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ETAPA 238 PRZEMYSL-LEOPOLIS

95KM 605+

Última noche en Polonia, supongo que los nervios de cruzar a Ucrania, no saber si nos pondrán pegas en la frontera y que por lejos que estemos del frente, entramos en un país en guerra, hace que no descansemos del todo. Por no hablar de esas cortinas blancas que ponen y que nos despejan a las 4:30 de la mañana. Seguro que alguno piensa porque no me pongo antifaz, sería lo lógico, pero no quiero depender de cosas para dormir, es cabezonería. Soy de los que duermo mal por las millones de cosas que tengo en la cabeza, pero no quiero depender de pastillas, antifaces, cortinas, silencios para dormir, porque sentirme dependiente de algo hace que el día que eso se altera, aún es peor. Por eso que sea el propio cuerpo el que hable.

La lluvia nocturna da paso al sol, un día despejado. Przemysl está tranquilo. El compromiso de pasar hoy, que la etapa es larga y la duda de si el paso fronterizo se complicará, nos quita la posibilidad de conocer la fortaleza y la ciudad. Asumimos que en este viaje no podemos ver todo lo que nos gustaría y nos quedamos con lo que si hemos podido ver. Tenemos 15km llanos hasta la frontera, un buen tramo por carril bici y nos notamos nerviosos. Más de un kilómetro de fila de camiones y autobuses. Cuando llegamos al paso una militar polaca nos indica el paso de los peatones, tenemos que regresar medio kilómetro e ir por un camino. Ese camino es el que pise hace cuatro años cuando estalló la guerra. El escenario es muy diferente, entonces había un pasillo de puestos que partía desde la valla de la frontera hasta el asfalto. En los puestos había gente regalando pizzas, peluches, tarjetas de teléfono, incluso abrazos. Era un poco surrealista, tanto que cuando hice conexión con un medio navarro no pude evitar mostrar mi sorpresa. He estado en campos de refugiados por media Europa y no he visto esa respuesta a ninguno, pero en días, las facilidades y oportunidades ofrecidas a personas de otro país, por el hecho de ser blancos y cristianos eran exponencialmente infinitas. Europa se volcó en el apoyo armamentístico, se sancionó a Rusia, se hizo lo que tenía que hacer, ¿pero y por qué no con el resto?, esa fue mi indignación en su día y sigue siendo la misma.

La cuestión es que entramos por una acera como cualquier otra. Personas vienen por un lado de la valla y nosotros pasamos primero por el puesto de Polonia, donde nos felicitan por la labor y luego por el de Ucrania, donde nos sellan el pasaporte y sin trámites de repente estamos en un país en conflicto.

Lviv a 80km, Kiev a 635km. La primera señal que nos encontramos en ucraniano, ahora es cirílico. Cambiamos algo de dinero a hyrvinias ucranianas. La gente parece amable. Es complicado ver si sus caras son de cansancio de la guerra, del calor, si es su carácter en tan poco tiempo. Pero tienen esos rasgos duros, rostros serios, miradas penetrantes. No sabíamos como iba a ser el paso fronterizo y habíamos marcado un lugar a mitad de camino para parar en caso de que se hiciera tarde, ese lugar era Sudova. Desde la ong con la que vamos a trabajar nos han conseguido un contacto que nos aloja.

La sensación es de tranquilidad, todo en aparente normalidad, pero hay colas enormes de furgonetas durante kilómetros que son de transporte de personas y que esperan mucho tiempo. Carteles de propaganda de guerra para que te alistes, de vez en cuando altares con fotos de soldados, mucha bandera de Ucrania. Hacemos un primer tramo hasta Sudova, etapa casi llana por paisajes de campos de cereal, de hecho Ucrania es el granero de Europa, de los mayores exportadores de trigo y maíz y el mayor del mundo de aceite de girasol. Su economía antes de 2022 se basaba en agricultura y metalurgia. La guerra destruyó muchas fábricas, o zonas fueron ocupadas, campos cercanos al frente u ocupados dejaron de producir con lo que la economía fue del 29% del pib, la mayor de un país moderno en la historia. Su puerto principal de exportación: Odesa se vio afectado y tuvo que buscar vías más caras. Aunque hoy en día ya ha encontrado acceso al Mar Negro y ha recuperado parte de su economía, está en una situación complicada.

