71KM 615+
Durante la noche hay vários momentos donde la lluvia golpea el tejado y la ventana. Las bicis el día anterior las dejamos pegadas a la pared a resguardo de la lluvia, pero sin candarlas a nada. Esperemos que sigan ahí cuando nos levantemos.
Hoy hay desayuno en el hotel, ya que nos ha tocado pagar para refugiarnos de la lluvia y poder secar algo la ropa, por lo menos tiene recompensa. Huevos revueltos, embutido, sandia y bizcocho. Desayunamos bien a gusto porque no sabemos como será la etapa. La verdad es que hace una hora que no llueve y estamos desperdiciando una ventana muy buena, pero tampoco vamos a perder un buen desayuno. Estamos sin ciertas provisiones y necesitamos comprar arroz por si acaso y algo de pan y fruta, la cosa es que el super no abre hasta las 8:00. El marcador electrónico de la calle, además de dar la hora y la fecha, da mensajes inspiradores, el que sale es algo confuso: “Cooperar es esperar amor”, no me parece muy desinteresado, pero quizá esté traduciendo mal. Con las pocas cosas que necesitábamos ya regresamos al hotel, montamos las bicis y nos despedimos de las señoras del hotel. Al día anterior no prestó mucha atención al proyecto, pero creo que no entendía nada, hoy hay una chica joven que entiende, le explica y ahora si nos felicita por la labor.
Salimos de Tacuru con un cielo negro, nubes negras por todo y por suerte viento a favor. No queremos mojarnos, así que la idea es parar sólo una vez. Shei está bien desayunada y sobre todo, quiere llegar seca. Marca un buen ritmo y rodamos a una media de 20kmh. Seguimos por extensiones enormes de pastos. La sensación es de sentirte minúsculo ante extensiones que se pierden en el horizonte. Cientos de vacas blancas jorobadas, que levantan la cabeza del pasto a nuestro paso y se quedan mirando. Van girando la cabeza a nuestro paso y resulta muy cómico. El dicho ese de se quedó mirando como las vacas al tren, representa lo que vivimos. Nos sentimos importantes con tantos ojos siguiéndonos. Cuando estamos lejos, se olvidan y regresan a su rutina masticadora.
Cuando llevamos 30km paramos en la fazenda Vasques, nos llama la atención, pensando primero que hace referencia a los vascos, pero es a los Vázquez a la brasileña. La realidad es que hoy cumplimos un año de viaje, queremos hacer algo especial con una tarta y gente cantando el cumpleaños feliz en brasileño, “el parabens”, pero vamos a asegurarnos algo vestidos de ciclistas y nos grabamos y sacamos foto de la celebración. Un año, doce meses, 29 países, 199 etapas, casi 14.000km, son cifras que uno nunca imagina que va a ser un capítulo de su vida. Muchos recuerdos que aún no hemos reposado, pero llegará el día en que contemos que paramos nuestra vida para dar la vuelta al mundo en bici solidaria y ese sitio, la fazenda vasques, será el lugar donde celebramos el año.
Abrazos, sonrisas y nadie se ha enterado porque no hay nadie en la entrada de esa granja. Una arboleda con un camino de tierra que nos llevaría a una extensión enorme de terreno, el lugar es muy chulo y quizá por eso lo hemos escogido. Nadie nos felicita, nadie se acerca a darnos la mano, pero nosotros sí, que es lo que importa y seguimos camino un año más viejos, con las alforjas llenas de caminos, de montañas, de buenas acciones y sobre todo de personas increíbles que hemos conocido.
Nos quedan 40km, el ritmo ya no es el mismo, pero vamos bien. Sin ser dura, hay subidas de vez en cuando pero son muy llevaderas. Con días donde la nube ensombrece todo, amenaza con mojarte, pierdes la vista del paisaje y la pones en el horizonte. Uno detrás de otro, hoy conversamos en capítulos, esperando a que pasen los coches, los camiones y el viento que de vez en cuando sopla. Nos quedan unos 15km y hay una entrada a otra granja. Vamos a comer dos manzanas que vienen conmigo desde hace días y se están estropeando. Sin llegar a sacarlas de la bolsa delantera comienza a llover tímidamente, me temo lo peor y me anticipo antes de que se desate la tormenta y acierto. Por las justas no ponemos el chubasquero y el cubre pantalón. Hoy por la razón que sea, el chubasquero no abriga, hace viento, ya estamos mojados dentro y tenemos frío. Ya que nos hemos mojado, nos comemos la manzana con calma, salir sin hacerlo no va a cambiarnos la vida mucho. Los camiones pasan y ven a dos colgados bajo la lluvia comiendo una manzana como si fuera un parque en verano. Pitan, saludan y siguen a mil por hora.
Seguimos etapa, ahora si con ganas de llegar, apretamos dientes y pedaleamos para entrar en calor. El problema de la lluvia es que el gps casi no se ve, el móvil para grabar los guardas y cada vez que lo sacas tienes que ser veloz para que no caiga una gota en la lente que te fastidie el vídeo. Luego meterlo otra vez en la bolsa delantera, tratar de secarlo y cerrar la bolsa. Todo eso con una mano en el manillar, otra dentro de la bolsa delantera y atento a los camiones que pasan rozando y salpicando. Entre foto y foto llegamos a las inmediaciones de Amambai, es una ciudad de unos 45.000 habitantes, pero se extiende bastante al ser de casas bajas. Como siempre hay cientos de negocios, cada bajera es uno. No sé como van los estudios de mercado en Sudamérica, pero es imposible que tantos negocios con tantos trabajadores tengan beneficios.
Paramos antes de ir a la parroquia en un sitio donde dan comidas, pero está al doble que en Guaíra, así que seguimos hasta la iglesia. Está cerrada y en frente hay una radio, fm105 auxiliadora, con es nombre igual nos ayuda. La chica que limpia me atiende y cree que pueden ayudarnos, ella y el locutor llaman al responsable de una casa de la iglesia. Así que parece que tendremos alojamiento. Al rato viene un hombre y una mujer con una furgoneta y nos hacen seguirlos hasta una casa al final de una calle. “casa de acogida nuestra señora Faustina”. El lugar está algo dejado y nos abren un cuarto con tres camas con colchones, mucho polvo, cucarachas muertas y cosas por encima de las camas. Vacían parte en otro cuarto, barro el suelo y nos deja unas colchas usadas para que durmamos. Le decimos que bien, pero en nuestra cabeza ya vamos pensando como dormir en esas camas. Shei se queda limpiando y Mario, el señor me lleva a un supermercado para poder comprar algo de comida y cena. El hombre quiere pagar, pero prefiero que ese dinero lo use con gente de acogida. Regresamos y nos asentamos en la casa. Mario se marcha, nos hacemos la comida y llegan un padre y dos hijos de Sao Paulo que están en el otro cuarto. Son los que no han fregado ni limpiado. Después de comer y mientras hacemos la tarea, se afanan en dejar el lugar algo recogido. Shei y yo pensamos que una de las normas si quieres ser acogido, es tener el sitio super limpio, sobre todo por ellos que tienen que vivir ahí.
A la tarde viene Mario con su mujer, Marçia, y nos traen maíz cocido y charlamos un poco sobre el proyecto. Son gente acomodada que da un gran servicio a la comunidad. Después de marcharse nos hacemos la cena y la familia se ha ido muy pronto a la cama. Así que susurramos y celebramos oficialmente el año soplando la vela que el viento nos ha impedido encender en mitad de la etapa. Nos vamos a la cama, ponemos la lona de acampar sobre los colchones y nos vamos a dormir.