76KM 665+
La primera noche que dormimos en Ucrania, la aplicación de alertas por ataques aéreos sonó tres veces, la última vuelve a ocurrir lo mismo, dos veces, pero esta vez es toda Ucrania la que está en riesgo, el mapa de zonas en peligro marca rojo todo el país. Nuestros caseros no se mueven, así que regresamos al sueño, estamos muy cansados y a pesar del susto, no cuesta dormir. A la mañana despertamos con mensajes desde Leópolis donde han bombardeado varios edificios, la zona de Ternopil también y en Kamenets también han tenido alerta. Hemos estado en todos esos sitios. La aparente tranquilidad nos ha hecho pensar que no iba a pasar nada, pero ponemos los pies en la tierra, están en guerra. Dos días antes Natalia, en el orfanato nos contaba que lo normal era recibir alertas todos los días, en ocasiones hasta tres veces, pero desde que habíamos llegado no ha habido ninguna. Nos sentimos afortunados y a la vez como una especie de ángel de la guarda, no es la primera vez que nos pasan cosas de estas.
La noche anterior quedamos con ellos para desayunar a las 8:00. Salimos a montar las bicis antes del desayuno y ya está la familia en marcha. Dusia va dejando platos sobre la mesa, pasta, huevos, salchichas, ensalada, bizcocho… un festival. Lo peor es que es para nosotros, ellos no van a desayunar en ese momento. Se han levantado para darnos de comer y nos han conocido hace unas horas. Nos insisten que comamos para coger fuerzas, es como si fuéramos sus sobrinos de España. La conversación con los ataques está servida. Para nosotros es la primera vez que vivimos en un país bombardeado, para ellos es lo normal desde 2014. Aún y todo no pierden la sonrisa. Les hago una foto con los móviles mostrando un mapa de su país totalmente rojo y la noticia de hace unas horas mostrando los edificios derruidos de Leópolis. Tras la foto nos despedimos de ellos y salimos por el camino de tierra hasta el pueblo. No sabemos que hora es y justo al llegar a la carretera vemos que son las 9:02, nos hemos perdido el último minuto de silencio por no saber que hora era.
Tenemos 6km hasta la frontera, amanece soleado, buena temperatura, campos de girasoles mirando hacia el este. Todo tranquilo, cualquiera diría que es un país en guerra. Acostumbrados a fronteras llenas de camiones y filas de coches esperando, se nos hace extraño ser las únicas personas al llegar. Un soldado nos toma los datos y rellena un papel con él, nos indica un camino vallado para ciclistas y peatones. Nos paran y un soldado nos pide desmontar y abrir todas las maletas, mira por encima y nos da el visto bueno. No sabemos el sentido de mirar las maletas de un extranjero que se va del país, pero menos que no pasen por un arco metálico. Recogemos todo y nos piden pasar por otro cuerpo del estado, nos pide los pasaportes y que le mostremos las maletas ¿otra vez? Le llevamos a las bicis, “abrirlas” ¿qué? Un minuto antes estaban abiertas, por qué no las han mirado a la vez… así que de nuevo desmonta la bici. Vuelve a mirar por encima, si quisiéramos sacar algo del país, lo habríamos hecho. Entiendo que lo que miran son conductas. Luego toca la policía moldava, nos mira los pasaportes, nos pone el sello y cuando nos vamos a ir nos dice que no, que aún queda otra ventanilla. Entramos en el edificio y una mujer nos sella el papel que nos había dado el primer soldado. Parece esto una gynkana, imagino a mi madre haciendo esta frontera sin traductor y habría sido un caos y mucho más con muchas más personas queriendo pasar. Una hora después por fin recorremos la valla hacia Moldavia. Un último soldado se queda los papeles y nos da la bienvenida.
La frontera es un arco con chapas metálicas, viejo y sin gente. La bandera de Moldavia hondea y varias casetas de cambio con el color desgastado por el sol y sin personas dentro, entramos en el país más pobre de Europa según las cifras. Grabamos la entrada, no sólo es el país número 36 de rumbos olvidados, es mi país número 100. Me siento un privilegiado y lo mejor de todo es que he vivido la realidad en muchos de ellos, no ha sido como un turista. Muchos con la ong que me ha acercado a la vida de la gente mucho.
