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ETAPA 132 EVINAYONG-NIEFANG

75KM 710+

La amenaza de María Jesús de que el perro iba a ladrar toda la noche, se queda en eso y la noche es tranquila. El cansancio hace mella y dormimos muy bien. Además Shei arrastra un catarro desde hace días y anda algo constipada. Este bloque de siete días seguidos de bici con fronteras, etapas duras, incertidumbre sobre el mapa pasa factura y las defensas está pidiendo un poco de descanso.

Hoy nos levantamos con algo más de calma, queremos desayunar con las hermanas, pero tienen misa a las 6:30 y hasta las 7:15 no salen. Montamos las bicis mientras tanto. Hoy es día de entrega de notas, boletines como les llaman aquí y ya aparecen varios padres esperando para que se las entreguen. Desayunamos con la calma, café de cafetera y no soluble que llevamos meses tomando. De nuevo nos falta tiempo para charlas de muchas cosas, pero surge una muy interesante, que es el proyecto de 2028 con la ong de la congregación que tienen proyectos en medio mundo. Ya sólo con eso ha valido la pena conocernos, porque se abren puertas a reencontrarnos en el futuro y poder ayudar mucho.

Después del desayuno a María Jesús le hace ilusión poder enseñarnos el colegio de la congregación. Nos despedimos de las congoleñas y dejamos a varios padres alegres por los resultados de sus hijos. Caminamos por las calles de Evinayong y llegamos a la calle Luís Amigó, ahí están las terciarias capuchinas y han puesto el nombre del fundador a la calle. Al pasar se asoma en la farmacia del ambulatorio Eva, una chica de Teruel que parece que conocemos de toda la vida, la cercanía es inmediata. Pegado al edificio de las capuchinas está la escuela que María Jesús nos enseña con orgullo. Lo cierto que es de las mejores que hemos visto, hay mucho mimo en ella, patios con campos de juego donde hay redes, biblioteca, laboratorio, sala de conferencias, de todo y muy bien cuidado. Cuando hay monjas de por medio siempre está impecable, cuidado, tienen un sello que los misioneros no dejan.

Salimos de Evinayong por la carretera nacional. Varios carteles de bebidas alcohólicas como publicidade en los arcenes. Como en la mayoría de lugares del mundo, hay mucho problema con el alcohol, María Jesús nos cuenta que varios padres no pagan la cuota de los hijos porque no tienen dinero, justo esa mañana, Joaquín nos seguía por la calle al ver a la monja. “Quiere hablar conmigo para decirme que no puede pagar la cuota, pero todos los días toma varias cervezas…” En África una caseta de madera con cuatro mesas se convierte en un bar y generalmente hay personas sentadas aunque sea muy temprano. No es muy diferente de lo que vemos en Europa, no voy a demonizar su alcoholismo. Pero el establecimiento, las licencias, los horarios… si que son diferentes.

Nos habían dicho que a partir de aquí tendríamos  más tráfico, pero lo cierto es que vamos casi solos. De nuevo vamos por un paisaje selvático. Quizá más abierto, pero desde la primera línea es imposible ver lo que hay detrás. Hay más poblados con sus casitas de madera o piedra de colores, el que predomina es un verde azulado. Algo que nos sorprende es la cantidad de brigadas con desbrozadoras que hay trabajando en los laterales de la carretera. O en general limpiando las parcelas de las casas. Venimos de países donde ver parcelas con hierba está reservado para hoteles de lujo o gente con dinero, pero aquí hay hierba por todo y el sonido más habitual, a parte de los pájaros es el de la desbrozadora cortando la hierba. Hay un pueblo donde sin exagerar hay 25 hombres arreglando los laterales de la carretera. En España calculo que con cuatro personas harían ese trabajo a lo largo de una mañana.

Seguimos viendo animales expuestos en los laterales y en una rotonda que desvía ya la ruta hacia Niefang por una carretera más general en una carretilla hay una cabramonte. No llegamos a identificar la familia o especie animal, es una mezcla entre cérvido, marsupial y cabra. Nos sentamos a comer algo en el bordillo de en frente. En el rato que descansamos varios coches preguntan por el animal. No llegamos a oir cuanto vale.

