70KM 515+
Dormir con la tienda de campaña te aísla de mosquitos y por ese lado es un descanso, pero también te aísla de las pocas brisas que puedan pasar por el sitio donde duermes y es un cocedero. Entre que estoy con febrícula y que hace calor empapamos las sábanas. Descansamos bastante y el cuerpo recupera lo suficiente para sentirse con fuerzas para iniciar la etapa.
Recogemos mientras suena la misa de fondo, desde las 6:30 ya se oyen los cánticos de los feligreses que han ido a esas horas a rezar. Dejamos todo como nos lo encontramos y le entregamos al monaguillo que sale por la puerta trasera de la iglesia las llaves de donde hemos pasado la noche. Lo cierto es que en África entre escuelas y lugares religiosos nos han alojado en muchos lugares y supone un desahogo en los gastos. En Europa por descontado no podríamos dormir en escuelas, por otro lado sería normal, ya que no es como aquí que son escuelas abiertas.
Salimos por un camino de tierra a un pueblo que amanece. No hay escuela porque es festividad pero hay niños por la calle, cargando cubos de agua o llevando sacos de carbón. Los puestos comienzan a montarse. Hay montones de basura por todo. Compramos algo de pan y agua antes de comenzar la etapa en un puesto de madera que tiene un poco de todo. Ahí preparan bocadillos con nocilla y dos niños están comiendo fuera sentados en un banco. Cuestan cerca de cuarenta céntimos de euro. Parece poco, pero hay personas que ganan cuarenta euros al mes, si con suerte son los dos padres es ochenta euros. Como tengan cuatro hijos, algo habitual ya son seis en casa. Si cada hijo come un bocadillo de esos cada día, que parece poco es un euro y medio, por treinta días ya son más de uno de los sueldos, sólo porque los cuatro hijos han comido un bocadillo de nocilla. Esto es para situarnos en la realidad salarial y cuanto cuestan las cosas aquí.
Nos marcamos como objetivo acabar en Logbadjeck, a unos 70km. Por delante tenemos unos cincuenta kilómetros hasta Edea por carretera buena. Lo que ocurre que lo de buena es un decir. Todo el recorrido tenemos socavones, trozos sin asfaltar, agujeros que nos obligan a ir haciendo eses y atentos a camiones, autobuses, motos y coches que también los hacen. La diferencia entre una carretera bien asfaltada y arcén es tan grande que uno no se da cuenta hasta que tiene que frenar cada trescientos metros, ponerse de pie para que la rueda suba del agujero, volver a arrancar la bici, rodar por tierra, por gravilla, frenar, subir, acelerar. Además de agotador es un cambio de ritmo constante que en mi estado febriculoso no es lo mejor.
El paisaje sigue siendo selvático y pasada una zona de palmeras para aceite vemos una carpa que están preparando, con sillas a la sombra. Parece que la celebración será más tarde y les pedimos comer nuestro desayuno ahí. Aceptan, están preparando la boda de dos personas de 68 años que no se habían podido casar por falta de dinero y al final la comunidad ha ahorrado para darles una boda digna, preparan carne a la brasa y mandiocas asadas. Mientras desayunamos varios de los invitados conversan con nosotros sobre el viaje que hacemos y la conversación termina como casi siempre, pidiendo algo. Hoy ha sido un paracetamol. Por un lado dar medicinas es peligroso, ya que no sabes la reacción que puede causarle y si realmente la necesita. El hecho de ver a un blanco y pedirle algo es la cuestión. Pero además, si hubiéramos dado un paracetamol a cada persona que nos ha pedido en la parte africana, habríamos necesitado varias cajas.
Arrancamos y tenemos otro tanto hasta Edea. Se hace pesada la carretera así y el sol pega fuerte, notamos como nuestra temperatura sube y necesitamos una parada para refrescar. Conforme nos acercamos a la ciudad cada vez hay más camiones y autobuses. A veces hay pequeños poblados que sirven de mercados y talleres mecánicos. Son puestos de madera con mucha grasa y herramientas en el suelo donde hay un cementerio de coches apostados por los arcenes, o camiones o autobuses. Los vehículos van al límite hasta que ya no dan más de si. Me gustaría ver la cara de muchos de estos mecánicos o taxistas que van con el coche sacando humo, sin cristales, las puertas abolladas en los desguaces de España donde hemos despedazado coches en perfecto estado.
