72KM 450+
Desde que hemos aterrizado en Riga no hay manera de conciliar el sueño rápido, el jet lag no debería ser ya que hace una semana que llegamos, pero de nuevo a las 2:00 estoy despierto y me cuesta conciliar el sueño. Además durante toda la noche la lluvia golpea la claraboya. Pensar en un nuevo día bajo la lluvia encoje el cuello sólo de pensarlo.
A las 7:00 suena el despertador, pero nos cuesta mucho levantarnos. Desayunamos fuerte aprovechando estar bajo techo y con cocina. El cuarto donde dormimos parece la buhardilla de la casa de tu tía, nos sentimos como en casa y aún invita menos a salir. Es probable que la persona que lea la crónica se pregunte “¿qué necesidad tienen de salir, por qué no se quedan más días en ese hotel esperando a que pare de llover?” La pregunta es buena y razonable, pero si llegamos a quedarnos en el hotel de Riga esperando a que pare de llover, aún estaríamos allí, 410km más atrás. Además tenemos fecha para un tren que nos acerque a la frontera con Ucrania y día de paso de frontera. La situación en el país obliga a ser responsables con esto. Así que no tenemos otra que desayunar tranquilos, disfrutarlo y mentalizarnos que en una hora estaremos bajo la lluvia lituana.
A las 9:00 estamos montados en las bicis, en el mismo hotel donde estamos hay dos alemanes jubilados que viajan en moto. Al igual que nosotros van plastificados de arriba abajo y nos dicen: “No nos esperábamos este verano en esta zona, lo bueno es que vosotros al ir en bici pedaleando entráis en calor”. Nuestros chubasqueros son bastante reguleros, pero el problema es que en cuanto nos ponemos el chubasquero rompemos a sudar y parece que llueve dentro, en muchas ocasiones hemos chorreado agua de la parte interior. Si nos ponemos ropa cálida, la mojamos y luego no tenemos nada seco con lo que rodar. Así que afrontamos estas etapas a 12º lloviendo, con poca ropa y sufriendo bastante. En la calle llena de charcos y pasamos por la plaza principal de la ciudad, la plaza Jonas Basanvicius, una especie de obelisco retorcido conmemora los mil años desde que se mencionó por primera vez la palabra Lituania. Con esta cosas me acuerdo cuando en Australia algunos museos ponen hechos de 1800 orgullosos de un pasado remoto o edificios de 1900 considerados super antiguos. Nos hacemos una foto en la plaza, con el chubasquero, para tener un recuerdo del lugar que la lluvia nos impidió visitar.
Salimos por las calles de Marijampole con una lluvia suave dirección Krosna, al poco de salir de la ciudad ya tenemos que ponernos el pantalón de plástico y la lluvia ya no cesa en toda la etapa. No es que estas etapas estén siendo espectaculares de paisajes, son llanuras de cereal y ganadería, pero con un día soleado a 25º se afronta de otra manera más contemplativa y relajada. Pero de momento nuestros ojos están puestos en la carretera, en los camiones que pasan y nos salpican, en las gotas que caen del casco sobre la cara. Yo no puedo llevar gafas porque se me colapsan de gotas y no veo nada. Hacemos una primera contrarreloj hasta Krosna, ahí nos metemos en una gasolinera y la dependienta nos mira como si fuéramos marcianos. Podemos leer en su cara: “de dónde salen estos dos…”. Tomamos un café caliente, tratamos de secar algo el chubasquero y sobre todo de motivarnos para salir, pero llegan rachas de más lluvia que golpea el cristal. Los coches que se paran a repostar nos miran sin disimulo, notamos la compasión.
