemos, ella preocupada porque no hay condiciones, pero nos enseña un cuarto donde es suficiente para dormir una noche. El baño no tiene agua, es a base de cubos y no hay ducha. Habla con Natalia la mujer mayor de la biblioteca, hace gestos de ducha, pero en su casa. Ana nos ofrece café después de la ducha, así que metemos las bicis, sacamos algo de ropa y nos vamos con Natalia a 400 metros. Ahí hay una casa de pueblo, con sus viñas, huerta, animales. Su marido Valeri, moldavo nos recibe “goodmorning”, acogedor, cálido, amable. Nos enseñan un cubículo en el exterior con una alcachofa que sale del techo, viene de un depósito que hay encima y que se calienta con el sol. Nos dejan toalla y jabón. Mientras nos duchamos han preparado tomates, pepinos, pimientos, peras y les paramos porque viajamos en bici. Ella es ucraniana y le vamos contando de camino. “bravo, bravo” y casi se le saltan las lágrimas.

En la alcaldía, hay una salita con una cocina, calentamos agua y Ana la alcaldesa trae chocolate y galleta. Tomamos café y están felices de habernos ayudado. Natalia se queja de que comparado con nosotros no hace nada. “bastante haces con sobrevivir a una guerra y salir adelante en Moldavia”. Les mostramos imágenes de África y Bolivia, alucinan y hablamos de que este viaje nos ayuda a ponernos en la piel de otros, a no ver colores ni religiones, a ver personas. Ellas están hartas de la guerra, de Trumps, putins y netanyahus, de ricos que se miran el ombligo. Les damos la razón. “hacen el gesto de una ametralladora disparando, “USA Vietnam, Afganistá, Irak, Iran, bomba, bomba”. Mueven la cabeza desesperadas. Ella termina con un proverbio ruso: “La persona bien alimentada no entiende a la hambrienta”. Gran broche para tanta reflexión. Sin entendernos, nos hemos entendido perfectamente. Tienen que trabajar, bajo a escribir la etapa y al rato quedamos para tomar un helado en frente. Salimos a ese calor de 35º desde el refugio sombrío. El calor no se siente, sólo la calidez humana y esa refugia mucho. 

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