Por fin llegamos a la ciudad y es un cúmulo de calles donde las decenas de motos nos adelantan por todos los lados. Puestos y puestos de comida y tiendecitas que de vez en cuando se alternan con tiendas algo más serias, algún hotel o gasolinera. Paramos en un puesto de tantos que hay y compramos algo de pan y agua, también un refresco para meter azúcar, estamos bastante cansados. Nos vamos a una sombra que hay en frente de una tiendecita cerrada que además tiene un banco y nos sentamos a beber el refresco. Apoyamos la espalda y la cabeza en la pared, cerramos los ojos y el jaleo urbano de motos y músicas desaparece por momentos, necesitamos un respiro. Nos quedan 25km de etapa y si nos apagamos demasiado el arranque será imposible con lo que nos ponemos crema solar y nos subimos a las bicis.
Bajamos una cuesta hasta el río Sanaga, dos puentes enormes con su pertinente puente metálico para una línea ferroviaria abandonada. No es raro ver esto en África, son arterias de la colonización donde aún no había coches y eran la mejor manera de sacar los recursos, pero con la llegada de los coches y la independencia, mantener líneas de tren para usuarios que no pueden pagar un billete hizo que media África tenga vías y vías ocultas bajo la maleza y puentes muy fotogénicos, pero poco útiles.
Al cruzar el segundo puente dejamos la carretera que nos lleva a Douala. Estamos a tiro de piedra de la ciudad más grande del país. Yaundé es la capital, pero Douala es el centro de todo. Acercarse a esa ciudad es asumir muchos riesgos y desviamos la ruta por un camino que nos han dicho que está medio bien. Salimos por un barrio con mucha basura acumulada y mucha vida y pronto nos metemos en un camino amurallado de vegetación estrecho que compagina trozos de asfalto, agujeros y tierra a partes iguales. Lo bueno es que se acabaron los camiones y muchos coches. Alguna moto nos adelanta, pero este último tramo lo hacemos más tranquilo. Somos conscientes de lo apartado que está esto por las caras de las personas al ver a dos blancos pasando en bici por ahí. Nosotros vemos el mundo desde nuestros ojos y vemos a cameruneses, africanos en su contexto, pero nunca nos vemos a nosotros andando en bici y de repente soy consciente de mi peculiar presencia en ese lugar para ellos, no pertenecemos a ese paisaje y aún y todo nos saludan con alegría. No paran de adelantarnos con las motos y animarnos, saludarnos con cariño y desearnos buen viaje.
Lo cierto que el camino es super bonito, con un paisaje selvático y remoto, pero el calor y el malestar corporal me ponen la vista en el final de etapa más que en la etapa. Aún y todo trato de ser consciente de ello y captar lo más posible. Vamos pasando pequeños pueblos con pequeñas escuelas en cada uno. África tiene una media de edad cercana a los 20 años y casi todo son niños, da igual lo pequeño y remoto que sea un pueblo, siempre hay niños para sus aulas. Llegamos al final de etapa marcado. Preguntamos en una casa donde hay una iglesia para dormir en la escuela y nos remiten al jefe del pueblo, buscamos la bandera de Camerún que es lo que marca el lugar y un cartel que pone “Chefferie” y que además está al lado de la escuela. La primera que vemos es el gran jefe, el de la zona, pero tenemos que hablar con el pequeño jefe, el de ese pueblo, que además es el director de la escuela. Está cerca del cruce y del lyceo. Ver la escuela tan cerca y tener que alejarse nos da pereza, pero vamos en busca de la otra bandera. A las afueras vemos la casa y una mujer busca al jefe. Sale un señor con gafas, de primero dubitativo, pero luego accede a acompañarnos y abrirnos un aula. El recinto tiene varios edificios, dos pozos y no está mal, pero no está mal a la africana, todas las paredes están muy sucias, pocas aulas tienen luz y uno de los pozos está roto. La directora de infantil nos abre su aula, que está bastante bien y nos instalamos. Llenamos un cubo con agua para asearnos y nos despedimos de Motassi y tomamos sus datos por si algún día tenemos dinero para ayudarles. El resto de la tarde tratamos de descansar para recuperar el cuerpo. La fiebre sube algo y no hay muchas ganas de escribir y editar, pero sacamos fuerzas de donde no las hay y ponemos al día la tarea.