92KM 610+
Parece ser que la cucaracha que matamos paseando por nuestras bolsas el día anterior, era la última o eso esperamos antes de irnos a la cama. Puede parecer exagerado, pero si dormimos sobre sus mantas, pueden tener chinches, pulgas o estar incluso meadas, así que es preferible ser escrupuloso en estos casos. Salvo algunos mosquitos dormimos decentemente. Al día siguiente cuando estamos montando, el padre, que ha dormido en el espacio destinado a la capilla sale para ir al baño, no es muy efusivo, creemos que no les ha hecho mucha gracia que Mario, el responsable del centro de acogida, nos haya dejado pasar la noche ahí. De primeras, puedes pensar que mejor ir a un hospedaje, pero en mi opinión, para poder empatizar con la gente de la calle y ser consciente de su realidad, hay que vivirla. Me refuerza en que aún puedo hacer mucho más, llevamos muchos años haciendo proyectos en otros países, donde es obvio que la realidad es más dura que donde vivimos, pero que hay mucha gente sufriendo para llegar a fin de mes y podemos hacer muchas cosas. Así que dejaremos una parcela de nuestro tiempo para dedicarla a ello. No es que uno viva ajeno a que mucha gente sufre y vive en muy malas condiciones, pero por mucho que uno haga el ejercicio de ponerse en el lugar, no lo sabes hasta que no vives eso. Nosotros a día de hoy no hemos sufrido nada, somos unos privilegiados que siempre han tenido agua, comida, techo, una escuela, un hospital, no hemos experimentado el “que va a ser de mi mañana” o el “no llego a fin de mes y no tengo para comprar comida”. Partiendo de esa premisa, podemos empatizar, podemos hacer un discurso de lo conscientes que somos de que hay gente que sufre, pero no lo sabemos realmente, es pura teoría en nuestras cabezas. En un viaje como este, a veces duermes en el suelo, a veces no tienes luz, no tienes agua, pasas hambre o frío, pero es a veces y encima puedes acabar con ello cuando quieras, con lo que no hay angustia de que eso será tu día a día, lo experimentas desde la aventura. Para lo único que te sirve es para ponerte por unos segundos en la piel de otra persona y movilizarte para hacer algo.
Dejando reflexiones aparte, salimos de la casa de acogida temprano, la etapa es larga y de nuevo nos han dado lluvias. Antes de salir de la ciudad tomamos un café como combustible placebo. Amambai es grande y está lleno de comercios, en una esquina, bajo un árbol un negocio pequeño vende un poco de todo y entre es todo una empanada y dos cafés. Un señor, canoso, con un gorro de paja, sonriente y que parece, vive en la calle, está sentado cerca, antes de irnos nos saluda y me permite hacerle una foto, al mostrársela, sonríe aún más si cabe. Un señor en ese momento le trae un café y le dejamos sentado en ese banco, vete a saber, pensando en qué.
Hoy la etapa vuelve a ser sin poblaciones hasta el final. Con una tendencia ligeramente hacia arriba, pero suave, deja pedalear. El cielo es una manta gris que lo cubre todo, dentro de unas horas sabremos si nos habremos puesto el chubasquero. Las zonas de pastos de los últimos días, dan paso de nuevo a las mega plantaciones de maíz y soja. Cuando estábamos por Uzbekistán y veíamos una llanura desértica que se perdía en el horizonte, te hacía pequeño. Aquí es diferente, porque es lo mismo, pero todo está plantado, hay pastos, animales y sigue impresionando, pero detrás de todo eso, está la mano del hombre y de alguna manera sabes que tarde o temprano encontrarás a alguien si te ocurre algo. Lo que impresiona sobre todo es que todos los cultivos y pastos de Brasil, ocupan más espacio que España, Francia, Alemania, Polonia, Ucrania, Italia y Reino Unido juntos. Cuando uno pedalea, no es consciente de esas cosas, vas por una carretera de montañas, de pastos o de desierto, pero ves tu trozo de carretera sin localizarlo exactamente donde estás. En las montañas de Tayikistán que más de la mitad del país está por encima de los 3.000msnm, o en este caso que podría pedalear por carreteras de cultivo y pastos por Brasil y con esos kilómetros conocer siete países de Europa enteros.
Cuando llevamos 35km paramos a desayunar algo, no hay muchos sitios donde parar debido a los cultivos. Sólo hay carretera, un trozo de tierra hasta los cultivos o vallas, con lo que las entradas a las granjas, que suelen ser un poco horteras con sus portaladas y nombres rimbombantes, en este caso: Hacienda el rincón bonito. Tiene un madero donde sentarnos y es suficiente. Paramos un poco, comemos dos bollos con jamón y queso y mango, un par de cafés fríos y en ese mismo sitio nos hacemos la foto de los 14.000km de rumbos olvidados. Nos ha costado un año hacerlos. Con todos los proyectos, paradas que hemos hecho, creo que es una buena media. En ese momento se despeja un poco y el sol calienta fuerte, nos ponemos crema y nos lanzamos a una carretera llena de camiones y sin arcén. En el rato que hemos parado a comer algo, no han dejado de pasar camiones.
