67KM 880+
La noche anterior, Dina nos hace una cena buenísima, una ensalada y pescado que hacía mucho que no cenábamos. Después de un buen rato de charla nos vamos a la cama y la falta de mosquitera nos supone una noche larga a la caza de dos mosquitos odiosos. Tenemos el cuerpo con ganas de descansar y hasta las 3:00 no conseguimos dormir en condiciones.
A las 6:15 comenzamos a preparar las bicis en una casa en silencio. Habíamos quedado con Dina y Antonio para desayunar a las 6:45, pero a las 7:00 reina el silencio y decidimos marcharnos. Tocamos la puerta de Antonio y abre visiblemente dormido. Dina llega en ese momento y aunque sea nos tomamos un café y aprovechamos el pan del día anterior con mantequilla para meter algo al cuerpo. Dina y Antonio ponen mala cara, pero llevamos comiendo pan de varios días todo el viaje.
Cuando nos despedimos de ellos vienen varias mujeres, las marías a rezar. En la casa parroquial todo el día están yendo y viniendo gente. Salimos a la calle con una niebla espesa que lo cubre todo. Dina nos dice que los días que amanece así, luego sale el sol y hace calor. Tenemos 65km hasta Evinayong y de nuevo nos encontramos con una carretera en perfecto estado, sin tráfico y con la selva a ambos lados. Quizá menos espesa y a más distancia del asfalto con lo que la sensación es de más amplitud y no vamos por ese túnel verde de los dos últimos días.
El sol poco a poco va levantando la niebla y esa luz matinal que se filtra e ilumina la vegetación y la tierra intensifica los colores y rodamos por una fotografía de National Geografic. El perfil continúa con toboganes, pero son más suaves y aunque no paramos de subir a bajar es más llevadero. Quizá el cuerpo después de cinco días seguidos pedaleando necesita descansar y nos pide llegar a final de etapa para relajarse y dormir mejor. La carretera hoy tiene muchos más pueblos y de vez en cuando pasamos por pequeños asentamientos de casas de ladrillo, pero la mejoría es evidente. Buenos acabados, la pintura no tiene esas humedades o manchones negros que dan una estampa apocalíptica y de abandono, tejados en perfecto estado, ventanas en su sitio, contenedores y casi nada de basura. Parece mentira, pero la realidad tan dura que hemos visto desde el norte de Namibia va dejando una huella invisible que te mina poco a poco. Ver la realidad tan desfavorable para muchas personas causa un agotamiento emocional que hay que gestionar y cuando de repente dejas de verlo, hay un pequeño descanso necesario para enfrentarlo de nuevo con energías.
Vamos pasando pueblecitos y a mitad de etapa rompo un radio, desde la entrada en Botswana allá por septiembre que no rompía. Es en Asogabos, a la entrada un militar nos mira y nos hace una seña para que entremos en la caseta que hacen guardia. Su cara es de pocos amigos y no da opción a atendernos fuera, “Entrad aquí”. Bajamos con la mejor de nuestras sonrisas y al entrar en la caseta dos de los militares se enfrentan una partida de un juego local con piedras que van pasando de un hueco a otro. “¿quién gana?”, la pregunta relaja las miradas y el rictus del que nos ha llamado. “Nadie gana”, “pues entonces ya no juego”, ahí ya sonríe y nos pregunta que hacemos. Le contamos que salimos de casa del padre Antonio y que vamos a visitar a la hermana María Jesús, una batalla más y nos despide deseándonos buen día. “¡La próxima me enseñas a jugar eh!” y nos vamos sin problemas.
Paramos a la sombra de un árbol en ese mismo pueblo sentados en la acera. Comemos un poco de fruta, cacahuetes mientras poco a poco se acercan niños y Pastor, un señor mayor que hace cestos. Nos cuenta que los elefantes el comen la cosecha, los monos, las marmotas, vamos que no hay animal que respete sus cultivos. Vemos el radio roto, nos echamos crema y me acerco a ver como Pastor con pericia corta ramitas de dos metros que entretejerá para hacer el cesto. Me enseña uno a punto de terminar y otro acabado. Son preciosos, pero en bici tenemos que dejar muchas cosas en el camino.
Desde ahí nos queda menos de la mitad y seguimos sin coches. Hoy la etapa nos pesa un poco, aunque no es tan dura como la de ayer. No dormir pasa factura y ponemos la mirada en los kilómetros que van bajando en las señales de la carretera. Como había anunciado Dina hoy se despejará y hará calor. “Aunque cuando lleguéis a Bata eso si que será calor”, nos preparamos para la ciudad de la costa. A lo largo del día por el arcén vamos viendo salir campesinas con sus cestos llenos de leña, cultivos o caza. Un chico lleva en un palo una marmota y una rata gigante, en ese momento un coche que nos adelanta, para y echa marcha atrás para comprárselos. Algún día probaré todos esos animales que hemos visto colgados a lo largo de los días: monos, lagartos, armadillos, marmotas, ratas, no dejan de ser animales como puede ser nuestro conejo, langostas o lo que sea, simplemente son costumbres y fauna cercana. Un hombre sale con una escopeta en busca de antílopes. Lo normal es ver a todos los campesinos con un machete de medio metro en la mano. Pensamos que un hombre en España caminando con un machete enorme por la carretera causaría mucho revuelo.
Pronto llegamos a una autovía que acaba en Evinayong, nos obliga a meternos en ella y dar la vuelta a los 500 metros. Es un sistema muy lógico para los cambios de giro, 180º que te incorporan al otro lado sin rotondas ni pasos elevados. Lo curioso es que todas las señales están en castellano y son como las de España, parece por un momento que llegaremos a un pueblo de Castilla y todo ha sido un sueño. Al llegar a la ciudad toca pasar el control militar rutinario, les preguntamos por la parroquia sin darles tiempo a nada. Está en lo más alto de nuevo y callejeamos hasta la avenida principal donde hay muchas tiendas que venden de todo. Al lado de Total (la gasolinera) y allí está la parroquia. Detrás viven tres monjas, una de ellas de Segovia, María Jesús, que ya estaba avisada. Nos esperan y todo está listo.
Nos duchamos, comemos con ellas un arroz con lentejas y costillas que nos transporta a casa. Charlamos super a gusto con las tres. Carlina y Wivin son de Congo Khinsasa, su realidad sí que es dura. A la tarde consigo arreglar el radio y ajustar frenos. Ya veremos si lo he hecho bien o no. Escribo, edito y el día vuela hacia la cama que cogemos con muchas ganas. Hoy hay mosquitera.