Cuando para un poco salimos a por los siguientes 27km, hasta una gasolinera cerca de la frontera con Polonia. Vamos por una carretera comarcal que por las justas se cruzan dos coches. Mira que a veces trato de escoger rutas secundarias para ir tranquilos, pero no hay manera, sigue habiendo tráfico. Este segundo bloque lo hacemos más ligeros y llueve algo menos. Vamos recordando días de lluvia en Chile y aunque nos llovió, no está a este nivel. Ahora aquello nos parece agradable. Cuando llegamos a la siguiente gasolinera tomamos otro café y amagamos hasta cinco veces con salir, cada vez que vamos hacia las bicis arrecia la lluvia hasta crear una cortina de agua que cae del toldo. Al final nos lanzamos a por la frontera del país 34º del viaje: Polonia. Justo en la frontera, con el cartel de entrada para un poco de llover y ponemos la cámara para la foto, pienso que quizá tengamos suerte y nos deje grabar la entrada tranquilos, pero la alegría dura segundos y cantamos bajo la lluvia. Por lo menos nos reímos de la situación. A los pocos metros está el puesto de control, simbólico. Una pareja nos recibe sonrientes, le pedimos abrir el pasaporte dentro de la cabina ya que están fuera. “¿De España, con la bici?”, les contamos el viaje y alucinan. Les decimos gracias y qué tal en polaco, que lo hemos aprendido en la gasolinera y nos los metemos en el bolsillo. Con un “gracias, adíosh”, nos despiden y seguimos camino. Llueve igual que antes, pero ahora vamos más felices, nuevo país en el proyecto y más cerca de Ucrania.
La idea es hacer 80km hasta un pueblito, pero no tiene pinta de haber alojamientos y necesitamos un lugar donde secarnos, así que paramos en el km70 en Giby. Estos 15km últimos llueve más fuerte, los chubasqueros no hacen nada y se mete el agua por todo. Notamos los pies encharcados, toda la ropa está mojada y ya estamos helados, nos acordamos del motero diciendo que por lo menos nosotros calentamos al pedalear, nos gustaría cambiar las tornas en ese momento. El problema vendrá cuando nos llueva con frío de verdad porque no hay manera de no terminar mojados. En cuanto llegamos a Giby, un pueblo pequeño, con una iglesia de color marrón, entramos en busca de un alojamiento. Increíblemente, a pesar del mal tiempo tiene todo lleno. Buscando otro alojamiento vemos un banco y nos acordamos que Polonia no tiene euro, así que vamos al cajero. La pega que sólo deja sacar 45€ máximo y encima cobra 6€ cada extracción. Dentro las del banco llaman a una familia que tiene habitaciones cerca. Dentro de su parcela tienen una casa con varias habitaciones con vistas al lago. En otro contexto sería un planazo dar una remada por la tarde, ahora nos conformamos con poder secar todo antes de la etapa del día siguiente.
Mientras preparan la habitación el sol asoma mágicamente y desplegamos la ropa lo justo para secar un poco todo. Comemos un poco de pan con embutido que llevamos y subimos todo a la habitación. Los días de lluvia el despliegue de ropas, maletas mojadas convierte el espacio en un caos. Para colmo una alforja está rota en algún sitio y me entra agua y el plumas está mojado, a ver si consigo secar la pluma. El frío hace que caigamos en un profundo sueño mientras escuchamos la lluvia al otro lado de la ventana. Con este clima se pasan muchas tardes dentro de la habitación. El presupuesto no está para esto, pero creo que tocará tirar de esos ahorros para afrontar este frente más cómodamente. Al mirar el pronóstico vemos que nos queda aún una semana de lluvias. Lo peor es que en los próximos pueblos los alojamientos están llenos y hay no sé que convención de Ikea que ha copado el pueblo donde queríamos descansar y para colmo el del hotel al ver el proyecto nos quería invitar.
Tratamos de hacer encaje de bolillos con los siguientes destinos antes de cruzar a Ucrania dentro de siete días. Mientras vosotros leéis esta crónica a casi 40º, yo la escribo a 13º y pensando cuanta lluvia os contaré en la etapa 233.