Dejamos atrás Ucrania, estamos seguros de que nuestras madres al ver la historia de que hemos salido, estarán más tranquilas. Cinco años preparando un viaje con cinco proyectos, cinco continentes, muchos países, fronteras, visados y gestiones. El remate era entrar en Ucrania y ya hemos salido. Ahora sólo queda regresar, es como si empezásemos unas vacaciones. Queda mucho por recaudar, editar, escribir, pero todos los frentes abiertos en mi cabeza desde hace años casi han acabado y respiro tranquilo.
4km más y entramos en Briceni, el primer pueblo. Necesitamos dinero y cambiar el poco dinero que nos ha quedado de Ucrania. Lo hacemos más rápido de lo esperado y perdiendo sólo 6€. Nos tomamos nuestro primer café en Moldavia, sentados en el suelo, siento que estamos relajados. Eso sí entre una cosa y otra ya es tarde y quedan 66km para terminar la etapa y los dos estamos algo enfermos, quizá el cuerpo se ha relajado del todo. Arrancamos por un país que parece agrícola, mucho campo de cereal, de girasol, la economía es más o menos la misma. Y si lo pienso es así en toda Europa, no hay país que no tenga sus grandes extensiones de cultivo. La diferencia es que ahora no paramos de subir y bajar, sin grandes cuestas, pero cada subida se nos hace dura. Además el asfalto está en mal estado y toca ir a saltos de vez en cuando. Por todo vemos puestos de sandías. Un día que no tengamos ganas de acabar y que podamos parar un buen rato compraremos una de ellas. Aunque sobre la mitad. Son dulces e hidratan mucho. Vamos saludando a cada puesto, “Buna” (hola) y responden con una gran sonrisa. Iremos aprendiendo más para contactar con la gente. Tanto en Moldavia como en Rumanía hablan rumano. Aquí también ruso. De hecho he visto dos monumentos con la hoz y el martillo soviéticos. Tengo que investigar sobre eso, porque imaginaba que excepto en Rusia habrían desaparecido de todas las exrepúblicas.
La primera parada la hacemos en Edinet. Un pueblo más grande de lo esperado. Con muchos árboles por la ciudad que dan sombra. Se agradece porque hace calor, ha subido a 34º. Comemos los embutidos que nos regaló Natalia el día que nos marchábamos. Un helado del supermercado y con la energía a tope afrontamos la segunda mitad de la etapa. Se está haciendo muy larga. Ahora avanzamos algo más rápido, pero cada vez las cuestas son más pesadas. Hay mucho tráfico y los coches van de eléctricos a furgonetas viejas. Tractores, gente en bici. Se sigue combinando lo rural con el progreso a partes iguales. Poco coche ucraniano. Eso me recuerda que a la mañana, Dusia, con su hijo Vitali, de 42 años me dice que él no puede acercarse a la frontera, para que no lo recluten. Con una hija de seis años que cuidar, que tensión todo el rato.
En un momento dado un coche se para delante nuestra, sale un hombre y nos hace gestos para que paremos. Nos espera con dos helados y dos refrescos. Se llama Radu, nos ha visto bajo el calor y ha ido a comprar eso para nosotros. Le contamos lo que estamos haciendo y se siente feliz de haber acertado. Nos da 10€ para el proyecto y se despide con una gran sonrisa. El ser humano puede ser maravilloso, el que no lo es, generalmente gobierna un país y decide invadir otro. Si Radu gobernase quizá las cosas fueran muy diferentes.
Desde ahí nos quedan 15km, se hacen largos porque queremos acabar, pero con la buena acción rodamos más felices. A falta de 5km desviamos la ruta hacia un pueblo al interior, Riscani. Queremos descansar un día para poner la web en orden y sobre todo no hacer nada. La cosa es que no sabemos si el hotel tiene habitaciones. Pasamos por casas enormes, algo horteras, de techos azules, con brillos, desproporcionadas. El centro del pueblo no tiene alojamientos, nos mandan al que habíamos visto a las afueras. Compramos algo de comida por si no hay nada cerca y termina la etapa con un buen cuestón y por suerte no hay tiendas. Hemos acertado. En el hotel hay poca gente, la recepcionista nos baja 10€ las dos noches, así que felices. Metemos todo y después de la ducha caemos rendidos. Nos cocinamos algo en el baño, hacía mucho que no usábamos el hornillo. Demasiada gente que nos ha cuidado. Platazo de arroz y Shei cae fulminada. A ver si el día de descanso recupera esa garganta y el cuerpo flojo.