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ETAPA 134 BATA-CAMPO

89KM 635+

Dormimos frescos, sin mosquitos, sin ruido y se nota. Nos despertamos antes de la alarma con sensación de descanso y eso que son las 5:30. Hoy queremos salir pronto porque hay 85km hasta Rio Campo y tocan fronteras y pasar con barca a Camerún. Desayunamos bien, huevos con salchichas, yogur con cereales, fruta y café. Recogemos todo y a las 7:00 estamos listos para salir hasta que vemos que la parrilla está rota. No queda otra que poner bridas y cinta americana. Iniciamos ya la solución escribiendo a la marca y ver si podemos anticipar para que manden una al siguiente destino. Los emails y despedirnos de Alejandro nos suponen cuarenta minutos muy valiosos. Entre una cosa y otra arrancamos la etapa a las 8:00.

Esta vez sabemos el camino y con dos rectas salimos a la carretera general. Cinco kilómetros menos y muchas menos cuestas que el día que llegamos. La cosa es que África, ubicarse e indicar bien son elementos que no casan. Es pronto y no hay mucho tráfico, así que salimos de la ciudad sin sobre saltos. El sol en contra desde hace muchos meses, hemos pedaleado hacia el oeste o el norte todo el continente y se hace raro pedalear contra el sol. Pronto salimos de la ciudad y podemos ir en paralelo, Guinea es un país con poco tráfico y buen arcén, paraíso ciclista. Deshacemos los 20km hasta el cruce y vemos el cartel que nos lleva al último escollo en África. Las subidas son suaves y disfrutamos de la selva a ambos lados con pueblitos intercalados desde los que nos saluda la gente. En el mapa no salen pueblos, pero hay lugares donde poder abastecerse en caso de ser necesario. Desde Bata hasta el final pasamos siete controles militares. Por suerte no nos paran en ninguno. Otros ciclistas no corrieron la misma suerte y además en algunos casos les pidieron dinero.

Hoy queremos llegar pronto y parar poco, pero en un momento dado hay una avioneta abandonada en el arcén. Está como la de una película de náufragos, con hierba creciendo y oxidada. No podemos pasar sin hacernos la foto de rigor. Rodamos con ritmo hasta los 55km, se nota que hemos desayunado bien. Justo en ese momento el cielo se cubre de nubes negras y no sabemos si nos despediremos de Guinea con una etapa de lluvia. Nos respeta la parada donde comemos un poco. Y arrancamos de nuevo, últimos 30km hasta el mar y el sol sale de nuevo, parece que la nube ha tapado el sol para el avituallamiento. Algo que nos ha sorprendido en todo Guinea es que no ha habido ni un solo cartel donde ponga hacia donde vas ni cuánto queda, excepto en este final de etapa que de vez en cuando anuncia un cartel blanco lleno de mohos grises lo que queda.

Varias casetas de electricidad donde pone energía limpia están abierta con todo el cuadro y los cables a la vista. No sabemos si es para sacar el calor, pero verlas abiertas da inseguridad. Vamos lomeando hasta que llegamos a Rio Campo y después de cientos de kilómetros de perfecto asfalto, el pueblo está lleno de agujeros, barro y charcos. El paso fronterizo es un cúmulo de mercados, bares y policías. Un señor con un reloj de oro y una cadena de oro gruesa con una cruz nos grita y se acerca saludando con demasiada confianza, “hola guapita”, tiendo la mano y le saludo “la guapita es mi mujer”, “Ah sí claro, tú también eres guapo”. Debe ser policía y nos lleva a una caseta de madera destartalada. Tiene una especie de porche con mesas donde algunos vestidos de policía y otros de calle están tirados sobre las mesas. Una mujer con peluca, mal maquillada y con un vestido de fiesta de disfraces de bazar chino toma nuestros pasaportes y los mete en la única habitación que hay. Al rato salen con el sello y antes de devolverlos le sacan fotos. Ya tenemos todo y nos disponemos a marcharnos a una de las barcas que ya están listas. El policía confianzudo nos pide que esperemos sentados un poco más. Al rato la mujer de antes vuelve a pedirnos los pasaportes y comienza un baile absurdo con ellos y justificaciones que van encendiendo nuestra caldera de la paciencia. “¿Algún problema?, si tenéis dudas de algo preguntadnos”, “No, son temas de seguridad nacional y hay cargos por encima nuestra que tenemos que respetar”. Tras varios mareos, ya mostramos que el teatro se ha acabado. “todo esto es para protegeros, al otro lado del río en Camerún, son bandidos, ladrones y gente peligrosa”. “No te preocupes, ahí estamos bajo nuestra responsabilidad”. Respiramos profundamente para no decir ninguna barbaridad, pero que una cuadrilla de perezosos rellene su tiempo a nuestra costa teniendo que cruzar aún y gestionar otra frontera no apetece.  Mientras tanto la barca que había se ha marchado y toca esperar a la siguiente. Estamos seguros de que querían dinero, pero decirles que nuestro contacto trabaja para la primera dama, les ha dado rabia, pero les ha frenado en sus intenciones.

