74KM 570+
La noche ha sido una larga batalla con los mosquitos. Nos cubrimos con la sábana por encima y sudamos por arriba y hundidos en un colchón viejo que nos abraza cálidamente. A no sé que hora suena el despertador del alumno gabonés que está en la habitación de al lado, suena, suena, suena y nunca apaga la alarma. Luego llegan los laudes, y se escucha la misa de fondo. Recogemos todo. A diferencia de las hermanas, aquí somos autónomos. Es curioso que diferencia, el primer día hicieron cena especial con pizza y prepararon con cariño el desayuno que compartimos con ellas. En Evinayong, para comer lentejas con costillas, para cenar tortilla de patata y el desayuno con ellas. Aquí cenamos solos y a la mañana no vemos a nadie. De hecho al superior al que preguntaron si podíamos dormir no ha llegado a salir de su habitación en todo el tiempo y no hemos llegado a verle la cara. Con lo que montamos las bicis y buscamos a Benjamín para despedirnos. Con una señal de la cruz, nos bendice y nos desea buen viaje. En ese momento hay decenas de mujeres vestidas con túnicas púrpuras que salen de la misa. Cruzamos ese ejército de fieles y salimos del recinto de los claretianos. Está con niebla, así que es probable que luego tengamos sol, pero el comienzo de la etapa es con buena temperatura.
Ya estamos más cerca la ciudad principal del continente, pero seguimos con poco tráfico. Hay una autovía que va por el sur y que se lleva todo. Para nosotros mucho mejor. Como no hay mucha densidad, no hay escuela, las pocas personas que vemos son las mujeres que van a trabajar el campo con sus cestos a la espalda. Todas van cubiertas de arriba abajo, para evitar los fourous y las picaduras de mosquito. Hay mucho paludismo. Y por lo visto mucho VIH, incluso vemos algún cartel que motiva a la gente a tomar el tratamiento y vivir mejor con él.
Hoy la etapa es algo más corta inicialmente. Al haber poco tráfico y ver pocas personas resulta algo aburrida. El perfil es más suave y en breve comenzaremos a descender hacia el mar. Nos marcamos parar a mitad de etapa, pero vemos una estructura donde harán misas que tiene sombra y lugares para sentarse y esas oportunidades no hay que desaprovecharlas. Nos metemos y comemos con calma. Pan con nocilla y bananas, aquí los plátanos son los que se cocinan y las bananas son las pequeñitas, dulces y que son como mantequilla de buenas. Da igual si comemos en un arcén, sentados en el suelo o en mitad de la nada, siempre es un momento que disfrutamos. Viajar de esta manera te abre los ojos al privilegio de poder comer, tener agua y un techo para dormir.
Mientras desayunamos una campesina pasa por el otro lado de la carretera con su cesto lleno de leña y una planta que parece un platanero que lo llevará a su parcela. Las hojas grandes le hacen sombra en la cabeza como si fueran un sombrero. No ve las bicis porque están ocultas, pero no entiende de donde han salido dos blancos y qué hacen comiendo pan con plátano en ese pueblo perdido. A los gritos le mostramos las bicis y se queda más tranquila. Sigue su caminar pesado, a golpes, con la espalda encorvada y la frente sosteniendo todo el peso de la carga que reposa en su espalda.
Desde ahí nos quedan 40km en los que seguimos con nuestros toboganes. En un momento hay un cartel que marca Rio Campo o Bata, será la carretera que tomemos en dos días hacía la costa para cruzar por río a Camerún. Esa carretera no sale en google maps. Parece mentira que en pleno siglo XXI, parte de los países que hemos cruzado no sea posible navegar, no se muestren carreteras que están construidas. El ninguneo a países africanos es enorme, los invisibilizamos sistemáticamente y como a nadie le importa, seguirán así siempre.
Desde eses desvío nos vamos acercando a Bata, hay algo más de tráfico y aunque baja hacia el mar, hay más cuestas de las esperadas. Pronto comenzamos a ver semáforos, negocios, gente, puestos callejeros, ruidos y tubos de escape que llenan el aire de humo negro irrespirable. Vamos a casa del hermano de Antonio, vive cerca del cruce de Dar. Antonio no supo ubicarlo en el mapa y su hermano no supo mandar ubicación, así que toca preguntar. Las indicaciones son nefastas y hacemos cinco kilómetros de más por calles que parecen una montaña rusa. Toca preguntar cada quinientos metros porque sólo saben decir tira recto y pregunta más adelante. Ahora vamos por calles estrechas con mucho tráfico de taxis y gente. Hemos dejado atrás nuestra selva y quietud. En un momento dado nos señalan una calle diferente y la seguimos hasta lo que parece el cruce de Dar y un grito “Xabi” nos obliga a buscar su procedencia. Es un señor que estaba esperando sentado desde que le he escrito al entrar en Bata. “¿Dónde estabais?”, nos han mareado. Le seguimos por un camino de tierra a la casa familiar. Un lugar con varias casas de cada uno de los hermanos. Nos abre la de Antonio, y nos muestra nuestro cuarto, tenemos hasta cocina. Agua no hay, hay que rellenar cubos del pozo. Ya son muchas de las ciudades donde hay instalación de grifos, pero sin agua. Toca rellenar los baldes para ducharnos, lavar ropa, tirar de la cadena y fregar.
Nos instalamos y sin ducharnos nos vamos en taxi a la costa. Comemos el típico arroz con pollo en un restaurante que se llama Real Madrid. Un local oscuro, con cuatro mesas y donde te sirven de cazuelas enormes metálicas. No hay grifo y te lavas de un bidón que hay en la calle. Después de comer caminamos por el paseo. Varios hoteles de lujo con vistas al mar contrastan con sus piscinas la precariedad de agua de todas las casas de los barrios. Burbujas de los ricos que viven ajenos a la realidad. En un momento dado nos echamos en un banco con vistas al mar y el sonido y el cansancio nos duerme a los dos. Una siesta de quince minutos de la que despertamos como si nos hubieran drogado. “¡Nos hemos quedado dormidos!”. Tras el sobresalto nos vamos a una pastelería que hay cerca y nos tomamos un café para despejarnos. Hacemos compra y regresamos a casa.
A la tarde llega la lluvia que suena en el tejado metálico mientras lavamos la ropa y escribimos. De fondo escuchamos la misa de un local aledaño donde cantan, tocan la batería y sermonean a base de gritos en el idioma local, fang. Más de una hora de canciones. A veces me pregunto se todas esas horas invertidas a cantar a dios se enfocaran en algo más productivo, que sería de este mundo. El día siguiente lo aprovechamos para descansar y organizar el paso de frontera a Camerún.