Rodamos 50km hasta Sudova, pasamos por pueblitos pequeños, muchas casas parecidas a las de Polonia, quizá más ladrillo. El nivel de vida parece alto. Hace calor y nos refugiamos a la sombra. Mientras comemos la gente nos saluda y dos mujeres se acercan, no hablan inglés y llaman por teléfono a una chica que lo hace. Una de ellas es la que nos iba a alojar y al vernos se extraña porque le han avisado que seguimos hasta Leópolis. Le explicamos que hemos parado para comer algo. Le damos un abrazo y le damos las gracias. Todo con el móvil y nos vamos haciendo a la idea de que esa será nuestra manera de comunicarnos.

Tras coger fuerzas y energías nos lanzamos a por Leópolis. Quizá sea el día de más calor en mucho tiempo y nos pilla por sorpresa, bebemos mucho más que de habitual. La carretera que nos lleva a la ciudad más importante de este Oblast no tiene arcenes, pero sí mucho tráfico. Imaginaba más tranquilidad, pero es cerca de la frontera y una de las que más intercambio tiene. A ver si en los siguientes días es mejor. Resumiendo mal, Ucrania perteneció a parte de la mancomunidad de Polonia y Lituania, luego la zona oeste perteneció al imperio Austrohúngaro y el centro-este al ruso, así que Ucrania en realidad ha mirado más a Europa que a Rusia, de ahí su animadversión histórica.

A los 60km de etapa paramos en un monumento donde hay dos soldados homenajeados, pero de conflictos anteriores como el de Crimea en 2014, este conflicto tiene muchos años ya. Ahí hacemos 17.000km de viaje y será de las fotos con más trasfondo casi seguro. Antes hemos parado en un pueblo a hacernos una foto en una de sus iglesias ortodoxas. Por el camino no paramos de verlas, muchas de ellas de nueva construcción. Son muy religiosos y la guerra ha potenciado su fe. Las cúpulas son de dorados o plateados y brillan y deslumbran desde lo lejos. Las paredes azules, verdes, no pasan desapercibidas.  

La llegada a una de las ciudades más importantes cultural e históricas del país. Con el conflicto su población aumentó mucho. Es Patrimonio de la Unesco y mira mucho a Europa en sus influencias. No hay mucho carril bici para entrar y resulta estresante, por suerte la casa de Nataliia está en la entrada y nos evitamos mucho tráfico, pero se hace muy largo, además de que hacemos casi 100km y estamos cansados. Hace casi quince meses iniciábamos un viaje para realizar cinco proyectos y de repente estamos en el país 35 y a pocos días de llegar al último. Estamos en un país en guerra y no terminamos de hacernos a la idea.

Encontramos la calle y Nataliia, una profesora de universidad jubilada es la que nos aloja. Su hermana y parte de su familia viven en Pamplona. De hecho hace dos días estaba viendo los toros y ahora está recibiéndonos. Por desgracia no habla ni español ni inglés, con lo que nos comunicamos con el móvil. Pero el lenguaje universal de la sonrisa y el abrazo nos dice que es muy amable y nos recibe como una madre. Dejamos las bicis en el garaje y con gestos nos dice que nos duchemos, comamos algo y descansemos. Cuando salimos de la ducha tenemos una sopa con patatas de color rojo tradicional, col con mayonesa y calabacines rebozados. Todo riquísimo, con sabor a madre. El resto de la tarde conversamos como podemos y organizamos con su hermana lo que podemos hacer en Leópolis. A la noche caemos super cansados en la cama. 

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