53KM 1000+
Nos despertamos pronto, la casa está en silencio, vamos sacando nuestras cosas con las primeras luces del día. Mientras montamos las bicis sale Jannik a despedirse, de normal ya habría celebrado la misa de las 5:30, lo hace tan pronto para que puedan asistir antes de ir al campo porque si no, no iría nadie. Pero hoy es fiesta y está para despedirse. Un disco anaranjado llena la parcela de matices matinales. La niebla añade al comienzo del día el extra para una foto perfecta. Hacía días que no salíamos con esas luces y además al ser en altura, tenemos hasta fresco. Antes de salir de Melong, compramos algo de pan porque no sabemos cuanto nos costará llegar a Dschang con la subida tan dura.
Atravesamos el pueblo y se ve que es un lugar de paso importante, decenas de minibuses están parados en los arcenes del cruce con muchas personas alrededor y encima cargando bultos. En ocasiones hay lugares en sitios clave que parecen enjambres. Un autobús de 25 plazas, lleva a 40 personas y todos sus bultos. En Camerún es de los países de Rumbos donde más motos, buses y taxis hemos visto. En todas las direcciones y siempre cargados hasta límites insospechados. Detrás de esas montañas de maletas hay mucha experiencia.
La etapa comienza con diez kilómetros de bajada, pedaleamos hacia la niebla, no tanta como para llevar luces. Pronto llegamos al desvío que va a Dschang, hace un año en el puerto hubo un desprendimiento de la ladera donde murieron decenas de personas y han trabajado para dar paso, por suerte ya está abierto y lo bueno es que mucho de tráfico pesado no va por esta carretera. Se nota y vamos más tranquilos. Hasta los pies del puerto nos toca una llanura de 25km. Hacía mucho tiempo que no rodábamos tan llano, o subíamos o bajábamos, desde octubre antes de llegar a Lubango al segundo proyecto. Es un placer pedalear pudiendo mirar el paisaje. Nos aproximamos a las faldas de una montaña y estamos rodeados de selva con cordilleras al fondo. A los 25km paramos en Santchou para desayunar algo. Una caseta en construcción con techo y dos bloques de hormigón para sentarnos es el lugar perfecto. Lo gracioso es que como vamos con tantos bolsos la gente nos pregunta que si vendemos algo. “No, sólo queremos comer un poco y seguir camino”. Dos blancos en bici son como un escaparate luminoso que te llama la atención. Mientras comemos algo de pan con nocilla van pasando personas a saludar y tener su ración de conversación.
Con la tripa llena afrontamos los diez kilómetros que quedan hasta el puerto por una carretera sinuosa que cada vez se acerca más a la montaña. Es un paisaje que parece asiático, con campos de cultivo, selva y casitas de madera por todo. “¿A dónde vais?”, cuando les decimos el destino, todos abren los ojos, “hay una subida muy dura!!!”. Les hacemos saber que contamos con ella, pero no entienden como somos capaces de subirla en bici. A mi me alucina que mueven cargas enormes, que son capaces de ir seis en una moto, de caminar horas, de soportar esos calores y que se sorprendan porque vamos en bici. Nosotros no seríamos capaces de aguantar una semana de su vida.
El puerto no da opción, empieza ya al 9%, tenemos dos horas de subida a 5km/h, nos lo tomamos con calma con la idea de hacer un descanso a mitad justo pasado el desprendimiento. Excepto el puerto que subimos en Congo pasado Pounga, no habíamos hecho subidas de estas características desde agosto y se nota. Vamos lentamente y por suerte el calor no es abrasador. Hay más tráfico del esperado, algún camión averiado que no soportó la subida y ahí se quedó, motos que pasan cada rato, algún coche. Curva tras curva y de vez en cuando algunos árboles que dan algo de sombra. Pronto vamos viendo el paisaje más abajo. La subida está siendo bonita y nos quedan 800 metros para hacer el primer descanso, Shei va atascada y le está costando. Normalmente cada uno va a su ritmo y suelo adelantarme para grabarle y esperar, pero hoy voy detrás de ella, que marque el ritmo. Le acompaño para alentarle, para que no se sienta sola y de repente noto una presencia enorme detrás y un fuerte golpe. Estoy subido en un parachoques de un camión, soy consciente y me temo lo peor, espero que en cualquier momento me veré arrastrado debajo del camión y siento un pavor inmenso, llego subido en el parachoques a la altura de Sheila que también se ve arrastrada. El camión frena y caemos. Estamos bien, no tenemos ni un golpe, pero las bicis están destrozadas, las ruedas y las parrillas rotas. De la cabina bajan tres hombres y no entendemos como no nos han visto. Qué hacían yendo por el arcén y como no le han dicho al conductor que frene. No iba nadie en contra. Estamos en shock, estamos enfadados, casi nos mata y no dicen nada. Subir las bicis y os llevamos. Nos han destrozado las bicis y se lo hacemos ver, cuando nos acercamos a enseñarles todo, se suben al camión y huyen como cobardes. Corro detrás del camión, logro hacer una foto en la distancia, pero se marchan, nos dejan tirados en mitad del puerto. Podíamos estar muertos y nos les importa nada. Sentimos rabia, impotencia, intentamos asimilar lo que ha pasado y no encontramos explicación.
