64KM 1055+
Hemos pasado dos días con Dianne, una mujer de unos setenta años super activa, que sigue haciendo bici, kayak, con la que he conversado sobre ciclismo más que con otras personas en mi vida, también sobre geopolítica, la locura que está ocurriendo en Estados Unidos con Trump, sobre el genocidio en Palestina, del cambio climático, de los animales en Tasmania, hemos conversado sobre muchas cosas y siempre en conexión. Implicada en la asociación ciclista, alojando cicloviajeros gratis, voluntaria de la ambulancia, una super woman super admirable, ha sido un lujo conocerla y espero que la vida nos de la oportunidad de cruzar nuestros caminos de nuevo.
En Strahan, un pueblito turístico pesquero en la costa oeste de la isla hemos estado tranquilos pero muy ocupados con la publicación del noveno artículo de Rumbos Olvidados, así que los dos días se han esfumado. Lo justo un par de paseos y un rato de playa con un agua algo más caliente que en el norte de la isla, pero fría de todos modos. Lo peculiar del agua de la isla es que tiene un color rojo por los taninos de unas plantas marinas que hacen que todas estén coloreadas. Parece el escenario de la película Tiburón cuando la sangre de las víctimas llega a la orilla.
Las noches han sido frescas pero agradables, tranquilas, con lo que hemos dormido de lujo en su parcela. El día anterior, como el internet es muy malo en todo el pueblo, el dueño del motel de al lado nos dejó hacer la entrevista en una de las habitaciones. Todo el mundo conoce a Dianne y le ayuda con sus ciclistas. Lo más sorprendente es que su casa nunca ha estado cerrada, el garaje con todo, siempre abierto. No sólo hay confianza, también una realidad que permite dejar todo de esa manera y saber que no va a pasar nada. Su coche tiene las llaves puestas siempre, incluso cuando se va a Melbourne durante unos días. Me gustaría vivir en un sitio donde se de esa circunstancia y estés tranquilo, que siempre tengas la casa abierta por si alguien necesita usarla. Dianne dice que a veces está de viaje y si le escriben para alojarse, les dice que tienen la casa abierta para lo que necesiten. Eso es el siguiente nivel de la generosidad que espero poder practicar algún día.
Pasados los dos días secamos la condensación y la humedad de la tienda al sol mientras desayunamos. Dianne se sorprende de todo lo que comemos, pero pocas veces en el viaje tienes cocina y lo aprovechamos, luego llegan muchos días de pan de molde con crema de cacahuete. Tostadas con bacon, queso y huevos, cereales con yogur y frutas, café y no sabe donde lo metemos, pero es que el metabolismo está ya acelerado de casi todos los días andando en bici. Además, el desayuno es la mejor comida del día y hemos aprendido a disfrutarlo cuando se presenta.
Con el estómago lleno, mientras montamos las bicis, Dianne nos va preguntando, le gusta ver las rutinas y consejos de cada uno, coincidimos que se pasan muchas horas en la tienda y durmiendo y muchos escatiman para llevar los más ligero, pero luego tu tienda es mínima y duermes sobre una esterilla plana con la cadera sufriendo. Nuestro campamento es de lujo, pero compensa cada esfuerzo por llevarlo cada vez que dormimos.
Hoy va a ser uno de los días de más calor de la isla en tiempos, 33º, que en Australia es mucho porque la capa de ozono es muy fina y la radiación es muy fuerte. Por lo visto la noche anterior ha sido la más cálida de la historia en Adelaida, más de 30º de noche, el clima está cambiando y no podemos negar lo evidente. Arrancamos a las 8:30 ya con calor y con la crema solar puesta. Por delante nos esperan 41km con la zona con más curvas de toda la isla hasta Queenstown. Lo han hecho así para evitar cruzar ni un río ni construir ni un puente. Es un recorrido en su mayoría por bosque, de constantes subidas y bajadas en las que acumulamos rápidamente desnivel y el problema es que las rampas son casi siempre al 9/10% y te va desgastando. De nuevo pedaleamos en una especie de túnel arbóreo de coníferas sobre todo. Se agradece el frescor de la sombra, pero apetece ver algo de paisaje. A los 23km paramos para comer algo y tomar algo de aire, las subidas se van amontonando.
Casi todo el rato nos adelantan todoterrenos con caravanas enormes o carros con quads. El mundo camper en Australia es otro nivel, creo que me han adelantado más coches con caravanas en cinco días que en el resto de mi vida junta. Autocaravanas y furgonetas he visto miles en mi vida, caravanas en los campings, pero en movimiento, nunca tantas y además aquí son mastodontes con dos ruedas de remolque.
Después de tres horas de camino llegamos a Queesntown, el típico pueblo de película de casas bajas con su todoterreno en la puerta, parcela, verga y jardín. Al entrar en el centro, parece un escenario de película, con su biblioteca, la estación, las calles con porches, todo de madera, con la iglesia al fondo. Todo el mundo nos saluda, nos anima. Paramos a tomar un café, es grande, pero son 3,5€. Justo hay dos franceses con los que conversamos un rato y flipan con el proyecto. Ellos viajan en moto y viven en Australia. Comemos fruta, pan con mermelada y los cafés para afrontar el puerto que viene nada más salir de la ciudad. Antes de arrancar vamos a los baños públicos, hay en casi todos los pueblos y también lugares para acampar, Tasmania piensa mucho en los viajeros.
Tenemos un puerto de 4km al 9% con calor, parece que va a ser duro, pero lo superamos mejor de lo esperado. El paisaje se abre de golpe y subimos viendo las montañas calizas y los bosques, parece que estamos muy altos, pero en realidad estamos a 400msnm. Tras muchas curvas llegamos al alto y desde ahí toca disfrutar. En el alto hay una pareja australiana que nos ha visto ya tres veces en el día. Viajan con sus hijos en caravana desde hace mucho tiempo, viven en ella. Sus vidas nos parecen espectaculares y para ellos nuestro proyecto, vidas privilegiadas que hay que valorar.
Desde ahí bajada hasta el Lago Burbury donde se nota el frescor del agua y las vistas con las montañas alrededor son un regalo. Desde ahí hasta el campamento nos quedan quince kilómetros que pasan relativamente rápido. El campamento es gratuito para ciclistas y 10€ por vehículo, está muy bien. Tiene baños y depósitos de agua que tienes que potabilizar. Además mesas con sillas, mejor imposible. Nos instalamos a la sombra de unos árboles y es época de abejas, porque cada dos por tres no rodean varias. Con todo montado nos damos un baño en el lago para asearnos y relajar las piernas. El agua no está super fría, pero el viento complica la salida. Tras un rato como las lagartijas al sol regresamos para escribir, filtrar y preparar la cena. Además me toca mendigar enchufe en un camión que acampa porque el ordenador no se me cargó la noche anterior. Los enchufes en muchos de estos países tienen un botón que desconecta el paso de corriente y como te despistes no cargas nada.