Dejamos atrás al circo de burócratas corruptos y bajamos a la playa. Toca negociar la barca. De primeras nos quiere cobrar el doble, nos hacemos los indignados y nos sentamos en la playa para esperar a la siguiente. Es un chico camerunés y cuando le decimos que hemos venido a construir pozos en nuestro tiempo libre y con nuestro dinero, baja un 20% y ya aceptamos. “El euro es muy fuerte y podéis pagar todo”, “no te confundas, las cosas valen lo que valen, en euros, cfas o yenes y no quiero pagar más de lo que cuesta”. Subimos como podemos las bicis a una barca donde casi toda la carga es alcohol. En la barca vamos unas diez personas y en cinco minutos estamos en arena de playa del nuevo país, el 25º de viaje, Camerún. Allí una horda de adolescentes se abalanzan sobre la barca para bajar la carga, entre ella nuestras bicis. Al final les damos algo de propina y toca el nuevo baile de oficinas.

La primera que vemos es de policía. Saludamos al entrar y preguntamos donde hay que sellar el pasaporte. Nos manda sentar y rellena un cuaderno con nuestros datos. Cuando nos entrega el pasaporte está indignadísimo que porqué le pregunto donde hay que sellar el pasaporte si ya sabemos todo, que los españoles, franceses e ingleses impusieron su lengua cuando colonizaron y echa sapos y culebras durante un rato sin venir a cuento. Le decimos que no entendemos nada de lo que está diciendo y nos vamos para no aguantar más tonterías. Ahora toca una oficina de salud. Cuando digo oficinas son cuartos de menos de dos metros cuadrados de casetas de madera llenos de cuadernos por todo y con bancos de madera para sentarse. En la de salud nos pide cartilla de vacunación y nos da una hoja que da conformidad a nuestro estado de salud. Ahora toca la marina, rellenan en otro cuaderno los datos y nos pide algún regalo a cambio. Pasamos el trámite de soborno con cuatro sonrisas. Pero meses antes la policía a un japonés le pide/exige 150€, no sabemos si los pagó al final, pero la intención queda.

Ya por fin dejamos las gestiones en ese pueblito lleno de bares de la costa y salimos hacia Campo, el pueblo donde sellaremos el pasaporte para oficializar la entrada en el país. Después de muchos días de carreteras perfectas volvemos a los caminos. Este está rotísimo y lleno de polvo. Como buen país francófono está lleno de motos de dos a cuatro personas sobre ellas. Regresamos al francés después de haberle dado una tregua con el castellano durante ocho días.

Los últimos cuatro kilómetros son con polvo y mucho más calor. De las casas de hormigón o maderas perfectamente cuidadas de Guinea, todo limpio y parcelas de hierba cortadas regresamos a la basura acumulada por los arcenes, casetas de madera destartaladas, niños descalzos y puestos de venta de comida por todo. Pasamos una avenida donde van saludando a los “blancs” hasta que encontramos la oficina de inmigración donde un chico muy amable nos sella la entrada. Hacemos una tarjeta de teléfono que esta vez si tiene cobertura, localizamos un hotel con ventilador y poco más, no toallas, ni agua y una sola almohada. Conseguimos otra almohada, un para de cubos para ducharnos y nos vamos a comer algo. Casi todos los puestos venden pescado que lleva todo el día en la perola, pero no tenemos cuerpo de eso y nos cuesta encontrar uno donde den carne. En un local donde hay varios hombres viendo el fútbol nos sirven arroz con carne en salsa de cacahuete. Está rica y a las 17:00 de la tarde entra bien. De ahí a la habitación para hacer el resto de gestiones y sudar como pollos en una sauna con el karaoke de fondo, que estará hasta altas horas de la noche. 

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