No podemos seguir, está claro, así que llamo a Sor Pilar, después de 10.000km por el mundo, nos hemos quedado a 11km de llegar por nuestros medios al tercer proyecto, nos ha privado de ese momento por el que llevamos años preparando esto, por el que rumbos tienen todo el sentido. Son pedaladas solidarias para llegar a cinco sitios y de un plumazo nos quita la alegría de llegar al hospital por nuestro esfuerzo. Nos ha destrozado las bicis y no sabemos cómo podremos arreglarlas, pero en el fondo es lo de menos, estamos vivos y con nosotros el proyecto y todo lo que nos queda por contar. Así que instantáneamente somos conscientes de ello. Sheila pasa de la rabia al llanto desconsolado, yo iba detrás y si el camión había llegado a ella, es porque yo estaba debajo, pero al verme bien le viene todo de golpe. La tranquilizo y esperamos a que nos vengan a buscar, empiezo a mirar y gestionar donde nos podrán arreglar las bicis en el siguiente destino. El mundo sigue girando y nosotros con él.
A la media hora, un todoterreno da la vuelta, de copilota una mujer de 89 años, encorvada, enjuta, nos recibe “¿estáis bien, qué susto me habéis dado?”. Montamos todo y hacemos los últimos diez kilómetros desde otro punto de vista. Pasamos el desprendimiento, los controles policiales y llegamos a un pueblo en altura desde el que se ve todo. Montañas a los dos lados y un pueblo extendido en la montaña. Lo que nos quedaba de etapa era una subida final exigente por camino hasta el Hospital donde pasaremos diez días. Estamos más tranquilos, aún en shock y contando a María Pilar todo.
Llegamos a la hora de comer y dejamos todo en la furgoneta, nos presentamos a las hermanas y somos el centro de conversación. Ya era épico que los donantes de las placas solares, los pozos y las incubadoras lleguen en bici, pero si le añadimos sobrevivir a un atropello de camión, entonces ya se evidencia la vulnerabilidad que supone viajar en bici. Las hermanas nos piden que vayamos a casa a ducharnos y descansar, pero toca limpiar las bicis y prepararlas para meterlas en cajas. Llevan barro y polvo de los últimos días y no podemos comenzar la siguiente parte así. Cada vez que miramos la avería no sabemos cuánto supondrá arreglarla y si encontraremos una tienda rápida para que lo haga. Con todo limpio, Angela, la madre superiora nos saca cajas de las medicinas de la farmacia y con eso fabricaremos las cajas donde meter las bicis. Ahora sí, con todo listo nos vamos a la casa y descargamos todo. Limpiar maletas, organizarnos y ducharnos nos lleva el resto de la tarde.
Se hace de noche, son las 19:00 de la tarde de un 31 de diciembre, último día de 2025. La noche buena la pasamos solos en Kribi y cenamos tortilla de patata y ensalada, hoy lo haremos en compañía, pero cenamos pronto, porque las hermanas tienen la misa del gallo. El día es especial y cenamos afuera con carne a la brasa. Todos sentados alrededor de un banco donde hay varias perolas con arroz, verdura, carne, plátano frito y piña. Una cena sencilla que nos sabe riquísima. Cenamos con canciones religiosas de fondo, algunas de ritmos africanos y algunas de las monjas bailan de felicidad. Excepto Maria Pilar que es española y Angela que es brasileña, el resto son camerunesas y se nota.
Pronto recogemos todo y ellas se van a la última misa del año, nosotros regresamos a casa y el madrugón, la etapa, el accidente y sabernos en Dschang, última etapa de África después de cien días de pedaladas desde Johannesburgo, hace que el cansancio venga como un tren de mercancías. A las 21:00 estamos los dos dormidos y entramos en 2026 descansando para lo que sea necesario. Por delante diez días viendo el proyecto y preparando todo para el siguiente bloque. Rumbos ha llegado a los 10.000km, al ecuador del viaje, tres acciones solidarias realizadas y veinticinco países. Estamos orgullosos y vivos para seguir contando como está el mundo.