Toca pedalear uno detrás del otro, por encima de la raya y encogiendo el cuerpo cada vez que pasa un camión. La mayoría respeta, pero de vez en cuando alguno te zarandea con el aire como a un muñeco de trapo. Queremos llegar cuanto antes a Punta Porá, primero porque el sol que ha salido inesperadamente, se ha ido de la misma manera. La temperatura baja, hace viento y no descartamos cuarto día de lluvia en Brasil. Segundo, porque toca hacer gestiones y escribir el 12º artículo de Rumbos Olvidados. Un año de artículos ya… Nos marcamos hacer sólo una parada más. Por suerte hoy la etapa es medio llana y podemos pedalear bien. No hay pueblos, no hay grandes paisajes, con lo que parece que estamos en una cinta de correr estáticos.
Cuando llevamos 73km, aprovechamos la entrada a una granja para comer un par de plátanos, beber algo más de agua y descansar un poco las piernas. Un cartel de cuidado perro nos hace mirar a todos los lados, sobre todo porque la valla de entrada no le impide salir. Nos acordamos del comienzo de la etapa donde un perro de presa en una granja nos ha seguido toda la parcela hasta que ha encontrado un hueco bajo la valla para salir a por nosotros. Sheila acelera, se asusta, yo me quedo detrás viendo como el perro llega poco a poco hacia nosotros, tengo sólo un cartucho y cuando ya está cerca el grito es seco y le señalo con el dedo “QUIETO”, surte efecto y se para, desiste de nosotros y vuelve a su parcela. El susto nos lo llevamos y no entendemos que los dueños dejen animales así. Terminamos los plátanos, nos ponemos el casco y arrancamos, Sheila ya pedalea y miro hacia la parcela, el perro estaba a lo lejos, expectante, pero no amenazador, “ahí estáis bien, pero no paséis”.
Nos quedan 20km que los hacemos con ritmo, más por ganas de acabar que por fuerzas. Conforme nos acercamos aumenta el tráfico y los carteles publicitarios. Punta Porá es una ciudad dividida, por una calle principal, un lado de Brasil, el otro de Paraguay y se llama Pedro Juán Caballero. A la derecha los carteles en portugués, a la izquierda en castellano. Acostumbrados a fronteras más evidentes, ver este tipo de frontera nos choca. Se llama frontera seca. El lado paraguayo está lleno de superficies comerciales donde venden de todo.
Cuando estamos llegando a nuestro alojamiento un coche se para y nos hace señas. Son una mujer y su padre. Ella suele seguir a viajeros y nos pide si tenemos redes. Nos ofrece ir a su casa, pero la reserva ya está hecha y pagada. De cualquier manera le damos el contacto y hablamos de quedar al día siguiente. Nosotros llegamos al hostel, dejamos todo en la habitación y con la camiseta sudada y sucia de cuatro días de bici, nos vamos a buscar algo para comer, son las 15:00 de la tarde. Cerca hay un sitio que por 4€ te dan un buen plato de arroz con alubias y carne. De ahí nos duchamos y nos vamos a un centro comercial a ver si encontramos cubiertas de bici, cámaras y un pantalón. Toca esperar mucho, al bus que va al Shoping China, para ser una ciudad fronteriza, pasa sólo uno cada hora. El centro comercial está en el lado paraguayo, es gigante, puedes encontrar de todo, o no. Ni hay pantalones a un precio razonable y no hay cubiertas de nuestro tamaño. Aprovechamos y compramos la cena y salimos rápido porque el bus pasa en veinte minutos y si no toca esperar hora y media más. Mientras esperamos en un lugar donde no hay parada, pero que es el lugar, porque nos ha dicho el chofer, comienza a llover. Por suerte nos hemos llevado los chubasqueros. Es muy extraño salir de un hotel en Brasil, caminar dos calles y escuchar castellano y estar en Paraguay.
Regresamos al hotel, nos relajamos,
cenamos y a dormir. Al día siguiente hacemos lavadora a dos calles por 3€,
limpiamos las bicis, sellamos los pasaportes en el lado brasileño para ahorrar
tiempo al día siguiente, al ser frontera seca aprovechamos esa posibilidad.
Comemos en un rodizio por 10e los dos, cambiamos dinero en el lado paraguayo,
que resulta curioso hablar en castellano y dos calles más allá en el hotel
volver a hablar brasileño. Y sobre todo escribo el artículo que supone el año
de proyecto a última hora en el hotel. Un día intenso para despedirnos de Brasil.
y el artículo lo envío ya de noche. La próxima etapa estaremos en otro país, el
30, Paraguay.