Nos quedan dos tercios de etapa y disfrutamos de nuestro paisaje verde, arcén y nada de tráfico. El perfil sigue en ese sube baja permanente, pero hoy son más suaves los desniveles. Seguimos viendo coches abandonados. Algunos se estropearían, otros por accidente, pero todos han sido desguazados, les faltan ruedas, asientos, cristales y la chapa está oxidada con la vegetación creciendo. Son como esculturas que decoran el paisaje de vez en cuando. Vamos pasando poblados y en Moka está la subida al Monte Alen, que ya nos han avisado. En realidad es una rampa de un kilómetro al 9%, cualquier subida de la primera etapa guineana fue más dura. En el alto hay una torre de telefonía y un hombre con una escopeta la vigila. “A veces vienen bandidos a robar material”. Nos sentamos a hacer la comida, es casi la una de la tarde y así cuando lleguemos a Niefang nos instalamos directamente. Regresamos a nuestras latas de sardinas y café frío. Cualquier cosa nos sabe bien. En ese momento un coche pita y para, es Antonio que va camino de Bata. Guinea es muy pequeño y tiene cuatro carreteras, no es raro que nos haya visto, pero nos hace mucha ilusión. Terminamos de comer y descansar un poco y en ese momento viene el relevo, este no tiene escopeta, tiene machete. Su guardia es en una caseta de madera y chapa. Los dos nos piden pan, estamos seguros de que les pagarán una miseria por pasar ahí diez horas. Pero ya nos han dicho las monjas, estos países son muy vagos, prefieren ganar poco a trabajar más.

Desde ahí tenemos primero una bajada pronunciada donde alcanzo la máxima velocidad de todo el viaje: 80km/h. Luego alternando con subidas pica ligeramente hacia abajo. Nos estamos acostumbrando a ese paisaje increíble y lo echaremos de menos muy pronto. Antes de entrar en Niefang pasamos un barrio que está al otro lado del río Benito, en su día se llamaba Huole (algo así), pero cuando llegaron los españoles le cambiaron el nombre, al igual que a la ciudad que le llamaron Sevilla. De hecho el puente antiguo se llama Triana. Hay dos puentes uno con una estructura metálica y otro con arcos con bases enormes, el río es muy caudaloso e impresiona la cantidad de agua que pasa por los ojos. El otro puente está lleno de maleza, pero es tan fuerte que es por donde pasan los camiones con troncos, se fían menos del nuevo. Niefang es más grande de lo que pensamos. Vamos preguntando por las hermanas de la Sagrada familia, ahí está Gloria, una colombiana, pero al llegar, justo esa tarde se va unos días al bosque, a un poblado muy remoto. Ha hablado con Benjamín, un sacerdote español para que nos aloje donde los claretianos. Cruzamos todo el pueblo y un edificio enorme, pero muy deteriorado es el complejo que tienen. Es un recinto amurallado con un terreno de hierba y tierra. Tiene una iglesia donde ofician las misas y un edificio en dos plantas con columnas y muchas habitaciones. Ahora están pocos, pero a veces hay encuentros donde se llena. El edificio está envejecido, la pintura amarilla tiene corronchos de humedad, hay telarañas y está poco cuidado. Se nota que hay hombres. Al llegar nos recibe Benjamín, un hombre de 75 años de Aranda de Duero. Es muy amable, lleva 45 años de misiones y muchas experiencias a sus espaldas. Nos muestra una habitación con una cama doble, buscamos unas sábanas decentes que le sirvan y adecentamos el espacio para pasar esa noche.

A la tarde nos lleva de paseo a ver el puente, el hospital que han construido los chinos y que casi no tiene uso y compramos nuestra cena en un local de la ciudad. Es de noche y afuera hay decenas de mujeres vendiendo verdura, niños jugando. Las tiendas de comida casi todas las regentan libaneses o paquistaníes, no se les ve muy felices, pero el negocio manda. Cenamos en un salón con una mesa enorme y techos a más de cinco metros. Hay dos cuadros puestos en la pared que se pierden en la inmensidad de una pared verde. Los pocos sacerdotes que hay por la casa, están en sus cuartos. A punto de irnos a la cama, sentados fuera llega un sacerdote guineano, le han nombrado director de primaria, se llama Juan y es muy alegre, al ver lo que hacemos tarda poco en pedirnos material para su escuela, trataremos de ver como ayudarle.

Nos vamos pronto a la cama a ver si recuperamos cansancio acumulado. El colchón es más grande que la estructura de la cama y se levanta por los lados, las sábanas son de algún hospital y tampoco cubren la cama. Además no hay mosquitera, la noche se anuncia larga. 

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